Anabel

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miércoles, 24 de junio de 2015

A Anabel las setas no le hacen efecto (CAPÍTULO III)


            —Damas y caballeros, con la alucinante música de Mercury Rev como banda sonora, comencemos la ceremonia micofílica para la cual nos hemos reunido aquí.

            Y Ányello empezó a repartirnos vasos de agua y nuestras raciones de setas. Todos estábamos lo más cómodos posible. Carolina, Magdalena y yo, bien colocaditas en nuestros mullidos asientos, como niñas formales, y sentadas las tres juntas, tal y como nos habíamos empeñado. Nos miramos emocionadas y tragamos. The dark rising era el título de la canción. Está anocheciendo.

Como el resto, me quedé bien quieta en mi sitio y extremadamente silenciosa, esperando que aquellas sustancias psicotrópicas vegetales poseyeran mi ingenuo cuerpo y me llevara de paseo onírico por insospechados territorios. Traté de poner mi mente en blanco, algo que era recomendable, pero no podía. Aquello, todos en silencio y con el ruido de la tormenta mezclada con la sugerente música de Mercury Rev como único sonido, tenía algo de ceremonia macabra, sectaria, reptiliana tal vez. ¿De veras que había que estar tan quieto y callado? Era cómico ver las caras de infinita concentración que ponían todos. Tate parecía otra persona, mucho más madura y centrada, más profesor de inglés que nunca. Ányello daba la sensación de que iba a comenzar a levitar en cualquier momento. Yo sólo tenía ganas de reírme. Pero me controlé. Había que ser paciente.

Pero los minutos pasaban y yo seguía dolorosamente lúcida y centrada a pesar de que veía que los demás empezaban a hacer ya cosas raras. Se oían los primeros extraños gemidos, algunas risotadas secas y aisladas, y la quietud comenzaba a romperse. Rubén se puso en posición fetal sobre su butaca, y Carolina posó su cabecita sobre el hombro de Magdalena.

“Espera un poco, que enseguida empezarás a notar algo”, me dije. Pero no, allí no pasaba nada. Yo seguía tan sobria y centrada como siempre.

Y mi sólida paciencia inicial se fue debilitando a marchas forzadas.

Ányello nos había avisado de que no había un tiempo estándar tras el cual comenzaran a producirse los efectos de las setas, que dependía del cuerpo de cada uno. Pero aquella explicación dejó de resultarme aceptable a la hora y cuarto de estar quieta como una cariátide en el sofá de aquel pisito viendo cómo yo era la única de ocho personas que se mantenía inmune al LSD de Madre Naturaleza.

 Porque todos mis compañeros de ingesta llevaban casi una hora disfrutando de sus misteriosos efectos. Yo era testigo directo de ello.

Por ejemplo, a Carolina le dio por decir que Magdalena se había convertido en un hada de fuego. Y no conseguía explicar qué era exactamente esa criatura, sólo la miraba con lágrimas de emoción en los ojos, la veneraba como si fuera un ídolo, jugueteaba con su larga y rizada melena roja y, seguidamente, rompía a reír con aquella risita nerviosa, intercalada con algún que otro sonido porcino, que la poseía en ciertas ocasiones y que a mí me ponía de los nervios. Magdalena, en cambio, ignorando completamente la paranoia de Carolina, estaba totalmente entretenida en seguir y retransmitir en voz alta lo que a todas luces era una tensa conversación entre Audrey Hepburn y Marilyn Monroe, especialmente polémica cuando se tocó el tema de Desayuno con diamantes (Truman Capote había escrito su novela pensando en su gran amiga Marilyn como Holly Golightly,  pero la Hepburn se había hecho con el papel: todo un drama).


Y el resto… Oh, el resto. El resto se entretenía calibrando las nuevas posibilidades que les ofrecían sus extremidades, inhumanamente elásticas y extensibles, y los muebles y objetos del piso de Ányello, de formas cambiantes y con inesperadas propiedades.

Pero ninguno se levantaba de su sitio, ni siquiera elevaban ligeramente el trasero de sus asientos, como si estuvieran convencidos de que si lo hacían, su integridad física pudiera correr peligro.

Curiosamente, Tate era el menos profuso en aspavientos y expresiones. Sentado como un indio norteamericano en el suelo, al lado de la butaca donde estaba Ányello, se creía el comandante de una nave espacial, concentradísimo al (invisible) volante, y muy serio y circunspecto, casi con cara de desagrado. Vaya, el viaje no le estaba sentando bien.

Mercury Rev no dejaba de sonar mientras toda aquella gente se entregaba a las viles artes de las setas mágicas (Ányello debía de haber puesto un disco entero), y cuando finalmente me decidí a abandonar el piso, Saray explicaba al resto que estaban siendo observados por cientos de cámaras de Gran Hermano, que todo aquello era un experimento sociológico. “¡De los hombres lagarto!”, grité con sorna y lo más alto que puede antes de cerrar definitivamente la puerta de aquel piso. Con cierto resquemor, tristeza y la sensación de haber sido vilmente engañada.

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