Anabel

Anabel

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Consultoría Smile (y III)

(...)
—De todos modos, quiero que te vea otra compañera, X Y, de Madrid, que ocupa el puesto Z. Viene la semana que viene, y su opinión va a ser determinante para ver si te aceptamos para las prácticas —me comentó mi entrevistadora a modo de despedida, citándome para la semana que venía. Y yo me despedí de ella y del mudo muy sonriente y agradecida.

(...) 

Pero la segunda entrevista, con la consultora recién llegada de Madrid, no fue bien en absoluto. Y eso que aquel día el sol brillaba como un día de primavera, y yo llegué sonriente y feliz y vestida de la forma más juvenil de la que fui capaz sin dejar de parecer elegante, y cuando entré en la oficina y me encontré con mi primera entrevistadora, la saludé con una sonrisa deslumbrante y un enérgico apretón de manos, y cuando entré en la ya conocida sala de reuniones, me senté frente a la puerta a la espera de mi segunda entrevistadora sin dejar de sonreír, sin dejar de sonreír…
Mi segunda entrevistadora resultó ser una mujer de mediana edad, rostro agraciado, indumentaria más bien de sport, gesto risueño y, cómo no, sonrisa a prueba de bombas, mano firme y palabras amables. Y la entrevista fue prácticamente un calco de la anterior sólo que sin pruebas de idiomas, tanto que me sentí relajada y feliz en todo momento porque creía que ya me sabía todos los trucos para salir adelante. Pero resultó que me relajé demasiado, que me confié, que llegué a pensar que aquella gentil mujer que tenía delante era casi como una amiga de la familia, y hubo dos momentos, dos funestos momentos, en los que la pifié. El peor, sin duda, fue el segundo.
1) dejé que mi humor negro, al que siempre trataba de reservar para mi círculo más íntimo, fluyera libre: hice una broma sobre los cementerios parisinos y el hecho de que mis escritores preferidos estuvieran todos muertos, mofa que a mi interlocutora no le hizo ni pizca de gracia. Su cara fue todo un poemario.
2) respondí con sinceridad a una decisiva pregunta. “¿Y por qué quieres trabajar aquí, con nosotros, Anabel?”, preguntó mi entrevistadora. “Porque tras haberme preparado a conciencia en diferentes disciplinas tengo ya edad y ganas de sobra para entrar, por fin, en el mundo laboral”, respondí yo. ¡Crack! Craso error, pequeña. Game Over.
El gesto de la Risueña se tornó lúgubre y funerario, se le congeló la sonrisa y toda ella se volvió áspera, soberbia y condescendiente, elevando ligeramente el mentón, hinchando las narices y abriendo mucho los ojos. Un digno clon de mi prima Virginia cuando su ego lucía especialmente saludable.
—Anabel —me dijo con un tono escalofriantemente didáctico—, te daré un consejo: no es trabajo, así, a secas, lo que deberías buscar, sino algo que realmente te satisficiera.
The end. La entrevista terminó. Nuevo apretón de manos, sonrisas, extraña y larga mirada de mi entrevistadora a mis zapatos estilo Oxford (¿Le gustarían o le repelerían? Nunca lo sabré), y una última advertencia: “Si te escogemos, te llamaremos. Si no te llamamos, pues es que no te hemos escogido”. En resumen, un silencio negativo me llevaría a un nuevo rechazo. Ni siquiera un mail tipo, perezoso y robotizado, para decirme que no. No me esperaba eso de una gran consultoría internacional como aquélla.
Salí de la entrevista con el barato, artificial, mezquino, infantil, perverso, estúpido y banal consejito último flotando por mi mente. Era mediodía y en apenas unas horas empezaban mis clases de la Didascalia. Comí sin apetito y muy intranquila, y cuando ya estaba saliendo de casa para tomar el autobús rumbo a la universidad recibí un mensaje de móvil de Elena, una compañera de clase, diciéndome que le habían dado las prácticas en la consultoría a ella, que dejaba las que ya tenía por aquéllas, mucho más atractivas. Pero que no me preocupara, que hablaría con su ya ex jefa para que me dejaran incorporarme al puesto que ella dejaba vacante.
Y sentí que la tierra se abría bajo mis pies y me arrastraba a los terrenos de una pesadilla. ¿Qué diablos pasaba allí?

 Resultó que Elena, a pesar de disfrutar de unas prácticas en una buena empresa del centro desde hacía varias semanas, también había sido entrevistada en la Consultoría Smile. Y había pasado los dos filtros, el de la rubia del moño y el de la Risueña, sin problemas ni ningún tipo de feedback. La quisieron sin cortapisas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario