Anabel

Anabel

domingo, 10 de junio de 2018

Aquí


A quien corresponda.
            En el día de hoy, a finales de septiembre de 1779, yo, Don Iñigo Ibaiondo de Vergara, de veintiún años de edad, natural de la Noble Villa de Bilbao y militar bajo el mando de Don Bernardo de Gálvez, Gobernador de Luisiana, comienzo la escritura de esta misiva de destinatario incierto, sometido a la calentura, la agitación y la flaqueza achacables a un evidente encantamiento ―¿no son éstas, acaso, tierras surcadas de leyendas de brujería africana practicada por esclavos resentidos? —.
            Me gustaría decir desde dónde exactamente estoy redactando estas líneas, pero sólo puedo aventurarme a afirmar que la abyecta ¿estancia? donde me encuentro se halla no demasiado lejos de Baton Rouge, a cuyas inmediaciones llegué con mi tropa hace poco con la intención de conquistarla tras nuestro colosal éxito en Manchac, con la caputura de Fort Bute, pese a nuestro penoso estado.
            Una vez ante nuestro nuevo objetivo, la plaza fortificada y bien protegida de Baton Rouge, las brillantes capacidades estratégicas de Gálvez nos hacían creer a todos sus hombres —españoles, colonos, nativos americanos, esclavos libres— en una nueva victoria, y lo cierto era que el plan de nuestro líder se antojaba prometedor. Parte de nosotros se situaría en un bosque cercano a Baton Rouge para distraer al enemigo mientras que la otra parte se dedicaría a cavar trincheras y prepararlo todo para un ataque despiadado. A mí me tocó participar en el primer grupo, y siguiendo las directrices recibidas, procedí junto con mis compañeros a embadurnarme de barro y pegarme encima ramas y follaje. Así pues, pronto nos vimos disfrazados de una suerte de espantajos forestales, y olvidándome por unos instantes del aciago y siniestro contexto en el que nos encontrábamos, debilitado mi temple por el hambre y los padecimientos continuados, me carcajeé con ganas. Sorprendentemente, mi actitud fue imitada por unos cuantos compañeros, y nuestro censurable actuar hizo despertar la cólera de uno de los superiores, que sin temblarle el pulso, como si estuviera regañando al líder de unos críos traviesos, me castigó: me obligó a alejarme durante un buen rato del grupo, bosque adentro, hasta que controlara mi «inaceptable estado de nerviosismo». Así lo hice, cabizbajo, agotado e indignado y ante las miradas piadosas de los demás hombres.
            Lejos de los míos, rodeado tan solo de vegetación y con el sonido de todo tipo de animales e insectos como único acompañamiento, precedí a echarme una cabezada bajo un acogedor árbol. Y cuando elevé los párpados me encontré aquí. En esto. Porque no tengo más recursos para describir el antinatural lugar que me mantiene atrapado, sin techo ni paredes pero tampoco rendijas para escaparme o pedir socorro, donde la luminosidad puede resultar más aterradora que la oscuridad y que posee la tibieza perfecta. De nada sirve gruñir, gemir ni gritar: nadie oye ni nada se oye. Y lo que más me angustia de todo: mis necesidades fisiológicas han desparecido del todo. Sólo duermo de vez en cuando, como si cierto espectro invisible me inoculara a la fuerza el veneno del sueño, y entonces me enfrento a pesadillas tan reales que el estar aquí es lo que parece el mal sueño. Creo que me explico de forma espantosa, no sé hacerlo de otra forma. Pero puedo relatar sucintamente los extraños contextos en los que aparezco en cuanto los ojos se me cierran. Todas ellas me colocan en entornos belicosos y me visten de diferentes tipos de soldado enfrentado a diversos enemigos. Y siempre, cuando me dan el golpe de gracia, vuelvo a despertar aquí, como si estuviera siendo sometido a alguna clase de castigo eterno y luciferino ―¿será por haber dejado de asistir a misa pese a la insistencia de mi madre? ―. Así, ha habido un día en el que he aparecido en una zanja manejando toda una máquina infernal que disparaba con una potencia inimaginable. Llovía a mares y el barro se me metía por todas partes, y a derecha e izquierda tenía compañeros que, para mi sorpresa, hablaban germano, con lo que he llegado a la conclusión de que en ese mundo yo era un soldado de ese pueblo luchando contra quién sabe quién: no me daba tiempo a averiguarlo, enseguida me mataba una terrible bomba impactando contra mi trinchera —no sin antes ver saliendo disparados diversos miembros amputados—. Otra vez me he visto encajado en una suerte de jungla, vestido de verde oscuro y cargando con una fantástica arma que parecía más cañón de mano que fusil. Alentado por un agresivo y vociferante general anglosajón, he tenido que acribillar a tiros a enemigos de ojos rasgados y tez tostada. Por el cielo volaban fantásticas naves sin cubierta dotadas de alas de acero, y las bombas caían del firmamento. Mis aceptables conocimientos de la lengua inglesa no me han permitido, muy a mi pesar, enterarme de nada.
            Pero sin duda, mi peor experiencia ha sido la de estar atrapado en un entorno desértico rodeado de moros y viéndome a mí mismo como uno de ellos. Mis excitados y barbudos compañeros me hablaban en su espantosa lengua gutural ¡como si se tratara de mi idioma materno! En esta ocasión monstruosos vehículos de acero con cañones incorporados nos transportaban a una velocidad escalofriante, y cuando el inidentificable enemigo nos disparaba desde mamotretos semejantes, tenía que aguantarme y repetir las sentidas jaculatorias de mis compañeros so pena de ser visto como un enemigo por esa agresiva gente. Irónicamente gracias a esta última alucinación me he podido hacer con escaso papel —arrancado del libro sagrado de los moros—  y pluma —en este caso una pluma extrañísima. Me ha bastado con aprehender los objetos con fuerza antes de ser abatido por el enemigo. Y me he despertado con las dos cosas en la mano, así es como estoy escribiendo estas líneas que confío que alguien encuentre algún día si es que tiene la mala suerte de ser traído también aquí  —y yo muero antes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario