Anabel

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lunes, 1 de junio de 2015

Sigue la segunda dinámica (CAPÍTULO II)




Como nos esperábamos, Fátima y yo pasamos el psicotécnico y fuimos convocadas a la dinámica de grupo, pero nos tocó en diferentes grupos por nuestros apellidos.

El día de la celebración de la dinámica, en un céntrico hotel, fui tranquila y relajada, sin pensar siquiera en mi fallida dinámica del otro banco, convencida de que, tal y como Fátima me había consolado—hablaba alguien que había hecho varias campañas de la renta— los criterios para entrar en aquel curso de la renta eran totalmente arbitrarios; quizás me habían desechado antes siquiera de hacer la prueba por ser de letras puras o podía ser que, sencillamente, no les hubiera entrado bien por el ojo a la rubia y a la morena a pesar de exhibir maneras de la Escuela Diplomática. Y todas esas injusticias, según Fátima, seguro que no iban a tener lugar en aquel nuevo proceso. La creí

El grupo de candidatos en el que di a parar tenía la peculiaridad de que estaba compuesto por ocho chicas y un solo chico, un chaval muy alto y extremadamente nervioso que no dejaba de colocarse y recolocarse un rebelde mechón de pelo castaño que luchaba una y otra vez por invadir su frente. Todos los allí presentes, sentados en torno a una mesa rectangular en una sala enmoquetada a conciencia que parecía destinada a reuniones de tiburones de las finanzas,  íbamos bien vestidos, estábamos con gesto serio que no desagradable, y bolígrafo en mano recibimos como educados robots a la sonriente señora que de pronto apareció allí dispuesta a evaluarnos. La mujer, de unos cuarenta y muchos y vestida de una forma mucho más casual que nosotros, tenía un gesto risueño en el rostro y nos explicó muy amablemente en qué iba a consistir aquella dinámica de grupo. Teníamos que crear entre todos una empresa de catering en pleno centro de la ciudad y pensar y detallar todo lo que algo así podía conllevar, a saber, qué puestos de trabajo serían necesarios para el negocio, qué tipo de comida ofreceríamos, cómo haríamos para lograr una lonja cuyo alquiler no nos arruinara nada más comenzar, elementos diferenciadores, etc… Pero antes de ponernos manos a la obra, antes de pensar, esquematizar, exponer en público y discutir nuestras ideas, aquella amable señora nos dijo que debíamos ir presentándonos uno por uno, contando qué habíamos estudiado, dónde habíamos trabajado hasta entonces y por qué nos interesaba trabajar en aquel santo banco. Comenzando por la persona que tenía a su derecha, una chica con flequillo oscuro y gafas de montura gruesa de color rojo con la mirada huidiza; luego llegaría el Chico y después me tocaría a mí. A continuación, el resto.


La chica de gafas se expresó brevemente, sin levantar la vista del papel que tenía frente a ella y con un hilillo de voz (que si había estudiado Económicas, que si hablaba un poco de inglés, y patatín y patatán), y la mujer la contempló durante toda su declaración con una indescifrable sonrisa de Gioconda y los ojos entrecerrados. Lo mismo podía ser una fiera sibilina relamiéndose de gusto ante su inminente ataque a una presa bien estudiada que un miembro del jurado de un concurso de talentos televisivo.

Cuando la chica de gafas terminó de hablar tenía los carrillos encendidos, y la educada mujer se dirigió entonces hacia el Chico con una amplia sonrisa que le dejó al descubierto todos los dientes, bien alineados pero no muy blancos, los de la hilera superior y los de la hilera inferior. Y durante toda la intervención del Chico, que hablaba y hablaba, hablaba mucho pero entrecortándose por los nervios y rematando cada frase con un chirriante “¿no?”, y que no era especialmente guapo ni atractivo ni interesante, la mujer no dejó de sonreír y de entornar los ojos ni un solo segundo, y cuando el Chico confesó que tenía amigos que trabajaban en aquel banco y que estaban encantados con el tipo de trabajo que allí desarrollaban y el ambiente que allí se respiraba, Monalisa dejó escapar un sonidito de ternura y repitió la última frase del Chico casi fascinada: “y están encantados con todo y con todos”. Así que me dije que aunque la chica de gafas no le hubiera generado tanta simpatía a aquella selectora, quizás era posible que si yo me mostraba tan locuaz y pelota como el Chico, también le cayera bien a la mujer. Pero qué ilusa fui. En cuanto abrí la boca, qué digo, en cuanto me llegó el turno y los ojos de la consultora se posaron sobre mí, sentí que las tinieblas crecían al ras del techo de aquella sala y amenazaban con estallar en una virulenta tormenta. Monalisa frunció el ceño con gesto mitad desagrado, mitad cálculo matemático imposible, y no lo relajó durante toda mi presentación. De nada me sirvió que me apresurara a afirmar que yo también había oído cosas muy buenas de la forma de trabajar y del ambiente que había en aquel banco: aquella selectora me miraba mal. Terminé mi presentación mucho antes de lo esperado y me dieron ganas de levantarme e irme antes siquiera de comenzar la dinámica de grupo propiamente dicha: mi cada vez más desconfiado instinto me dijo que allí yo no tenía nada que hacer.




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