lunes, 8 de junio de 2015

Comienza el CAPÍTULO III: Fórmate hasta la deformación. Hazte una Didascalia


Didascalia en Tareas Administrativas Básicas y Gestión Elemental de los Recursos Humanos. Escuela de Estudios Administrativos Polivalentes de Bilbao, en el centro, en el puro corazón de Bilbao. Título homologado. Plazas limitadas. Exigencias para entrar: diplomatura o licenciatura universitaria o título similar. Seis meses de duración, cinco horas de clase diarias en horario de tarde, de lunes a viernes, y un mínimo de tres meses de prácticas obligatorias (y remuneradas) para aprobar el curso, a ser posible, a realizar desde el primer mes. Precio: 6.000 euros, o lo que es lo mismo, todo un millón de las viejas y defenestradas pesetas. Utilidad: muy alta, altísima, porque aquella prometedora y casi recién nacida Didascalia —nueva modalidad académica nieta de la Diplomatura, hija de la Formación Profesional y hermana pequeña del Master—, según el sabio Sandman y el trabajado folleto que lo anunciaba como la octava maravilla del mundo, le abría a uno las puertas del cielo laboral, permitiendo acceder a mil y un empleos atractivos y en pleno auge, interesantes y bien recompensados.
Y mi padre le creyó a Sandman, y mi madre no supo muy bien qué decir, y yo fui incapaz de decir que no. Bueno, francamente, una parte de mí tenía ganas de hacer algo, lo que fuera, algo diferente a no hacer nada. Y seguir formándome, como recomendaban ilustrados expertos en empleo y desempleo desde los medios de comunicación, era algo. “Las etapas de desempleo son buenos momentos para seguir formándose”. Ah, aquella frasecita de postín emitida por sabios sonrientes y bien vestidos a los que les pagaban por teorizar sobre lo que uno debía hacer cuando nadie le contrataba…
            En fin, acordé con mis padres realizar el cursito, ¡perdón!, la Didascalia, de marras porque quise creer que mal no me vendría, y el hecho de que incluyera al menos tres meses de prácticas remuneradas era un gran punto a su favor.

Según me explicó uno de los coordinadores académicos de la Didascalia en una entrevista previa a la inscripción final, cada año, algunos estudiantes del curso tenían la inmensa fortuna de ser contratados por las empresas en las que habían realizado las prácticas. “Y tú puedes ser uno de esos estudiantes, Anabel. Con toda tu preparación, no me extrañaría nada”, me dijo el risueño coordinador. Y como me hizo tanta ilusión que después de tanto tiempo alguien con aspecto de saber de lo que hablaba me dijera algo bueno, se me escaparon un sonidito de regocijo y una sonrisa de iluminada. Pero al instante tuve la sensación de que era una concursante mediocre de un programa de talentos recibiendo el edulcorado veredicto de un jurado comprado. Comprado por 6.000 euros. 

sábado, 6 de junio de 2015

Fin del Capítulo II

Aquel verano decidí quedarme en la ciudad. Todo el verano. Magdalena y Carolina irían varios días a sus respectivos pueblos durante la primera quincena de agosto, y la primera semana de septiembre las dos juntas viajarían a Ámsterdam. Yo no las acompañaría.
Al igual que en Semana Santa, mis padres intentaron convencerme de que aceptara su ayuda económica y que me fuera con mis amigas a Holanda, pero mi “no” fue rotundo, de nuevo. No podía aceptar su dinero para disfrutar de unas vacaciones que juzgué innecesarias.
Me conformé con acudir regularmente a la casa que mis padres tenían en la costa, en un lindo y apacible pueblo cántabro situado a menos de una hora de Bilbao, y a disfrutar con mis amigas de las fiestas que se celebrarían por toda la geografía de Vizcaya y que sus agendas vacacionales les permitieran.
Así pasé el verano de mi segundo año en paro, entre playa y asfalto, sin dejar de buscar trabajo y entregada a un ocio tranquilo cuya guinda fue quedar con mis compañeros del Master en las Fiestas de Bilbao, justo un año después de nuestra última cita. Y resultó que aquella noche me encontré en un local del Casco Viejo con el Señor Misterioso. En un contexto completamente diferente al de Bidebarrieta, jocoso y feliz con sus amigos (francamente, el verle con un vaso tamaño gigante de cerveza en la mano y un pañuelito de fiestas al cuello le quitó parte de su encanto maldito). Pero por miedo a que mis amigas cometieran alguna locura (no era difícil de imaginar a Magdalena lanzándome encima del Señor Misterioso o a Carolina dando grititos de emoción bochornosos), opté por contárselo sólo cuando el objeto de mis desvelos y sus colegas habían abandonado ya el local, lo que me granjeó una buena bronca en la que Carolina fue especialmente insistente y repetitiva (“El no ya lo tienes, el no ya lo tienes…”, no paraba de repetir). Me dijeron que así nunca conseguiría nada, que había que ser más atrevida y decidida y aprovechar el momento, que uno nunca sabía qué podía pasarle de un día para otro, etcétera, etcétera…
Pero lo que sucedía era que yo, secretamente, tenía la esperanza de que el Señor Misterioso y yo tuviéramos un acercamiento en un contexto más sobrio, y a ser posible, sin seres conocidos alrededor, en la propia Biblioteca de Bidebarrieta cualquier tarde entre semana, por ejemplo. Algo dentro de mí, algo infantil, iluso y empalagoso, me decía que así sería, que así le conocería, y no dentro de demasiado tiempo.
Aquel verano, con el prometedor otoño en el horizonte y frases de lo más optimista (“Como esto no puede empeorar, seguro que este año mejoran las cosas”, “Dicen que lo peor ya ha pasado”) sonando a todas horas, en la calle y en la televisión, por boca de sabihondos políticos, analistas, especialistas y personas de todo tipo y condición, llegué a estar de veras esperanzada, a creer que podría tener un trabajo a comienzos de aquel inminente curso.

Pero allí estaba Sandman para organizarme mi vida de desempleada y prácticamente obligarme a volver a las aulas. 

(fin del Capítulo II)

viernes, 5 de junio de 2015

Tu candidatura ha sido descartada (CAPÍTULO II)


           


Sin embargo, yo cada vez estaba peor. Seguía sin ser convocada a ninguna entrevista de trabajo pese a que cada día buscara durante horas en Internet ofertas en las que pudiera encajar y enviara mi currículo adaptado con su respectiva carta de presentación adaptada.

Exigimos licenciatura en Derecho. ¡La tengo! Inglés y francés. Sí, of course, bien sûre. ¿Nivel? Muy alto, ambos, y de regalo, nivel básico de alemán y algo de euskera. Y a los pocos días, me descartaban. Me lo comunicaba sin ninguna empatía el rectangulito de Infojobs que hasta entonces había recogido el aviso de que mi candidatura había sido recibida por la empresa correspondiente, todo él cubierto de una especie de tela de araña gris y con el mensaje de rechazo bien redactado, por si semejante cromatismo lúgubre no me lo hubiera dejado claro: “Tu candidatura ha sido descartada”. Cómo fastidiaba aquello… Picaba especialmente cuando en el mencionado rectangulito gris aparecía que mi CV, en un primer momento, antes de ser finalmente rechazado, había recibido la aspita verde de “Leído” y, ¡albricias!, otra aspita verde que decía: “CV incluido en el proceso”. Vanas esperanzas.

Las otras páginas de búsqueda de empleo me escupían el “NO” con una simple pero agresiva crucecita roja o un aséptico “No preseleccionado”.

  ¿Y por qué? ¿Por qué diablos, por qué? ¿Qué se les había pasado por la cabeza a todos aquellos consultores de RR.HH., invisibles y todopoderosos, que desde la distancia me consideraban no apta para estar en una empresa, bien vestida, frente a un ordenador y con un teléfono al lado, con el ceño fruncido, gestionando o tramitando lo que fuera? Nunca lo sabría. Nunca daban motivos. La pantalla del ordenador, sencillamente, me escupía NO.


Y pedían programas informáticos diversos e infinitos, de nombres exóticos y en acrónimos que daban por hecho que el común de los mortales conocíamos, programas de contabilidad, nóminas, documentación, almacenaje, reservas de habitaciones de hotel, organización de viajes y de todo tipo de gestiones que yo no había tocado jamás y que nunca tendría la oportunidad de conocer y poner en práctica. ¿Que por qué? Porque nadie me daba la oportunidad de conocerlos, de tener un periodo formativo para familiarizarme con ellos, aprender su intrincado funcionamiento y después utilizarlos. Querían que los candidatos fuésemos desde el primer momento criaturas completas y experimentadas. Si no, au revoir.

Y pedían varios años de experiencia que era técnicamente imposible que tuviera porque llevaba años sin que nadie me diera la oportunidad de tener experiencia alguna. Anabel atrapada en el Círculo Vicioso.

“Es que ahora, con la Crisis, te pueden pedir lo que quieran. Hay demasiado de todo”, decían por ahí. Y la resignación comenzaba a resbalarme como si sobre mi piel hubiera crecido un impermeable contra todos aquellos sentimientos que implicaban serenidad y aceptación. Mis instintos más oscuros pugnaban cada día más por cubrirme de arriba abajo y abocarme al desastre.

            La situación parecía no cambiar y era desesperante ¿de veras que al resto de las personas en paro, en circunstancias parecías a la mía, les sucedía lo mismo? La única persona parecida a mí que tenía en mi círculo más íntimo era Fátima, y desde luego que a ella le sucedía igual que a mí, pero me obsesioné un poco con la idea de tener más casos como el mío a mano, para tratar de averiguar si realmente era yo la que hacía algo mal o la que no hacía lo suficiente. Mi vida era un puro y completo estancamiento sin perspectiva de mejoría a la vista.

            Sin embargo, la actitud animosa y esperanzadora de mis padres se mantenía obstinadamente firme, y aunque sospechara que se mostraban así de optimistas de forma impostada, sabía que lo hacían con la noble intención de no dejarme precipitarme en el desánimo.













jueves, 4 de junio de 2015

¿No tienes trabajo? Pues limpia casas (CAPÍTULO II)

—Pero trabajo sí que hay en este país hay, claro que lo hay, lo que no hay es empleo —soltó muy convencida mirando al infinito, como si estuviera dando un brillante discurso a una audiencia invisible.
Yo no entendí muy bien lo que Natalia quería decir con eso. A ver, veamos, analicemos: “Trabajo hay; empleo no”, “No hay empleo; sí trabajo”. Lo repetí mentalmente, a lo Barrio Sésamo; lo estudié, le busqué la lógica, y entendí o quise entender que mi prima embarazada, brillante arquitecto empleada y respetada en una gran multinacional desde los veintitrés años, pretendía decir que en nuestro país había cosas que hacer pero que, por algún motivo que mi limitada cabecita de letras no alcanzaba a entender, estas necesidades no se transmutaban en empleos concretos y contables.
Ajá…
Pues bien: yo seguía sin entender nada. Pero como no quería aguantar una de las interminables explicaciones macroeconómicas o microeconómicas de mi prima mayor, fingí que comprendía lo que decía. Y entonces, como si alguien hubiera lanzado un sortilegio, la mesa se dividió en dos conversaciones diferentes. María, Natalia y yo por un lado (yo más que hablar escuchaba cómo mis dos primas se quejaban de los pequeños contratiempos que la Crisis había provocado en su día a día laboral), y por el otro, Pilar, Mónica y Virginia, que hablaban de algo que entre la música y la charla en la que yo estaba inmiscuida no alcanzaba a oír. Pero de pronto, la melodía de Bowie terminó, se hizo un silencio sepulcral en aquella cuidada y limpia estancia, y entonces, se escuchó nítida y clara la voz gangosa y seseante —un falso seseo— de Virginia diciendo lo siguiente:
—Pues yo, en el lugar de Anabel, sí que me pondría a limpiar casas.
La frase tajante de Virginia llegó a mis oídos y a los del resto de mis primas con una claridad supina y tardé unos cuantos segundos en asimilar aquello. ¿Podía ser cierto que Virginia, la Virginia que yo conocía, la amante de los objetos caros y bien publicitados, la que siempre había considerado como una gran virtud en un hombre que éste tuviera dinero, la que había contratado a una empleada del hogar en cuanto se había emancipado porque no soportaba planchar y la cocina le quitaba mucho tiempo, podía ser que aquella Virginia insinuara que de verse en mi situación buscaría trabajo como empleada doméstica?
Vaya, pues parecía que sí.
Me dije a mí misma, o más bien, me grité, ¡me exhorté!, que aquello no podía quedar así, que no fingiera que no había oído bien o cambiara de tema como hacía otras veces, intentando preservar una paz que más que paz significaba que todos podían mostrarse agresivos y belicosos conmigo pero que yo debía contenerme para que la guerra no estallara. Porque aquella frase que formalmente podía considerarse la mera verbalización de una opinión personal legítima y sincera, resultaba que en verdad era un genuino dardo venenoso tamaño deluxe.
Aquella frase en boca de otra de mis primas estoy convencida de que no me hubiera parecido tan chirriante, pero en boca de Virginia, por Dios… Y además, después de soltarla, qué feliz y sonriente se quedó. Como solía suceder. Virginia lanzaba sus opiniones causticas a quien quería, chicas de su edad casi siempre, y nunca mostraba arrepentimiento o propósito de enmienda. Pilar, por ejemplo, había tenido que soportar varias opiniones de Virginia concernientes a su poco gusto con los hombres, y la mejor amiga de Virginia, una tal Sara, había estado un año sin hablarle cuando ésta había vertido comentarios bastante ofensivos sobre lo ceñido y escotado de su ropa. Jamás la había visto yo mostrándose tan incisiva con personas “mayores” de nuestra familia, o con su marido, o con los charlatanes amigos de su marido, aficionados a juergas sinfín y comentarios jocosos sexuales y escatológicos.

miércoles, 3 de junio de 2015

David Bowie, langostinos y preguntas incómodas (CAPÍTULO II)





Pilar, una vez más, fue la más sensible de todas. Se dio cuenta de que yo no hablaba de vacaciones y que estaba quieta como estalactita y con la vista perdida mientras el resto hablaba y hablaba. Así que cortó su relato viajero (ella se iba a Malta), y pese a que no estaba sentada a mi lado (María y Natalia me flanqueaban), se dirigió directamente a mí con un tono de voz bastante alto para que se la escuchara bien en mitad de aquella contienda de datos.

—Y tú, Anabel, este año nada, ¿no? Creo que me lo dijiste en la otra cena, que pasabas de viajar para no tener que gastar… —Sus ojos marrones brillaban como los de toda una manada de piadosos bambis y me dije que no me quedaba más remedio que interrumpir mi odisea espacial. Lo hice… Dejé al Mayor Tom y a Ziggy Stardust a la altura de los anillos de Saturno y retorné al minimalista salón-comedor de Virginia para contestar a la no-pregunta de Pilar, que lo único que pretendía era meterme en la conversación. Las demás debieron de darse por aludidas porque se callaron abruptamente y me miraron expectantes.

—No, este año no me voy a ninguna parte, Pilar. No hay fondos ni visos de que vaya a haberlos pronto. Como no me ponga a limpiar casas… —dije terminando mi intervención con una incómoda sonrisa.

Mi frugal queja fue recibida por un colosal silencio, algunas caras de pena, una sacudida de melena color caoba (la de Virginia) y una silla arrastrándose hacia atrás, porque Natalia tenía que levantarse para ir al baño. La embarazada declaró con un gruñido que mucho había aguantado sin ir hasta entonces y se frotó con cuidado la tripa una vez incorporada. Llevaba toda la noche sin sonreír y su rostro era ya, directamente, de mala uva. Mi prima nunca había sido una chica precisamente risueña, pero concluí que las hormonas le estaban empeorando aún más el carácter. Le preguntamos si necesitaba algo y contestó que no, que sólo era una “gestión”. Le rieron la gracia un poco; yo no. Y antes de desaparecer por la puerta de la sala, le habló así a su gran aliada:

—Virginia, para cuando vuelva del baño, ¿te importaría poner el portátil cerca de la mesa? Echo de menos música en esta cena…

Pese a que las palabras fueran más o menos amables, el tono de Natalia sonaba a clara e indisimulable orden. Y Virginia, una persona no caracterizada por reaccionar bien ante las órdenes, obedeció inmediatamente. Desapareció durante unos segundos, reapareció con un portátil y lo colocó sobre la butaca más cercana a la mesa donde cenábamos. Como Natalia y sus insufribles gustos musicales estaban aún en el cuarto de baño, no las dejé reaccionar. Cuando Virginia preguntó con una vocecilla todo afectación que qué nos apetecía escuchar, como una centella me levanté, busqué en Internet y puse. Space Oddity, por supuesto. Las caras de estupor de mis primas no se hicieron esperar. Que qué era eso. Y yo explicándoles que era una canción del atractivo actor de Dentro del laberinto, o más bien, de su curioso alter ego Ziggy Stardust. La explicación les resultó tan poco seductora como la canción. Pero yo me senté de nuevo en mi sitio triunfalmente y me puse a despellejar langostinos y a mojarlos en mayonesa antes de devorarlos. Ninguna de las comensales había probado los langostinos aún, y todas me imitaron en silencio, intentando encontrarle algo bueno a aquella música de la que yo les había hablado tan bien. Mi gloria duró hasta la mitad de la canción, porque entonces apareció de nuevo Natalia  y puso cara de estupor. No dejó siquiera que le preguntáramos si todo marchaba bien. Que qué era esa música. Y se lanzó rauda y veloz sobre el portátil de Virginia y seleccionó una de sus melodías, en aquella ocasión, un mix vomitivo, algo propio de cualquier macro-discoteca ruidosa, y se sentó en su trono con cara de haber arreglado algún estropicio monumental. La rabia me invadió. “Esto no va a quedar así, pero seré un poco más educada que tú, esperaré a que acabe la canción”, me dije.

—Así que no hay nada de trabajo para ti, Anabel —me dijo entonces Natalia muy seria y clavándome sus pequeños ojos verdes, distrayéndome de la maquinación de mi venganza musical. Dudaba entre rock lúgubre o cantautor suicida.

—Pues no, no lo hay. Nada, no me llaman de nada, no hay manera. Eso sí, he hecho dos dinámicas de grupo en dos bancos, en el banco X y en el banco Y, para hacer declaraciones de la renta y para una bolsa de trabajo, pero no he tenido suerte en ninguna. No sé en qué se basarían para desecharme, pero lo han hecho. Y no tengo nada más que contaros. Y eso que dicen que estamos saliendo poco a poco de la crisis…

—Pero…, ¿a qué estás echando? —Me preguntó entonces María intentando que su voz sonara extremadamente amable— ¿Sólo a cosas “de lo tuyo” o a “todo”?



martes, 2 de junio de 2015

Cena de primas de Semana Santa (CAPÍTULO II)


Durante la cena de primas de antes de las vacaciones de Semana Santa no fui bombardeada a preguntas o insinuaciones sobre mi vida sentimental. Quise creer que después de la última vez habían hablado entre ellas y habían concluido que era mejor no sacarme el tema para no violentarme u ofenderme. Durante los primeros minutos de la cena, aquella vez en casa de Virginia (aquel fin de semana su marido tenía una despedida de soltero), llegué a sentirme casi cómoda. Casi, porque mis primas no cesaron de hablar de los maravillosos viajes que habían preparado para aquellos días. Todas iban con sus respectivas parejas al extranjero, a lugares con playa y clima halagüeño.

            Aquel invierno el tiempo atmosférico había sido especialmente hostil en Bilbao, con semanas enteras de lluvia y cielo encapotado y apenas unos tímidos rayitos de sol de vez en cuando a modo de ridícula tregua. Sonaba apetecible la idea de escaparse a territorios relativamente lejanos y de clima benigno, a chapotear en el océano y deleitarse con paisajes desconocidos. Mis padres me habían dicho muchas veces que si lo deseaba me fuera por ahí unos cuantos días de “no vacaciones” (qué vacaciones se pueden tener cuando no se trabaja). Con quien fuera. Y opciones no me faltaban: Magdalena y Carolina se iban a la costa Mediterránea con un par de compañeras de trabajo de Magdalena;  también podía hacerle una visita a Glenda (entonces vivía en Luxemburgo: me había acostumbrado a que cada dos años cambiara de país, siempre dependiendo de becas y golpes de suerte), o plantarme en la casa de algún familiar (teníamos varios instalados en lugares apetecibles). Mis padres insistían en que ellos me pagarían el viaje. Pero no. No. Yo no podía decir que sí a semejante derroche de generosidad, y me dije que merecía la pena sacrificarse un poco y quedarse en la ciudad hasta que encontrara un empleo, algo que podía suceder, si los astros querían, por qué no, antes de que acabara el año. Al fin y al cabo,  los medios hablaban de que la crisis remitía, que la cosa se movía más (fuera lo que fuera “la cosa”),  y yo quería creerlo.

Ya habría tiempo para viajar a territorios soleados y exóticos: cuando disfrutara de una santa y deliciosa nómina mensual.

            Así pues, aquella primavera yo no viajaría, y era muy probable que tampoco lo hiciera aquel verano, pero en la cena pre-Semana Santa de primas tuve que escuchar pacientemente en qué iban a consistir sus viajes.

Las generosas explicaciones de mis primas sobre sus atractivas e inminentes vacaciones estuvieron reforzadas con toda clase de fotografías mostradas con pericia en sus aparatosos teléfonos móviles, y no escatimaron en detalles: en ningún detalle. Así, tuve el honor de saber qué itinerario aéreo era el que tenía que hacer María para llegar a Madeira para pagar el precio más barato posible, o cuántas escalas exactamente comprendía el paquete que Virginia había contratado para su crucero por las islas griegas. Y mientras historias de búsqueda, contraste y compra de las mejores ofertas turísticas existentes, narraciones de las características particulares de los hoteles donde iban a alojarse, y descripciones de los idílicos espacios naturales que iban a visitar brotaban imparablemente de las insaciables bocas de mis primas, comencé a navegar mentalmente por el espacio exterior y a deleitarme con sus impagables tesoros espaciales. Cuando la realidad me irritaba, exasperaba o aburría de mala manera, lo hacía. Glenda había sido mi maestra en semejante arte. Me explicó que para espantar instintos suicidas u homicidas en situaciones semejantes, ella solía invocar una escena de El sentido de la vida de los Monthy Pyton. En ella, un ama de casa en bata y rulos es acompañada por un extravagante personaje en una ruta por la Vía Láctea, y el tipo le explica lo inmenso y cambiante que es el universo y la suerte que ha tenido ella de nacer, y que lo recuerde cada vez que piense que está rodeada de cerdos.

En cambio, para casos así, yo me decantaba casi siempre por una famosa canción de David Bowie, Space Oddity, “Odisea espacial”. Aquella ocasión no fue la excepción.  Space Oddity fue la banda sonora que empezó a sonar en los confines de mi cabeza para ambientar mi viaje por la Vía Láctea y otras galaxias desconocidas mientras mis primas torturaban hasta a las piedras con sus planes vacacionales. Ground Control to Major Tom, Ground Control to Major Tom, Take your protein pills and put your helmet on... Control terrestre al Mayor Tom, Control terrestre al Mayor Tom, Tome sus píldoras de proteínas y póngase su casco…

Y con Bowie de fondo ayudándome a surcar cielos negros cuajados de estrellas diminutas y relampagueantes, en el árido Planeta Azul Mónica hablaba de los lugares que pensaba visitar en su viaje por Marruecos, un tema que podía llegar a ser interesante y que hizo que yo retornara a tierra durante unos segundos, pero pronto decidí volver a sumergirme en la oscuridad del espacio exterior: cuando Virginia empezó a describir con pelos y señales cómo era el fabuloso hotel donde ella había estado alojada durante su estancia en Marrakech y la cantidad de cosas baratas que se había comprado en zocos de medio Marruecos. Natalia, a la que la tripita ya se le notaba y que había acaparado la primera parte de la noche contando los pormenores de su embarazo, aquel año, muy a su pesar, debía conformarse con unos cuantos días con la familia de su marido en una casa rural castellana, y no se censuró lo más mínimo a la hora de describirnos lo peculiar que era la familia de su esposo, al parecer, “gente muy chapada a la antigua”. Y desde mi ubicación interestelar, a la que me llegaban las voces de mis primas flojas y entrecortadas, me pregunté cómo demonios serían aquellas personas si la propia Natalia las consideraba un poco rancias.  Ground Control to Major Tom (Ten, Nine, Eight, Seven, Six), Commencing countdown, engines on (Five, Four, Three), Check ignition and may God's love be with you (Two, One, Lift off)… Control terrestre al Mayor Tom (Diez, Nueve, Ocho, Siete, Seis), Comenzando cuenta atrás (Cinco, Cuatro, Tres), Motores encendidos, Chequée la ignición y que el amor de Dios lo acompañe (Dos, Uno, despegue)…

lunes, 1 de junio de 2015

Sigue la segunda dinámica (CAPÍTULO II)




Como nos esperábamos, Fátima y yo pasamos el psicotécnico y fuimos convocadas a la dinámica de grupo, pero nos tocó en diferentes grupos por nuestros apellidos.

El día de la celebración de la dinámica, en un céntrico hotel, fui tranquila y relajada, sin pensar siquiera en mi fallida dinámica del otro banco, convencida de que, tal y como Fátima me había consolado—hablaba alguien que había hecho varias campañas de la renta— los criterios para entrar en aquel curso de la renta eran totalmente arbitrarios; quizás me habían desechado antes siquiera de hacer la prueba por ser de letras puras o podía ser que, sencillamente, no les hubiera entrado bien por el ojo a la rubia y a la morena a pesar de exhibir maneras de la Escuela Diplomática. Y todas esas injusticias, según Fátima, seguro que no iban a tener lugar en aquel nuevo proceso. La creí

El grupo de candidatos en el que di a parar tenía la peculiaridad de que estaba compuesto por ocho chicas y un solo chico, un chaval muy alto y extremadamente nervioso que no dejaba de colocarse y recolocarse un rebelde mechón de pelo castaño que luchaba una y otra vez por invadir su frente. Todos los allí presentes, sentados en torno a una mesa rectangular en una sala enmoquetada a conciencia que parecía destinada a reuniones de tiburones de las finanzas,  íbamos bien vestidos, estábamos con gesto serio que no desagradable, y bolígrafo en mano recibimos como educados robots a la sonriente señora que de pronto apareció allí dispuesta a evaluarnos. La mujer, de unos cuarenta y muchos y vestida de una forma mucho más casual que nosotros, tenía un gesto risueño en el rostro y nos explicó muy amablemente en qué iba a consistir aquella dinámica de grupo. Teníamos que crear entre todos una empresa de catering en pleno centro de la ciudad y pensar y detallar todo lo que algo así podía conllevar, a saber, qué puestos de trabajo serían necesarios para el negocio, qué tipo de comida ofreceríamos, cómo haríamos para lograr una lonja cuyo alquiler no nos arruinara nada más comenzar, elementos diferenciadores, etc… Pero antes de ponernos manos a la obra, antes de pensar, esquematizar, exponer en público y discutir nuestras ideas, aquella amable señora nos dijo que debíamos ir presentándonos uno por uno, contando qué habíamos estudiado, dónde habíamos trabajado hasta entonces y por qué nos interesaba trabajar en aquel santo banco. Comenzando por la persona que tenía a su derecha, una chica con flequillo oscuro y gafas de montura gruesa de color rojo con la mirada huidiza; luego llegaría el Chico y después me tocaría a mí. A continuación, el resto.


La chica de gafas se expresó brevemente, sin levantar la vista del papel que tenía frente a ella y con un hilillo de voz (que si había estudiado Económicas, que si hablaba un poco de inglés, y patatín y patatán), y la mujer la contempló durante toda su declaración con una indescifrable sonrisa de Gioconda y los ojos entrecerrados. Lo mismo podía ser una fiera sibilina relamiéndose de gusto ante su inminente ataque a una presa bien estudiada que un miembro del jurado de un concurso de talentos televisivo.

Cuando la chica de gafas terminó de hablar tenía los carrillos encendidos, y la educada mujer se dirigió entonces hacia el Chico con una amplia sonrisa que le dejó al descubierto todos los dientes, bien alineados pero no muy blancos, los de la hilera superior y los de la hilera inferior. Y durante toda la intervención del Chico, que hablaba y hablaba, hablaba mucho pero entrecortándose por los nervios y rematando cada frase con un chirriante “¿no?”, y que no era especialmente guapo ni atractivo ni interesante, la mujer no dejó de sonreír y de entornar los ojos ni un solo segundo, y cuando el Chico confesó que tenía amigos que trabajaban en aquel banco y que estaban encantados con el tipo de trabajo que allí desarrollaban y el ambiente que allí se respiraba, Monalisa dejó escapar un sonidito de ternura y repitió la última frase del Chico casi fascinada: “y están encantados con todo y con todos”. Así que me dije que aunque la chica de gafas no le hubiera generado tanta simpatía a aquella selectora, quizás era posible que si yo me mostraba tan locuaz y pelota como el Chico, también le cayera bien a la mujer. Pero qué ilusa fui. En cuanto abrí la boca, qué digo, en cuanto me llegó el turno y los ojos de la consultora se posaron sobre mí, sentí que las tinieblas crecían al ras del techo de aquella sala y amenazaban con estallar en una virulenta tormenta. Monalisa frunció el ceño con gesto mitad desagrado, mitad cálculo matemático imposible, y no lo relajó durante toda mi presentación. De nada me sirvió que me apresurara a afirmar que yo también había oído cosas muy buenas de la forma de trabajar y del ambiente que había en aquel banco: aquella selectora me miraba mal. Terminé mi presentación mucho antes de lo esperado y me dieron ganas de levantarme e irme antes siquiera de comenzar la dinámica de grupo propiamente dicha: mi cada vez más desconfiado instinto me dijo que allí yo no tenía nada que hacer.




Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy

El turista accidental . Siempre me ha resultado curioso este título y la mezcla de sensaciones que me despierta: regocijo, suspense, cierto ...