Anabel

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lunes, 25 de mayo de 2015

El ruido de las obras (CAPÍTULO II)

            
Al principio de mi segundo año en paro comenzaron a hacer obras en la plaza situada al lado del edificio donde yo vivía. Una verdadera tragedia, porque durante gran parte del día un ruido atroz lo inundaba todo y conseguía que mi cerebro amenazara con reventar de un momento a otro. Toda una sinfonía de instrumentos de albañilería donde llevaba la voz cantante el taladro, el que debía de ser el maldito taladro más grande, poderoso y ruidoso del mundo, creado especialmente para picar hasta el polvo las piedras más bravas, poseía mi endeble alma a través de mis delicados tímpanos y yo creía apreciar en semejante obra maestra de la cacofonía urbana la banda sonora perfecta para mi desesperante situación personal. Monotonía acústica y dolor mental durante horas y horas, prácticamente sin tregua.
Si hubiera consultado alguna clase de ley sobre el tema, estoy segura de que habría descubierto que se estaban saltando a la torera más de un artículo, pero en aquel entonces ya no tenía fuerzas ni para buscar leyes y consultarlas y, mucho menos aún, exigir su aplicación.
Mis padres, como hacían con casi todos los dramas y tragedias que nos asolaban, se lo tomaban con filosofía y apenas se quejaban, sólo dejaban escapar algún suspirito de desesperación de vez en cuando y frases como “En esta vida, nunca le dejan a uno  estar tranquilo”. Pero claro, ellos trabajaban sus ocho horas al día, pasaban fuera de casa un buen puñado de tiempo. Yo era la que más sufría el demoledor sonido de las santas obras.
Al vivir en el último piso, el decimoséptimo, en origen pensado para alojar al portero del edificio y a su familia, teníamos derecho a utilizar la gran azotea que coronaba el bloque y que en realidad pertenecía a la comunidad entera. Pero ningún vecino ejercía nunca su derecho a utilizar aquel espacio para tomar el sol (cuando el clima bilbaíno lo permitiera), colgar ropa, hacer tai-chi o lo que fuera. Por lo tanto, se podía decir que aquélla era nuestra terraza, nuestra gran terraza. Y para mí, que pasaba tantas horas sola, era un alivio subir allí, sin nada o con libros, música, bebida y una manta si el día era fresco, acomodarme en la vieja tumbona que había o sencillamente observar desde semejante altura el paisaje que se levantaba por todas partes: rectángulos de piedra de todo tipo y tamaño, montículos de verdes montes y una franja de cielo, a menudo brumoso, encima de todo ello, rematando el conjunto.

Pero no me gustaba a asomarme a las no demasiado altas barandillas de piedra y mirar hacia abajo. Eso que dicen, que procuramos no mirar al abismo no por miedo a caer sino porque éste nos invita a unirnos al él con insistencia, ya no me parecía una estupidez. Siempre miraba hacia el cielo y hacia el horizonte y disfrutaba poniendo mi mente en blanco. Pero aquel ruido de las obras… Cielo santo, aquel ruido. Me quitaba las ganas de refugiarme en mi terracita urbana. Y eso no tenía perdón. 

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