Anabel

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jueves, 28 de mayo de 2015

Más Sandman (CAPÍTULO II)


Así, cuando yo era sólo una criatura, Sandman me había prometido toda clase de juguetes que nunca me había comprado (sus regalos eran siempre botellas de vino y pasteles que consumíamos todos, él inclusive, cuando venía a comer o a cenar a nuestra casa); siendo una adolescente, que me iba a dar invitaciones para tal o cual evento social que jamás habían llegado, y convertida ya una joven adulta, mi apreciado Vendedor de Arena me había asegurado que hablando con tal o cual amigo podría lograr que se me concedieran apetitosas becas o prácticas en empresas de renombre. Pero nunca, nunca, aquéllas en las que él tenía invertida su fortuna. No, eso jamás. Casualidades de la vida, en aquellos negocios suyos jamás necesitaban a jóvenes con mi perfil. Eso sí, le había encantado recomendarme encarecidamente que estudiara Derecho, y cuando mi padre le había contado que yo había decidido preparar unas oposiciones, se había puesto francamente insistente para que me decidiera a, literalmente, “lanzarme a la piscina” y estudiara para Notarías. Y yo me había negado. Ahí sí había conseguido salirme con la mía.

            Y bueno, lo de mi Master en Edición y Publicación de textos a Sandman le había parecido, directamente, “un poco una pérdida de tiempo, ¿no?”, dicho en mi cara con una mueca mitad puchero de niño bonito, mitad incomprensión que, paradójicamente, me había llenado de alegría. “Ojalá me salga bien, encuentre un buen trabajo gracias al Master y pueda restregárselo por la cara a este tío”, me había dicho yo toda esperanzada. Desgraciadamente, Sandman aún no había sido testigo de algo así.

            El único vínculo amable que nos unía a Sandman y a mí era el cine.

Él sabía que a mí me interesaba más el cine clásico y el llamado cine de autor que las grandes superproducciones de Hollywood pero que no por ello huía de ellas, y a él le sucedía algo parecido. Así, en algunas ocasiones, ante la atenta mirada de mis padres, manteníamos afables conversaciones sobre grandes directores de la época dorada de Hollywood, expresionismo alemán, impresionismo italiano, nouvelle vague, Polanski, Michael Haneke, o Lars von Trier.

            Sandman también sabía bastante de literatura, pero si mencionaba obras o autores era para entroncarlos directamente con su conversación cinematográfica. “Cuánto sabes de cine para ser tan joven, hija, y qué análisis tan buenos sacas: tendrías que ser crítica de cine”, me decía tras nuestras charlas. Y yo sonreía tímidamente pero muy satisfecha: era el único cumplido que el Hombre de Arena me dedicaba más allá de decirme, con un tono artificialmente lisonjero, lo guapa que estaba o lo mucho que había crecido.

            Cuando Sandman venía a casa a comer o a cenar, mi padre se ponía nervioso. Y a mí eso me molestaba mucho. Quería que todo estuviera limpio, ordenado, pefumado y delicioso para que Sandman tuviera una idea inmejorable de nosotros, pero, demonios, ¿por qué, si Sandman era, en teoría, un amigo suyo de toda la vida? De esos que deben quererlo a uno de forma incondicional, como si fueran familiares resignados a tolerar nuestros peores vicios y a defendernos a capa y espada frente a cualquiera.  

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