sábado, 11 de abril de 2020

Beerman


Hoy en la radio han dicho que los que nos estamos quedando en casa somos verdaderos héroes.
No seré yo quien les contradiga, si desde que ha empezado esto ya les he parado los pies a varios maleantes. Es lo bueno de tener una terraza que da a la calle principal y contar con una generosa provisión de cervezas y muy buena puntería: mi gran poder.

Y yo soy de los que piensan que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

De todos mis logros estoy especialmente orgulloso del de ayer. Cada vez que me acuerdo de aquel pobre vagabundo… Se trataba de un chaval larguirucho, despelujado y mal vestido, con ropa de colores chillones que le venía grande, seguramente, sacada del economato. El chico iba tan tranquilo por la calle, con una enorme bolsa de plástico donde debía de llevar todas sus posesiones, y de repente, se le echaron encima tres estrafalarios personajes: un tipo cubierto con una suerte de hábito de monja, una vedette con un bañador con la bandera de los Estados Unidos y un pirado con mallas azules y calzoncillos rojos. ¿De dónde diantre salieron semejantes esperpentos? ¿De un circo?

Gracias a Dios, fui rápido e hice lo que tenía que hacer: bombardearles con mis latas de cerveza mientras gritaba bien alto «¡Fuego, fuego!», la única manera de que la policía llegue. Y aquellos payasos se quedaron helados. Dirigieron sus miradas a mi balcón y comenzaron a increparme. Afortunadamente, mientras lo hacían, al pobre mendigo le dio tiempo a escapar. Subió por la escalera de incendios de un bloque cercano ayudado por una peculiar vecina, una mujer a la que debe de irle el sadomasoquismo a juzgar por su atuendo de charol negro. De la bolsa sólo se le cayó un objeto, un muñeco en forma de pingüino que en contacto con la acera comenzó a dar botes. Una monería.
Pero a sus atacantes no les hizo nada de gracia, porque se lanzaron sobre el juguete y lo hicieron añicos. Bestias. Me dieron ganas de seguir aporreándolos, pero se esfumaron, seguramente amedrentados por mi ataque. Y estaba a punto de entrar en el salón para skypear con mi familia, cuando recibí una agradable sorpresa: de los balcones de toda la calle comenzaron a salir vecinos y más vecinos a aplaudirme enérgicamente por mi acto de valentía. Emocionado, les di las gracias con una reverencia. Justo entonces, las campanas de la catedral de Gotham dieron las ocho.

Me gusta mi nueva ciudad.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Vestidos de Nochevieja

Afuera, en la calle, comienzan a sonar villancicos enlatados. Los villancicos se fusionan con el reguetón de la tienda, creando una cacofonía imposible. «Pruébate éste, tiene mogollón de elastano», le dice Natalia con su tonito repelente descorriendo airadamente la cortina del probador. Un chico que acompaña a su novia ve a Sara en bragas, calcetines y jersey. Sara es consciente entonces de que no lleva depiladas las ingles y que tendría que haberse pasado un poco la maquinilla por las piernas, aunque su vello corporal no es nada comparado con las estrías asesinas que luce en barriga y muslos. «¡Natalia, tía!», grita suplicante. Natalia ni se inmuta. «Venga, cógelo. Yo voy a probarme el palabra de honor rojo». 
Y, qué remedio, Sara coge el trapo número cuatro —más purpurina mata-tortuguitas marinas, más drapeado estilo interior de ataúd, más tela denterosa al tacto—, y toma aire. Con asco descubre que el desodorante ya la ha abandonado: el probador entero huele a su fuerte sudor, contra el que lucha sin cuartel desde los diez años 
(y para el que no son nada recomendables las fibras sintéticas que protagonizan la colección de esa tienda). En busca de algo de frescor, se recoge la espesa melena en una cola de caballo. Como ha llovido, lo tiene muy encrespado. «Pareces una escarola», le suele decir Natalia cuando se le pone así. Y de nuevo, «Sara vs el Vestido», y como siempre, el vestido tiene todas las de ganar. 
La imagen que le devuelve el espejo le da ganas de romperlo a cabezazos. Sí que es elástico, pero ese escote, ¿por qué diablos tiene que empezar tan abajo? Se le salen las tetas. Y es tan ceñido que las cartucheras parecen aún más redondeadas. Los niños tercermundistas que lo cosieron pensarían, entre puntada y puntada, cómo vengarse de gordas occidentales como ella. Se pone de puntillas para ver cómo sería con tacones: parece un botijo haciendo ballet. Mira hacia abajo. La uña de su rebelde dedo gordo derecho le ha roto el calcetín. Más que de llorar, Sara tiene ganas de amputarse medio cuerpo. ¿Por qué diablos le habrá dicho a Natalia que sí, que la acompañará al cotillón de Nochevieja de esa sociedad de snobs que una vez al año abre sus puertas a cualquiera dispuesto a pagar cincuenta euros? Ah, vale, que va el Óscar de los cojones, el pijo ése que Natalia ha conocido en su nuevo colegio. Sus padres la han sacado del instituto y la han metido ahí porque ahora tienen más dinero. Y aunque Natalia diga llevarse bien con sus nuevas compañeras, recurre a Sara cuando no les puede seguir el ritmo, a saber: fines de semana de esquí en los Alpes franceses o las exigencias de ciertas fiestas de cumpleaños. O cuando, sencillamente, necesita apoyo moral, como en esa ocasión. El problema (para Natalia) es que Sara es una jodida gorda difícil de adecentar. 
La cortina vuelve abrirse. «Buff, te queda fatal», le suelta Natalia con el palabra de honor rojo talla XS y los brazos en jarras. Parece la modelo de ese anuncio de perfume en el que una voz gangosa susurra en francés mientras la protagonista recolecta manzanitas de cristal en un bosque de videojuego. Una vez más, clientes y dependientas admiran sin disimulo el aspecto de Natalia y ella disfruta, aunque finja no darse cuenta. Pero aunque Natalia esté francamente guapa, Sara sabe que ni se acercará al tal Óscar. Porque Natalia sólo saca el carácter con ella. Como sucede entonces. «Sara, ¿por qué no haces la dieta pre- navideña que te dije, tía? ¿Es que no ves que no te puedes comprar nada mono?», la ataca. La respuesta de Sara es cerrarle la cortina sin decir nada. El tema de las dietas es su talón de Aquiles, del mismo modo que las matemáticas el de Natalia. La gente no la cree, pero ninguna le funciona. Se cansa a los pocos días y vuelve a la comida rica. Su cuerpo es un maldito ente rollizo que va a lo suyo. 
Para el final de la tarde, Sara y Natalia tienen sus vestidos de Nochevieja, en el caso de Sara, una suerte de saco plateado. Las dos caminan satisfechas por el centro, engalanado a conciencia con luces y adornos navideños. Entonces, se topan con ella. Sara no la ha visto hasta entonces, pero en cuanto percibe cómo Natalia se para y saluda a ese figurín de Instagram, sabe que se trata de ella: de la mil y una veces citada Mireia. Mireia, muy en su lugar, las saluda con dos besos en las mejillas. Natalia, todo dulzura y sonrisas, le pregunta si ya tiene vestido para el cotillón. «Síiiii», le contesta Mireia con satisfacción, las mejillas encarnadas de la emoción, los ojos color turquesa entornados: «Ahora mismo voy a la modista para la última prueba. Es que me he hecho el vestido a medida, con una tela super chula que compró mi madre cuando fuimos a Turquía. Así no hay riesgos de que me imiten, como les pasa a esas cutres que se compran el vestido en tiendas low cost». Y Mireia saca la lengua y guiña el ojo con picardía. Encuentro terminado. Mireia desaparece feliz y triunfal, moviendo como un poni de dibujos animados su impecable coleta rubia. 
El semblante de Natalia sufre un cambio radical: es como si de pronto le pasara por la cara una nube negra. Se lo piensa unos segundos, coge a Sara del brazo y en silencio la conduce de vuelta a la tienda. Y Sara, por primera vez en toda la tarde, se siente más feliz que Natalia: ella no devolverá su vestido. 

sábado, 20 de julio de 2019

Luz azul


―Tendríamos que haber cogido la visita guiada ―gruñó Sebastián―. Así no nos vamos a enterar de nada.
―No te preocupes, con todo lo que he leído en Internet no tendremos mejor guía que yo ―dijo Livia sonriendo, aunque tuviera ganas de abofetearlo.
Sebastián seguía molesto. Hacía demasiado calor y había demasiada gente. Mira que eran pegajosas aquellas hordas de turistas en bermudas haciendo cola. Qué mal casaba aquella estampa con las tinieblas asociadas a Vlad Tepes «El Empalador», que según contaban, había vivido en aquel castillo, una magnífica fortaleza medieval de puntiagudos tejados rojizos.
Sebastián sacó agua fría de su mochila y con desagrado comprobó que la condensación le había humedecido bastantes cosas. Pero no se quejó porque si lo hacía, Livia le recordaría que debería comprarse una cantimplora. Como ella, que era perfecta. Las chicas como Livia nunca metían la pata. Organizaban viajes estupendos y te hacían importantes favores, sí. Pero se guardaban el secreto a modo de arma arrojadiza.
Media hora tardarían Livia y Sebastián en entrar al castillo. Se hicieron fotos, muchas fotos, entre muebles suntuosos y estampas de Dráculas históricos y cinematográficos. Sebastián salió en todas con gesto risueño. Livia parecía feliz, aunque le sangrara un talón. Tendrían muchos likes cuando las subieran, una vez en casa.
Habían aparcado en una callejuela desde la cual se podía ver parte de la cúpula de la catedral de San Pablo. Hacía más de treinta grados y su coche de alquiler acababa de perder un espejo retrovisor por obra y gracia de un veterano conductor que les explicó convincentemente que la culpa había sido de ellos.
―Mira que no coger el seguro a todo riesgo… Somos imbéciles ―se lamentó Sebastián mientras Livia miraba y remiraba en los papeles grapados que llevaba en un portafolios.
―Sebastián, la idea era cogerlo, pero el tipo del aeropuerto me ha mareado y su inglés era muy confuso.
―¿Que su inglés era malo? Pues estamos en Malta, Livia: el inglés es el idioma oficial.
―Sí, pero el acento es horroroso, al menos, el de ese tipo.
La próxima vez ya hago yo el trámite. Al parecer, tu inglés no es mejor que el mío. Mucha escuela oficial de idiomas, y mira ―la acusó con rencor.
―Genial. A partir de ahora todas las conversaciones que necesitemos mantener con malteses las protagonizarás tú ―sentenció Livia amargamente.
Él no respondió.
―Sebastián, ¿qué tal estás?
El cuarto estaba en penumbra. Con suma dificultad, Sebastián se incorporó y contestó:
―Mucho mejor. No he ido al baño en toda la tarde. Y tengo hasta hambre.
Livia, preciosa con su caftán nuevo, se acercó y le puso la mano sobre la frente.
―Ya no tienes fiebre, parece, y es bueno que sientas hambre. Hablaré con recepción a ver si te pueden conseguir cosas limpias.  
El tono de voz de Livia, que se había pasado toda la tarde con un grupo de chilenos recorriendo El Cairo, era amable, pero algo frío. Consideraba aquella indigestión un castigo cuasi divino. Porque qué tonto se había puesto Sebastián cuando aquella curvilínea danzarina del vientre lo sacó a bailar. Cuando volvió a la mesa, todos los turistas le aplaudieron entusiasmados; Livia no. Estaba molesta, pero se limitó a mostrarse distante. Ella tenía clase. No como aquellas árabes, rusas o lo que fuera que le rondara a su novio.
―Gracias, Livia ―le dijo Sebastián antes de que saliera por la puerta. ¿Volvería luego con sus amigos chilenos? ¿Les contaría también a ellos que su novio era un inútil con un buen trabajo gracias a su padre?
En Sienna, mientras hacían un alto sentados en la Plaza del Campo, sucedió algo. De pronto, el bravo sol toscano se ocultó entre las nubes dejándolo todo cubierto de un triste velo azulado. Tan repentino cambio provocó que un sentido murmullo de decepción colectiva brotara del ambiente. Livia, en cambio, se mantuvo silenciosa y sin parpadear, entregada a la indescriptible sensación que de pronto la embargaba.
Sebastián chasqueó sus dedos a pocos centímetros del rostro de Livia.
―¿Qué te pasa? Estás como ida…
             Livia hizo un gran trabajo para poner en palabras lo que sentía.
            ―Sebastián, no sé si notas que este viaje que estamos haciendo… no es normal.
            ―¿Cómo que no es normal?
            Creo que llevamos viajando mucho tiempo, demasiado tiempo.
            ―No te entiendo, Livia. El viaje marcha según lo previsto. Dos días en Florencia; dos en Sienna, que es donde estamos ahora, y pasado mañana iremos a Cinque Terre. Allí estaremos otros dos días antes de volver a casa.
―Eso no es así. Y en el fondo lo sabes. Puede que en algún momento hayamos estado en Florencia, pero es imposible asegurar que eso sucediera «ayer» o «anteayer» porque ayer, anteayer y más atrás son conceptos que ya no tienen ningún sentido. Últimamente lo mismo hemos estado en Florencia que en Transilvania, Malta o El Cairo, pero sin ningún tipo de orden. Es como si el tiempo se hubiera transformado en una especie de tornado y nos hubiera atrapado en él, haciéndonos viajar y viajar de forma desaforada.
            Sebastián frunció el ceño. Qué diablos le estaba contando Livia. ¿Es que aún no le había perdonado su intrascendente tonteo con aquella colega ucraniana? ¿Volverle loco era su venganza?
            ―Livia, tú no estás bien. Eso es una locura.
―Sebastián: piensa. ¿No te das cuenta de que hace siglos, por decir algo, que salimos de casa?
            Sebastián decidió recurrir a la objetividad, como cuando discutía en el trabajo. Sacó el móvil y buscó el billete de avión Milán-Casa que tenía descargado.
            Con gesto triunfal se lo mostró a Livia.
            ―¿Ves? En cuatro días terminamos este viaje que comenzó hace tres. El tiempo sigue siendo una magnitud física dividida en pasado, presente y futuro. Otra cosa es que estés agotada y necesites echarte una buena siesta.
Livia quiso rebatirle, pero no le dio tiempo. El sol volvió a salir de entre las nubes, la piazza estuvo de nuevo bañada en luz ambarina, y ella y Sebastián continuaron con su viaje.

lunes, 31 de diciembre de 2018

El primo Elías


Llegué de la biblioteca minutos antes de las nueve, la hora a la que había que estar a la mesa so pena de ganarse una tremenda bronca. En cuanto estuve en casa sentí el reconfortante calor de la chimenea y percibí el delicioso olor de la cena de Navidad. Dejé los zapatos en la cocina y entré en el salón preparada para encontrarme con lo esperado: mi familia bien acomodada aguardándome para cenar. Y sí, allí estaban todos: papá, mamá, la abuela, el tío Moisés y la tía Rebeca con sus gemelas, el tío Manuel y la tía Almudena con sus hijos, Miguel y Alicia, …y alguien más. Uno más. Un crío de unos diez años sentado entre Miguel y Alicia. Enseguida reparé en aquella presencia, pero comencé mi ronda de besos como si nada. Sólo cuando me llegó el turno de saludarlo pregunté quién era. Mi pregunta desconcertó, sobre todo a la tía Almudena. Nunca olvidaré sus saltones ojos verdes clavados en mí. «¿Cómo que quién es éste? Carolina, es Elías, tu primo». Sonreí, agité la cabeza. «Pero qué primo Elías...». La tía Almudena se mordió el labio. «Carolina: Elías, mi hijo pequeño». Me alteré un poco. Opté por tranquilizarme buscando una explicación. «O sea, ¿que lo habéis adoptado?». Inconscientemente miré a las gemelas, que hasta hacía un año vivían en un orfanato ruso. Luego me dirigí a mis progenitores: «¿Cómo no me habéis dicho nada?». Mis padres guardaron silencio y se miraron con estupor. La abuela era feliz en su mundo. El tío Manuel se lo tomó a guasa. «¿Tan crecidito ves a Elías? El tiempo también pasa para ti, ¿eh?». «Pero tío Manuel, ¡que vosotros no tenéis más hijos que estos dos!». Y señalé a Miguel y Alicia. Miguel jugaba con su maquinita de marcianos; Alicia se enfadó. «Si esto es una broma, qué sentido del humor más chungo tienes», me acusó achuchando a Elías, que ocultó el rostro en el pecho de su hermana. La tía Almudena pidió ayuda a mamá. «Marina, no sé qué le pasa a tu hija esta vez». «¿Qué quieres decir con "esta vez"?», le preguntó papá cariacontecido. «Supongo que Almudena se refiere a cuando a tu hija le dio por alimentarse a base de lechuga y nos volvía locos en las comidas familiares», dijo el tío Manuel. Mamá no me defendió; me cogió por el antebrazo y me espetó: «Carolina, ¿qué andas? No habrás tomado algo raro para estudiar más, ¿verdad?». Gemí. «Mamá, no me he drogado. ¡Que en esta familia no hay ningún Elías!». Intervino papá. «O sea, que no recuerdas que tu primo Elías exista. ¿Ni tan siquiera te suena?». «No», dije, «¿el resto, todos, sí?». Moisés y Rebeca me miraron con lástima mientras contenían a sus gemelas para que no destrozaran el belén. Se me ocurrió algo. «Pues si Elías es de la familia, tendremos fotos de él, ¿no? ¡Mamá! ¿Dónde están los álbumes?», inquirí ansiosa. Nos acabábamos de mudar; las cosas no estaban donde siempre. Mamá frunció el ceño. «En alguna caja del camarote, pero ni se te ocurra ir. Está todo lleno de porquería y es tarde». El gesto de mi padre se volvió amenazante. «Basta ya, Carolina. Para una vez que preparamos la Nochebuena nosotros, nos estás amargando la fiesta». «¿Ves cómo tener la casa más grande no es lo más importante?», le susurró el tío Manuel a la tía Almudena. «¿Por qué no la lleváis a urgencias?», preguntó Alicia. La tía Rebeca depositó a su gemela en brazos de la impávida abuela y vino hasta mí. Me habló con dulzura: «Carolina, esa oposición es muy dura y llevas mucho tiempo con ella, ¿no será todo esto fruto del estrés? Elías es parte de la familia y os entendéis muy bien. En cuanto te relajes, seguro que lo recuerdas». Sólo faltaba que la tía Almudena soltara lo de siempre, que debería dejar de estudiar y ponerme a trabajar de lo que fuera. Pero el silencio era absoluto. Y la verdad es que yo estaba agotada. Cada día me costaba más almacenar en mi cabeza datos y más datos que me importaban un carajo. Sin embargo... ¿Quién demonios era Elías? No me rendí. «Pero por muy estresada que esté, ¿cómo puede ser que un primo se me haya borrado de la cabeza?». El tío Moisés mencionó cierta enfermedad mental en la que el enfermo cree que sus seres queridos son realmente criaturas siniestras disfrazadas. «Vamos, que pensáis que estoy teniendo una especie de brote sicótico», dije. «¿De verdad que no sabes quién es éste?», se metió entonces el insufrible de Miguel dándole una patadita a Elías. El reloj de cuco dio las nueve. Mamá se enderezó y señaló con aires dictatoriales la mesa, primorosamente puesta. Había que sentarse pasara lo que pasara. Todos dirigían sus ojos a mí con expectación. Decidí ganar tiempo. «¡Se acabó! ¡Que todo es una broma! Se nos ha ocurrido al grupo de opositores de la biblioteca. Hemos quedado en que cada uno lo haría en su casa. ¡Claro que reconozco a mi Elías!», exclamé. Oí un suave rumor general de alivio. Me acerqué a Elías y le pedí que, por favor, me perdonara, que era malísima gastando bromas. Alicia se puso tensa. Le acaricié la manita helada. Elías dejó de ocultar su rostro en el pecho de Alicia y me miró fijamente. Sus profundos ojos oscuros relampagueaban. Le pedí perdón de nuevo tan cariñosa como pude, y entonces Elías se deshizo de los brazos de Alicia y se precipitó en los míos. Lo recibí fingiendo afecto. Pero a Alicia no le hizo gracia, y apenas nos habíamos abrazado tiró de Elías para que volviera con ella. Fue agresiva, por eso provocó que la prótesis que cubría a Elías se rasgara un poco, dejando al descubierto, en la zona de la nuca, una pequeña porción de brillante piel negra. Sólo yo me di cuenta. Pero de momento no diría nada. Eran las nueve y había que sentarse a la mesa.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Los vecinos


No eran ni las doce y media de la noche y, muy a mi pesar, tuve que volver a casa. Algo que había comido o bebido en la fiesta me había sentado mal, revolviéndome el estómago y provocándome mareos y escalofríos. Aunque intenté vomitar, me fue imposible: en lugares públicos me daba demasiado asco. No dejé que mis amigas me acompañaran a la parada de taxi. Lo conseguí sola, con el cuerpo tembloroso y el maquillaje de catrina algo derretido por babas y lágrimas de esfuerzo. Gracias a Dios el trayecto era corto. Cuando me tocó pagar descubrí que me había dejado las llaves en otro bolso, pero no me preocupé, mi hermano estaría en casa. La puerta del portal no fue problema porque me crucé con la vecina del primero, una anciana algo demente, que sacaba al perro. Pero una vez frente a la puerta de casa mi hermano no me abría. Tampoco contestaba a mis llamadas, tanto al fijo como al móvil. ¿Podía ser que me hubiera mentido y hubiera salido de fiesta aprovechando que nuestros padres estaban ausentes? El malestar físico me era insoportable. Sólo quería mi baño y mi cama. Rompí a llorar de la desesperación. Entonces se abrió la puerta de al lado. Mis timbrazos debían de haber despertado a los vecinos. De la oscuridad brotaron dos cabecitas. Me preguntaron si estaba bien. Me expliqué. Me invitaron a pasar. Accedí. Nada más entrar me topé con los otros dos miembros de aquel hogar.
            La casa de los vecinos era tan grande como la nuestra pero estaba amueblada y decorada de tal manera que parecía más pequeña. Todo lo que me rodeaba adolecía de un insoportable aroma a demodé. No había demasiado luz. Sólo habían prendido dos lamparitas. La madre me cogió el abrigo y desapareció murmurando "te traeré algo". Sus hijos me ofrecieron una butaca. Los tres, de pie y con batas de guata, me miraban entre la estupefacción y el reproche. Lo achaqué a mi maquillaje. Gente tan religiosa como aquélla, con el pomo de la puerta en forma de Jesucristo, debía de ver como una aberración Halloween y los homenajes que en México les hacen a los muertos. "Me encuentro fatal", me lamenté. "Podemos llamar al médico del sexto", dijo la hermana pequeña, la de la cara de ardilla. La mayor, de rasgos zorrunos, la miró con gravedad. "Ana", le dijo, "a esta niña lo que le pasa es que ha bebido demasiado". Y la hermana pequeña, que cuando coincidíamos en el ascensor me miraba todo el rato por el rabillo del ojo, bajó la cabeza. El hermano se aclaró la garganta antes de hablar: "Belén tiene razón, Ana. Esta chica lo que necesita es comer algo y meterse en la cama. Lo primero creo que lo está arreglando mamá", y aquella mole de bigotes canosos torció la nariz para aspirar los efluvios culinarios que comenzaban a llenar la sala. "Oh, no. ¡No puedo comer nada, gracias! Si tengo el estómago fatal. Sólo esperaré aquí a que llegue mi hermano", supliqué. Qué ganas tenía de salir de aquella casa. No es que el resto de vecinos fueran lo que se dice normales, pero aquellos en particular... Me daban especial repelús. Sobre todo porque ponían una música insufrible y de vez en cuando se les oía lanzar terribles risotadas al unísono. Esos eran los únicos sonidos que salían de aquella casa. "No vamos a aceptar un no por respuesta", dijo el hermano agachándose frente a mí. Tenía venillas rojas en los ojos y un olor corporal muy fuerte camuflado con agua de colonia. Instintivamente, eché la cabeza para atrás. El hombre dejó escapar una risita: "Tranquila, que no te voy a hacer nada. Aunque en tu casa me llaméis el Enterrador". Al escucharle me quedé petrificada. ¿Cómo podía...? La hermana pequeña añadió con gesto rencoroso: "Y a mi hermana y a mí las Numerarias, atrévete a negarlo. Hay habitaciones en este inmueble que son como auditorios: se oye todo". La mayor también habló, con tono sosegado, mientras abría las puertas de una alacena y sacaba menaje: "Aunque lo peor es que bromeéis con la idea de que nuestro padre no esté enterrado, sino que lo tenemos aquí dentro, momificado". "Qué gracia, ¿eh?", remató el hermano. Y yo sólo logré articular una serie de penosas disculpas amparándome en el poco tiempo que llevábamos en el edificio y en el sentido del humor tan malo que teníamos. Pero no pude escapar de la comida. Me hicieron sentarme en una gran mesa comedor. La hermana mayor me había colocado todo lo necesario. Yo apenas tenía energía para resistirme. Pronto la madre entró portando una gran bandeja con platos humeantes. "Voy a poner un poco de música mientras cenas", anunció la hermana menor.
Con estupor observé la comida que tenía delante: callos, chorizo a la sidra y un plato que con tan poca luz no logré identificar pero que parecía un guisado. Todo carne, y resultaba que yo, además de tener el estómago dolorido, era prácticamente vegetariana. Lo confesé con tono de súplica. En los ojos de la madre creí ver cierta compasión, pero la hermana mayor la eliminó de un plumazo recordando una olvidable ocurrencia de mi hermano: "Seguro que los padres eran primos, así de raritos han salido los hijos". No supe responder. Comenzó a sonar una canción antidiluviana, Madrecita de Antonio Machín. "¡Come!", me ordenó con agresividad el hermano. Respiré hondo y me serví un poco del guisado. No olía mal. Mis vecinos me miraban como si fuera un conejillo de indias. Corté un pedacito de uno de aquellos grandes dados de carne y me lo metí en la boca con los ojos lacrimosos, mastiqué lentamente, di un sorbo al vaso de agua que me habían puesto y conseguí tragar. Afortunadamente mi estómago lo aceptó. Me sentí aliviada. "No sabe mal. ¿Qué carne es está?", pregunté. Entonces los cuatro lanzaron unas de aquellas risotadas a coro que tanto me repelían.
           

miércoles, 17 de octubre de 2018

Demencia estacional


Aletargado, somnoliento, postrado
sobre el suelo de la última cosecha,
sueño ya con tu llegada,
mi dulce deidad de belleza subterránea.

Desde aquí huelo las flores marchitas de tu tiara,
y percibo con horror agradable
tus ojos de máscara funeraria
agujereando impasibles el vacío.

Sin tan siquiera saludarme
me tenderás tu aguileña garra
de esmalte carcomido,
yo me perderé en los pliegues de tu túnica oscura,
y ambos danzaremos contra el estío.

Cuántas noches frías nos aguardan,
¡oh, beldad perturbada!

Llevo meses soñando con este momento,
de dolor y metamorfosis.
Llámame como quieras,
bebe de mí cuanto desees.
En tu mortal dentellada
percibiré ya la hoja vieja, el fruto nuevo, la lluvia generosa.
Y mísero de mí, te entregaré mi reinado bruñido
para que lo cubras de niebla y melancolía.
Bienvenida, hermana Otoño.

domingo, 10 de junio de 2018

Aquí


A quien corresponda.
            En el día de hoy, a finales de septiembre de 1779, yo, Don Iñigo Ibaiondo de Vergara, de veintiún años de edad, natural de la Noble Villa de Bilbao y militar bajo el mando de Don Bernardo de Gálvez, Gobernador de Luisiana, comienzo la escritura de esta misiva de destinatario incierto, sometido a la calentura, la agitación y la flaqueza achacables a un evidente encantamiento ―¿no son éstas, acaso, tierras surcadas de leyendas de brujería africana practicada por esclavos resentidos? —.
            Me gustaría decir desde dónde exactamente estoy redactando estas líneas, pero sólo puedo aventurarme a afirmar que la abyecta ¿estancia? donde me encuentro se halla no demasiado lejos de Baton Rouge, a cuyas inmediaciones llegué con mi tropa hace poco con la intención de conquistarla tras nuestro colosal éxito en Manchac, con la caputura de Fort Bute, pese a nuestro penoso estado.
            Una vez ante nuestro nuevo objetivo, la plaza fortificada y bien protegida de Baton Rouge, las brillantes capacidades estratégicas de Gálvez nos hacían creer a todos sus hombres —españoles, colonos, nativos americanos, esclavos libres— en una nueva victoria, y lo cierto era que el plan de nuestro líder se antojaba prometedor. Parte de nosotros se situaría en un bosque cercano a Baton Rouge para distraer al enemigo mientras que la otra parte se dedicaría a cavar trincheras y prepararlo todo para un ataque despiadado. A mí me tocó participar en el primer grupo, y siguiendo las directrices recibidas, procedí junto con mis compañeros a embadurnarme de barro y pegarme encima ramas y follaje. Así pues, pronto nos vimos disfrazados de una suerte de espantajos forestales, y olvidándome por unos instantes del aciago y siniestro contexto en el que nos encontrábamos, debilitado mi temple por el hambre y los padecimientos continuados, me carcajeé con ganas. Sorprendentemente, mi actitud fue imitada por unos cuantos compañeros, y nuestro censurable actuar hizo despertar la cólera de uno de los superiores, que sin temblarle el pulso, como si estuviera regañando al líder de unos críos traviesos, me castigó: me obligó a alejarme durante un buen rato del grupo, bosque adentro, hasta que controlara mi «inaceptable estado de nerviosismo». Así lo hice, cabizbajo, agotado e indignado y ante las miradas piadosas de los demás hombres.
            Lejos de los míos, rodeado tan solo de vegetación y con el sonido de todo tipo de animales e insectos como único acompañamiento, precedí a echarme una cabezada bajo un acogedor árbol. Y cuando elevé los párpados me encontré aquí. En esto. Porque no tengo más recursos para describir el antinatural lugar que me mantiene atrapado, sin techo ni paredes pero tampoco rendijas para escaparme o pedir socorro, donde la luminosidad puede resultar más aterradora que la oscuridad y que posee la tibieza perfecta. De nada sirve gruñir, gemir ni gritar: nadie oye ni nada se oye. Y lo que más me angustia de todo: mis necesidades fisiológicas han desparecido del todo. Sólo duermo de vez en cuando, como si cierto espectro invisible me inoculara a la fuerza el veneno del sueño, y entonces me enfrento a pesadillas tan reales que el estar aquí es lo que parece el mal sueño. Creo que me explico de forma espantosa, no sé hacerlo de otra forma. Pero puedo relatar sucintamente los extraños contextos en los que aparezco en cuanto los ojos se me cierran. Todas ellas me colocan en entornos belicosos y me visten de diferentes tipos de soldado enfrentado a diversos enemigos. Y siempre, cuando me dan el golpe de gracia, vuelvo a despertar aquí, como si estuviera siendo sometido a alguna clase de castigo eterno y luciferino ―¿será por haber dejado de asistir a misa pese a la insistencia de mi madre? ―. Así, ha habido un día en el que he aparecido en una zanja manejando toda una máquina infernal que disparaba con una potencia inimaginable. Llovía a mares y el barro se me metía por todas partes, y a derecha e izquierda tenía compañeros que, para mi sorpresa, hablaban germano, con lo que he llegado a la conclusión de que en ese mundo yo era un soldado de ese pueblo luchando contra quién sabe quién: no me daba tiempo a averiguarlo, enseguida me mataba una terrible bomba impactando contra mi trinchera —no sin antes ver saliendo disparados diversos miembros amputados—. Otra vez me he visto encajado en una suerte de jungla, vestido de verde oscuro y cargando con una fantástica arma que parecía más cañón de mano que fusil. Alentado por un agresivo y vociferante general anglosajón, he tenido que acribillar a tiros a enemigos de ojos rasgados y tez tostada. Por el cielo volaban fantásticas naves sin cubierta dotadas de alas de acero, y las bombas caían del firmamento. Mis aceptables conocimientos de la lengua inglesa no me han permitido, muy a mi pesar, enterarme de nada.
            Pero sin duda, mi peor experiencia ha sido la de estar atrapado en un entorno desértico rodeado de moros y viéndome a mí mismo como uno de ellos. Mis excitados y barbudos compañeros me hablaban en su espantosa lengua gutural ¡como si se tratara de mi idioma materno! En esta ocasión monstruosos vehículos de acero con cañones incorporados nos transportaban a una velocidad escalofriante, y cuando el inidentificable enemigo nos disparaba desde mamotretos semejantes, tenía que aguantarme y repetir las sentidas jaculatorias de mis compañeros so pena de ser visto como un enemigo por esa agresiva gente. Irónicamente gracias a esta última alucinación me he podido hacer con escaso papel —arrancado del libro sagrado de los moros—  y pluma —en este caso una pluma extrañísima. Me ha bastado con aprehender los objetos con fuerza antes de ser abatido por el enemigo. Y me he despertado con las dos cosas en la mano, así es como estoy escribiendo estas líneas que confío que alguien encuentre algún día si es que tiene la mala suerte de ser traído también aquí  —y yo muero antes.

Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy

El turista accidental . Siempre me ha resultado curioso este título y la mezcla de sensaciones que me despierta: regocijo, suspense, cierto ...