Anabel

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martes, 2 de junio de 2015

Cena de primas de Semana Santa (CAPÍTULO II)


Durante la cena de primas de antes de las vacaciones de Semana Santa no fui bombardeada a preguntas o insinuaciones sobre mi vida sentimental. Quise creer que después de la última vez habían hablado entre ellas y habían concluido que era mejor no sacarme el tema para no violentarme u ofenderme. Durante los primeros minutos de la cena, aquella vez en casa de Virginia (aquel fin de semana su marido tenía una despedida de soltero), llegué a sentirme casi cómoda. Casi, porque mis primas no cesaron de hablar de los maravillosos viajes que habían preparado para aquellos días. Todas iban con sus respectivas parejas al extranjero, a lugares con playa y clima halagüeño.

            Aquel invierno el tiempo atmosférico había sido especialmente hostil en Bilbao, con semanas enteras de lluvia y cielo encapotado y apenas unos tímidos rayitos de sol de vez en cuando a modo de ridícula tregua. Sonaba apetecible la idea de escaparse a territorios relativamente lejanos y de clima benigno, a chapotear en el océano y deleitarse con paisajes desconocidos. Mis padres me habían dicho muchas veces que si lo deseaba me fuera por ahí unos cuantos días de “no vacaciones” (qué vacaciones se pueden tener cuando no se trabaja). Con quien fuera. Y opciones no me faltaban: Magdalena y Carolina se iban a la costa Mediterránea con un par de compañeras de trabajo de Magdalena;  también podía hacerle una visita a Glenda (entonces vivía en Luxemburgo: me había acostumbrado a que cada dos años cambiara de país, siempre dependiendo de becas y golpes de suerte), o plantarme en la casa de algún familiar (teníamos varios instalados en lugares apetecibles). Mis padres insistían en que ellos me pagarían el viaje. Pero no. No. Yo no podía decir que sí a semejante derroche de generosidad, y me dije que merecía la pena sacrificarse un poco y quedarse en la ciudad hasta que encontrara un empleo, algo que podía suceder, si los astros querían, por qué no, antes de que acabara el año. Al fin y al cabo,  los medios hablaban de que la crisis remitía, que la cosa se movía más (fuera lo que fuera “la cosa”),  y yo quería creerlo.

Ya habría tiempo para viajar a territorios soleados y exóticos: cuando disfrutara de una santa y deliciosa nómina mensual.

            Así pues, aquella primavera yo no viajaría, y era muy probable que tampoco lo hiciera aquel verano, pero en la cena pre-Semana Santa de primas tuve que escuchar pacientemente en qué iban a consistir sus viajes.

Las generosas explicaciones de mis primas sobre sus atractivas e inminentes vacaciones estuvieron reforzadas con toda clase de fotografías mostradas con pericia en sus aparatosos teléfonos móviles, y no escatimaron en detalles: en ningún detalle. Así, tuve el honor de saber qué itinerario aéreo era el que tenía que hacer María para llegar a Madeira para pagar el precio más barato posible, o cuántas escalas exactamente comprendía el paquete que Virginia había contratado para su crucero por las islas griegas. Y mientras historias de búsqueda, contraste y compra de las mejores ofertas turísticas existentes, narraciones de las características particulares de los hoteles donde iban a alojarse, y descripciones de los idílicos espacios naturales que iban a visitar brotaban imparablemente de las insaciables bocas de mis primas, comencé a navegar mentalmente por el espacio exterior y a deleitarme con sus impagables tesoros espaciales. Cuando la realidad me irritaba, exasperaba o aburría de mala manera, lo hacía. Glenda había sido mi maestra en semejante arte. Me explicó que para espantar instintos suicidas u homicidas en situaciones semejantes, ella solía invocar una escena de El sentido de la vida de los Monthy Pyton. En ella, un ama de casa en bata y rulos es acompañada por un extravagante personaje en una ruta por la Vía Láctea, y el tipo le explica lo inmenso y cambiante que es el universo y la suerte que ha tenido ella de nacer, y que lo recuerde cada vez que piense que está rodeada de cerdos.

En cambio, para casos así, yo me decantaba casi siempre por una famosa canción de David Bowie, Space Oddity, “Odisea espacial”. Aquella ocasión no fue la excepción.  Space Oddity fue la banda sonora que empezó a sonar en los confines de mi cabeza para ambientar mi viaje por la Vía Láctea y otras galaxias desconocidas mientras mis primas torturaban hasta a las piedras con sus planes vacacionales. Ground Control to Major Tom, Ground Control to Major Tom, Take your protein pills and put your helmet on... Control terrestre al Mayor Tom, Control terrestre al Mayor Tom, Tome sus píldoras de proteínas y póngase su casco…

Y con Bowie de fondo ayudándome a surcar cielos negros cuajados de estrellas diminutas y relampagueantes, en el árido Planeta Azul Mónica hablaba de los lugares que pensaba visitar en su viaje por Marruecos, un tema que podía llegar a ser interesante y que hizo que yo retornara a tierra durante unos segundos, pero pronto decidí volver a sumergirme en la oscuridad del espacio exterior: cuando Virginia empezó a describir con pelos y señales cómo era el fabuloso hotel donde ella había estado alojada durante su estancia en Marrakech y la cantidad de cosas baratas que se había comprado en zocos de medio Marruecos. Natalia, a la que la tripita ya se le notaba y que había acaparado la primera parte de la noche contando los pormenores de su embarazo, aquel año, muy a su pesar, debía conformarse con unos cuantos días con la familia de su marido en una casa rural castellana, y no se censuró lo más mínimo a la hora de describirnos lo peculiar que era la familia de su esposo, al parecer, “gente muy chapada a la antigua”. Y desde mi ubicación interestelar, a la que me llegaban las voces de mis primas flojas y entrecortadas, me pregunté cómo demonios serían aquellas personas si la propia Natalia las consideraba un poco rancias.  Ground Control to Major Tom (Ten, Nine, Eight, Seven, Six), Commencing countdown, engines on (Five, Four, Three), Check ignition and may God's love be with you (Two, One, Lift off)… Control terrestre al Mayor Tom (Diez, Nueve, Ocho, Siete, Seis), Comenzando cuenta atrás (Cinco, Cuatro, Tres), Motores encendidos, Chequée la ignición y que el amor de Dios lo acompañe (Dos, Uno, despegue)…

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