Anabel

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miércoles, 3 de junio de 2015

David Bowie, langostinos y preguntas incómodas (CAPÍTULO II)





Pilar, una vez más, fue la más sensible de todas. Se dio cuenta de que yo no hablaba de vacaciones y que estaba quieta como estalactita y con la vista perdida mientras el resto hablaba y hablaba. Así que cortó su relato viajero (ella se iba a Malta), y pese a que no estaba sentada a mi lado (María y Natalia me flanqueaban), se dirigió directamente a mí con un tono de voz bastante alto para que se la escuchara bien en mitad de aquella contienda de datos.

Y tú, Anabel, este año nada, ¿no? Creo que me lo dijiste en la otra cena, que pasabas de viajar para no tener que gastar… Sus ojos marrones brillaban como los de toda una manada de piadosos bambis y me dije que no me quedaba más remedio que interrumpir mi odisea espacial. Lo hice… Dejé al Mayor Tom y a Ziggy Stardust a la altura de los anillos de Saturno y retorné al minimalista salón-comedor de Virginia para contestar a la no-pregunta de Pilar, que lo único que pretendía era meterme en la conversación. Las demás debieron de darse por aludidas porque se callaron abruptamente y me miraron expectantes.

—No, este año no me voy a ninguna parte, Pilar. No hay fondos ni visos de que vaya a haberlos pronto. Como no me ponga a limpiar casas… —dije terminando mi intervención con una incómoda sonrisa.

Mi frugal queja fue recibida por un colosal silencio, algunas caras de pena, una sacudida de melena color caoba (la de Virginia) y una silla arrastrándose hacia atrás, porque Natalia tenía que levantarse para ir al baño. La embarazada declaró con un gruñido que mucho había aguantado sin ir hasta entonces y se frotó con cuidado la tripa una vez incorporada. Llevaba toda la noche sin sonreír y su rostro era ya, directamente, de mala uva. Mi prima nunca había sido una chica precisamente risueña, pero concluí que las hormonas le estaban empeorando aún más el carácter. Le preguntamos si necesitaba algo y contestó que no, que sólo era una “gestión”. Le rieron la gracia un poco; yo no. Y antes de desaparecer por la puerta de la sala, le habló así a su gran aliada:

—Virginia, para cuando vuelva del baño, ¿te importaría poner el portátil cerca de la mesa? Echo de menos música en esta cena…

Pese a que las palabras fueran más o menos amables, el tono de Natalia sonaba a clara e indisimulable orden. Y Virginia, una persona no caracterizada por reaccionar bien ante las órdenes, obedeció inmediatamente. Desapareció durante unos segundos, reapareció con un portátil y lo colocó sobre la butaca más cercana a la mesa donde cenábamos. Como Natalia y sus insufribles gustos musicales estaban aún en el cuarto de baño, no las dejé reaccionar. Cuando Virginia preguntó con una vocecilla todo afectación que qué nos apetecía escuchar, como una centella me levanté, busqué en Internet y puse. Space Oddity, por supuesto. Las caras de estupor de mis primas no se hicieron esperar. Que qué era eso. Y yo explicándoles que era una canción del atractivo actor de Dentro del laberinto, o más bien, de su curioso alter ego Ziggy Stardust. La explicación les resultó tan poco seductora como la canción. Pero yo me senté de nuevo en mi sitio triunfalmente y me puse a despellejar langostinos y a mojarlos en mayonesa antes de devorarlos. Ninguna de las comensales había probado los langostinos aún, y todas me imitaron en silencio, intentando encontrarle algo bueno a aquella música de la que yo les había hablado tan bien. Mi gloria duró hasta la mitad de la canción, porque entonces apareció de nuevo Natalia  y puso cara de estupor. No dejó siquiera que le preguntáramos si todo marchaba bien. Que qué era esa música. Y se lanzó rauda y veloz sobre el portátil de Virginia y seleccionó una de sus melodías, en aquella ocasión, un mix vomitivo, algo propio de cualquier macro-discoteca ruidosa, y se sentó en su trono con cara de haber arreglado algún estropicio monumental. La rabia me invadió. “Esto no va a quedar así, pero seré un poco más educada que tú, esperaré a que acabe la canción”, me dije.

—Así que no hay nada de trabajo para ti, Anabel —me dijo entonces Natalia muy seria y clavándome sus pequeños ojos verdes, distrayéndome de la maquinación de mi venganza musical. Dudaba entre rock lúgubre o cantautor suicida.

—Pues no, no lo hay. Nada, no me llaman de nada, no hay manera. Eso sí, he hecho dos dinámicas de grupo en dos bancos, en el banco X y en el banco Y, para hacer declaraciones de la renta y para una bolsa de trabajo, pero no he tenido suerte en ninguna. No sé en qué se basarían para desecharme, pero lo han hecho. Y no tengo nada más que contaros. Y eso que dicen que estamos saliendo poco a poco de la crisis…

—Pero…, ¿a qué estás echando? —Me preguntó entonces María intentando que su voz sonara extremadamente amable— ¿Sólo a cosas “de lo tuyo” o a “todo”?



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