Anabel

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jueves, 24 de septiembre de 2015

A Anabel le dan las prácticas en la propia academia (CAP. III)


El invierno de aquel año fue espeluznante. Llovía a diario, a todas horas. Una lluvia fina pero constante que cuando soplaba el viento se convertía en un verdadero y tortuoso incordio. El cielo mostraba incansable un gris feo, cerrado e impenetrable, como si una lámina de cemento descolorido y sin estrías se hubiera encajonado en el firmamento. Los paraguas plegables no aguantaban más de dos días los embates del viento y muchos de ellos aparecían destrozados y abandonados en rincones de plazas y calles, en callejones y papeleras urbanas, con las varillas retorcidas asomando como antenas de insecto robot sobre las telas destripadas. Aquello parecía el decorado de una película desasosegante, la argucia de unos sádicos maestros escenógrafos pretendiendo crear el ambiente idóneo para que los personajes principales de la historia sufrieran depresiones, desengaños y conatos de suicidio.

            Mis prácticas en el centro eran sencillas, estúpidas, monótonas. Cualquier persona entre los trece y los sesenta y cinco años más o menos sana habría podido hacer lo mismo que yo. Eran tareas de oficina que no requerían ninguna habilidad o conocimiento especial. Sólo vista, manos, algo de cerebro, un poco de coordinación. Pero sabiendo a qué se debía mi presencia allí, la amabilidad y las buenas palabras de los que me rodeaban, casi todos bastante mayores que yo, eran enternecedoras. Y lo más importante, no sé si por autocontrol o porque de veras creían que no me lo merecía, ninguna de aquellas amables personas me regalaron nunca miradas de lástima o condescendencia.

El ambiente de mis prácticas/ premio de consolación era, en fin, inmejorable, y entre fotocopia y fotocopia y envíos masivos de mails, yo me sentía moderadamente útil y necesaria. Además, las clases de la Didascalia seguían en su línea, venga fotocopias, presentaciones en PowerPoint, exposiciones orales de trabajos hechos en un fin de semana. Lo cierto era que estaba ocupada, muy ocupada, que salía de casa por la mañana y que volvía por la noche, porque incluso comía en la propia academia, y el verme tan poco por casa, hacía creer a mis pobres padres que aquello me estaba viniendo bien. Que me sentía útil, atareada y, al fin, normal.

            Pero yo no me dejaba engañarme. No a aquellas alturas. Todo aquello no era nada más que un frágil y no perdurable en el tiempo espejismo pseudo laboral. Aquello acabaría más pronto que tarde y yo volvería a dar con mis huesos en el mundo de las horas desocupadas, laxas, mareantes y maleables.

            Así pues, los primeros meses de mi tercer año como parada estuvieron protagonizados por un trabajo y entorno propios de una Barbie Secretaria, una muñeca silenciosa y obediente colocada en una linda y cálida oficina que dándole la vuelta se convertía en una bonita academia de estudios. Y fuera de las ventanas de plástico fucsia, Bilbao tronaba y se retorcía. Una perfecta metáfora de lo que de forma inminente iba a suceder con mi vida privada.

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