Anabel

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miércoles, 20 de mayo de 2015

Cena de primas (CAPÍTULO I)

Cena de primas. Tocaba cena de primas.

Mis primas y yo quedábamos para cenar cuatro veces al año. Pasara lo que pasara. Teníamos la cena de después del verano, la cena de Navidad, la cena de antes de Semana Santa y la cena de antes de las vacaciones de verano. Pasara lo que pasara. Aunque ardiéramos de fiebre o tuviéramos una extremidad dañada. Había que asistir a todas y a cada una de nuestras cenas de primas. Nuestro invisible pero estricto Codex de Primas, que regía el funcionamiento y la buena marcha de nuestra relación amistoso-fraternal, así lo sentenciaba. También procurábamos asistir a las celebraciones de los cumpleaños de cada una, pero esto no era algo obligatorio. Y bueno, podía ser que en los intervalos temporales entre cena y cena surgiera algún plan inesperado, como ver cierta película en el cine o unirse al grupo de amigas de otra. Había, ciertamente, algo de flexibilidad en nuestro Codex. Pero no en cuanto a las cenas. Había que asistir.

La cena sobre la que a continuación voy a escribir fue la de antes de Navidad, quince días antes de que yo cumpliera los treinta y uno y llevara, oficialmente, un año y dos meses en el paro. Las Navidades llevaban a mis primas lejos de la ciudad, por lo que se podía decir que aquella cena tenía como objetivo una doble celebración: reunión trimestral y navideña. Mis primas eran hijas de los hermanos y las hermanas de mi padre. Todas chicas. Mis primos y primas maternos no vivían en la ciudad. El tener todas, aproximadamente, la misma edad, el vivir más o menos cerca y el hecho de que nuestros padres tuvieran mucho trato había hecho que nos criáramos siendo un verdadero grupo de amigas. Aunque, por supuesto, entre nosotras había ciertas afinidades. Pero nunca habría pensado que con los años algunas de mis primas acabarían resultándome claramente antipáticas. Éramos seis. María y Pilar, las mellizas, un año mayores que yo, las hijas del tío Ignacio. Mónica y Virginia (la primera era de mi edad; la segunda, dos años mayor que yo), las hijas de la tía Carmen. Natalia, tres años mayor que yo, la hija única de la tía Esperanza. Y yo, Anabel, la otra hija única.

Yo sentía un especial cariño, química o como se le quiera llamar por Pilar, una persona dulce y pacífica a la que era muy difícil ver enfadada, y con María, casi siempre sonriente y encantadora, me unía la pasión por cierto tipo de música y el cine, por lo que en cuanto nos juntábamos y si no había alguien delante a quien pudiéramos cansar con nuestras historias, no parábamos de cotorrear sobre ambas materias. Había intentado varias veces que María acudiera a alguno de mis encuentros con los del Master en Edición y Publicación de textos, pero no había manera de cuadrar agendas. “Creo que os llevaríais muy bien”, le solía decir a María para animarla a que viniera a nuestras reuniones. Algo me decía que ponía excusas para evitar tales encuentros movida por cierta inseguridad, por miedo a no estar a la altura de personas que ella se imaginaba sabihondas. No conseguía quitarle esa idea de la cabeza a pesar de mis esfuerzos.

No es que Mónica, Virginia y Natalia no me gustaran. Sencillamente, no había conseguido conectar con ellas de la misma manera que había conectado con Pilar o a María. Era como si alguna clase de reacción química me mantuviera a una distancia prudencial de ellas, y lo mismo les podía pasar a ellas conmigo. Nos tratábamos con amabilidad, nos preguntábamos, comentábamos, reíamos. Pero faltaba ese “paso final” que hace que una persona le abra a otra su corazón, alma, mundo interior o lo que sea, y la invite a entrar allí sin timidez, aunque una vez dentro pueda encontrar cosas oscuras e insólitas. Y el tiempo le acabó dando la razón a esta reacción natural que nunca me había dejado ser amiga de tres chicas con las que compartía sangre y generación. Las cenas las solíamos celebrar en restaurantes de la ciudad no demasiado caros hasta que mis primas comenzaron a emanciparse. A aquellas alturas todas tenían un trabajo decentemente pagado y pareja (Virginia y Natalia estaban casadas desde hacía un año y tres años respectivamente), y se habían ido de casa. Todas, menos yo.

En aquella ocasión tocó la casa de Pilar, un bonito apartamento situado en un barrio de nueva construcción, repleto de parejas jóvenes y brillantes y altísimos edificios. Pilar llevaba muy poco viviendo allí, y aunque ya nos había invitado a ver su casa en otra ocasión, aquélla era la primera vez que celebrábamos allí una cena. Al principio, todo discurrió a la perfección. Bienvenidas, saludos, preguntas y respuestas; lindas palabras halagando el gusto por la decoración navideña de nuestra anfitriona (todo, el pequeño abeto de al lado de la ventana, el espumillón colocado en lugares estratégicos y las figuritas con motivos navideños, iba en negro, plata y rojo); las consabidas entregas de bandejas con dulces y aperitivos y botellas de vino para contribuir a la cena, algo que Pilar censuraba con el clásico “Os voy a matar, ¡os dije que no hacía falta traer nada!”.

Pilar, quizás un poco condicionada por el ceremonial que se daba cuando cenábamos en las casas de las demás, decidió que aquella velada tenía que estar acompañada por música. Pero en vez de escoger ella misma las canciones que sonarían durante la cena, algo que hacían sus referentes, colocó un ordenador portátil con conexión a Internet en una mesilla auxiliar y nos dijo que pusiéramos lo que quisiéramos. Aún no había acabado de hacer su invitación y Natalia ya se había levantado a poner una canción discotequera que a mí me ponía los pelos como escarpias pero que estaba muy de moda. En cuestiones musicales las únicas que teníamos afinidad éramos María y yo. “No pasa nada, en cuanto acabe pondré una de Muse”, me dije, “y María me lo agradecerá”. Miré a María para ver qué cara ponía al escuchar la música escogida por Natalia, pero estaba concentrada en mirar su teléfono móvil. Y eso que durante aquellas cenas procurábamos no ojear nuestros chismes infernales; lo habíamos acordado y a mí no me costaba demasiado. Ni siquiera tenía conexión a Internet contratada.

Como iba diciendo, al principio de la noche todo parecía normal. Una cena de primas más. Lo de siempre. Sin embargo, en cuanto estuvimos todas sentadas en torno a aquella mesa bien surtida de deliciosa comida y adornada con velas, la mesa comedor de aquel piso que Pilar había comprado tras siete largos años trabajando en una multinacional farmacéutica, noté que el ambiente estaba algo enrarecido. Había algo extraño allí, sí. Es difícil de explicar, pero era como si aquella escena tan familiar —mis primas y yo solas, en torno a una mesa llena de comida— hubiera sido cubierta por cierto barniz de gravedad y dramatismo. No sé si el resto lo percibiría, pero yo sí lo hacía.

Para empezar, no era normal que allí predominara el silencio, un silencio que pesaba como una losa porque tenía la textura de los silencios que preceden a una tormenta. Un silencio tenso y pesado que a duras penas era sofocado por intermitentes frasecitas estúpidas alabando la decoración o cierta prenda de vestir o un nuevo peinado. Y luego estaban las caras de mis primas. Seriedad en todas ellas, de aquello no cabía duda, pero con ciertos matices en cada una. Mientras que Pilar parecía intranquila y nerviosa, mirando a todos lados continuamente para tratar de abortar a tiempo cualquier imprevisto, María y Mónica portaban una expresión de inabarcable lástima que, si mis sentidos no me engañaban, iba dirigida clara y directamente ¡hacía mí! Las dos me miraban casi todo el rato con cara de pena, con cara de contenida pero indisimulable pena.

En cuanto a Virginia y a Natalia, las que siempre se habían llevado a las mil maravillas ya que tenían una personalidad y unos objetivos en la vida bastante parecidos, sus caras… Sus caras estaban claramente dirigidas hacia al techo gracias a la notable elevación de sus mentones. Era tan exagerado el estiramiento de sus cabezas hacia el mundo superior que parecían dos perfectas caricaturas de lo que debe entenderse por ser una persona altiva. Sus palabras no hicieron sino rematar esta impresión. Virginia, la que menos reparo solía tener a la hora de expresar sus ideas, fue la primera en hablar, apenas hubiéramos comenzando a comer aquel festín con la música de Natalia de fondo.

  —Anabel, cariño —empezó a recitar, yo odiaba que me llamara “cariño” —, hemos estado hablando antes de que llegaras, ya que has venido la última, que es una pena la situación en la que estás, porque hace ya dos años que lo dejaste con Miguel y eres la única de nosotras que aún no ha encontrado a nadie, a no ser, claro, que tengas algo que contarnos…

Y yo me quedé alucinada.

—No, no tengo nada que contaros —contesté a Virginia intentando sonar natural. Pero un poso de amargura echaba al traste mi intención. ¿A qué venía eso? Yo había llegado a aquella cena esperando que me preguntaran por mi búsqueda de trabajo, no que me soltaran eso.

—¿Es que no te gusta nadie, nadie, de verdad? —intervino entonces Mónica poniendo cara de buena.

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