Anabel

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miércoles, 27 de mayo de 2015

¿Quién es Sandman? Lean y conozcan a este villano... (CAPÍTULO II)


Cuando al principio he dicho que me decidí a estudiar Derecho tras hablar largo y tendido con mis padres y ser aconsejada por un amigo de ellos, me refería a Nataniel Arenas, o Arenas a secas, como le llamaba mi padre. Pero mi madre y yo le llamábamos Sandman.
Sandman, que significa Hombre de Arena, es un ser mitológico de algunas culturas anglosajonas con dos caras muy diferentes. Porque puede verse como ser un bondadoso que se mete en nuestros dormitorios cada noche y nos provoca el sueño lanzándonos arena a los ojos (de ahí las legañas mañaneras) o, esto es mucho más interesante, como un individuo siniestro, un ser infernal que les arranca los ojos a sus víctimas y se las lleva de almuerzo a sus hijos, unos pajarracos monstruosos que viven en un nido construido en un lugar rocoso e imposible.
La idea de llamarle a Arenas Sandman, el Sandman dantesco y repelente, había sido mía y a mi madre le había encantado porque a ninguna de las dos Sandman nos caía precisamente bien. Y cuando le enseñé a mi madre un relato terrorífico del maestro E.T.A. Hoffmann en el que el villano de turno es un grimoso hombre al que apodan Sandman, nos sentimos en deuda con el tenebroso autor alemán.
            Lo que sucedía con Sandman era que él era muy consciente de lo afortunado que era y todo lo que salía por su boca, cada uno de sus movimientos, hasta el más mínimo de sus gestos, estaban impregnados por esa consciencia.
            Porque Sandman era un tipo guapo y bien plantado a sus sesenta años, elegante, listo, astuto, encantador y embaucador, y con dinero, mucho dinero, gracias a sus negocios y a sus empresas, todo tipo de empresas.
Tenía una vida social envidiable, cada dos por tres con fiestas en embajadas y en jardines botánicos, inauguraciones de teatros y restaurantes, y viajes, muchos viajes, casi siempre a países exóticos, lejanos y soleados donde le pasaban toda clase de cosas increíbles en el buen sentido de la palabra.
Estaba divorciado de su segunda esposa y tenía un hijo con ésta y una hija con la primera, ambos mayores; los había tenido siendo muy joven. Pero yo aún no tenía el gusto de conocerlos porque siempre pasaba algo que impedía que nos viéramos.
Tras sus dos matrimonios fallidos, Sandman era un hombre libre y su libertad le permitía tener novias intermitentes, jamás mayores de cuarenta y cinco años y siempre muy atractivas, si por “atractiva” entendemos gran profusión de tinte de pelo, maquillaje y complementos, tacones de aguja y ropa ceñida.
En ocasiones nos las traía a casa. Pero casi siempre venía sin acompañantes, como si ante nuestra pequeña familia quisiera lucirse él solo, en todo su esplendor.
Sandman era amigo de mi padre desde ambos se conocieran en la universidad. Pero resultaba que Sandman, al contrario que mi aplicado padre, había dejado la carrera en pleno ecuador para irse a recorrer el mundo, y luego se había puesto a invertir aquí y allá con unos endiabladamente buenos resultados.
“Ése, te lo digo yo, no pudo empezar de la nada y subir tanto sin hacer más de un chanchullo”, solía comentar mi madre. Y lo cierto era que tras tantas capas de indiscutible savoir faire, sonrisas blanquísimas (Sandman tenía fundas dentales modelo caimán irónico) y frases y bromas perfectas en el momento perfecto, había algo en aquel hombre que ponía en guardia, que susurraba clandestinidad y fariseísmo: que olía como si se hubiera tratado de camuflar un olor rancio con un perfume caro.
Sandman, el Hombre de Arena. Y todo un Vendedor de Arena.

Desde niña, yo llevaba oyendo salir de su boca mil y una promesas que nunca se habían cumplido, promesas que con el paso de los años se habían ido adecuando a mis previsibles deseos de cada etapa. Años más tarde, leyendo Danubio, fantástico libro de viajes de Claudio Magris, me maravillé al descubrir unas líneas que me hicieron pensar mucho en Sandman. Aludían a los buenos consejos que un buen y excéntrico profesor les dio a Magris y a sus compañeros: “Quería enseñarnos a despreciar la papilla del corazón, esa falsa bondad que durante unos instantes, de buena fe, te ofrece y promete de forma impulsiva el oro y el moro, convencida de que ese impulso es realmente generoso, para echarse atrás, con muchos, muy aceptables y buenos motivos, cuando llega el momento”. 

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