jueves, 4 de junio de 2015

¿No tienes trabajo? Pues limpia casas (CAPÍTULO II)

—Pero trabajo sí que hay en este país hay, claro que lo hay, lo que no hay es empleo —soltó muy convencida mirando al infinito, como si estuviera dando un brillante discurso a una audiencia invisible.
Yo no entendí muy bien lo que Natalia quería decir con eso. A ver, veamos, analicemos: “Trabajo hay; empleo no”, “No hay empleo; sí trabajo”. Lo repetí mentalmente, a lo Barrio Sésamo; lo estudié, le busqué la lógica, y entendí o quise entender que mi prima embarazada, brillante arquitecto empleada y respetada en una gran multinacional desde los veintitrés años, pretendía decir que en nuestro país había cosas que hacer pero que, por algún motivo que mi limitada cabecita de letras no alcanzaba a entender, estas necesidades no se transmutaban en empleos concretos y contables.
Ajá…
Pues bien: yo seguía sin entender nada. Pero como no quería aguantar una de las interminables explicaciones macroeconómicas o microeconómicas de mi prima mayor, fingí que comprendía lo que decía. Y entonces, como si alguien hubiera lanzado un sortilegio, la mesa se dividió en dos conversaciones diferentes. María, Natalia y yo por un lado (yo más que hablar escuchaba cómo mis dos primas se quejaban de los pequeños contratiempos que la Crisis había provocado en su día a día laboral), y por el otro, Pilar, Mónica y Virginia, que hablaban de algo que entre la música y la charla en la que yo estaba inmiscuida no alcanzaba a oír. Pero de pronto, la melodía de Bowie terminó, se hizo un silencio sepulcral en aquella cuidada y limpia estancia, y entonces, se escuchó nítida y clara la voz gangosa y seseante —un falso seseo— de Virginia diciendo lo siguiente:
—Pues yo, en el lugar de Anabel, sí que me pondría a limpiar casas.
La frase tajante de Virginia llegó a mis oídos y a los del resto de mis primas con una claridad supina y tardé unos cuantos segundos en asimilar aquello. ¿Podía ser cierto que Virginia, la Virginia que yo conocía, la amante de los objetos caros y bien publicitados, la que siempre había considerado como una gran virtud en un hombre que éste tuviera dinero, la que había contratado a una empleada del hogar en cuanto se había emancipado porque no soportaba planchar y la cocina le quitaba mucho tiempo, podía ser que aquella Virginia insinuara que de verse en mi situación buscaría trabajo como empleada doméstica?
Vaya, pues parecía que sí.
Me dije a mí misma, o más bien, me grité, ¡me exhorté!, que aquello no podía quedar así, que no fingiera que no había oído bien o cambiara de tema como hacía otras veces, intentando preservar una paz que más que paz significaba que todos podían mostrarse agresivos y belicosos conmigo pero que yo debía contenerme para que la guerra no estallara. Porque aquella frase que formalmente podía considerarse la mera verbalización de una opinión personal legítima y sincera, resultaba que en verdad era un genuino dardo venenoso tamaño deluxe.
Aquella frase en boca de otra de mis primas estoy convencida de que no me hubiera parecido tan chirriante, pero en boca de Virginia, por Dios… Y además, después de soltarla, qué feliz y sonriente se quedó. Como solía suceder. Virginia lanzaba sus opiniones causticas a quien quería, chicas de su edad casi siempre, y nunca mostraba arrepentimiento o propósito de enmienda. Pilar, por ejemplo, había tenido que soportar varias opiniones de Virginia concernientes a su poco gusto con los hombres, y la mejor amiga de Virginia, una tal Sara, había estado un año sin hablarle cuando ésta había vertido comentarios bastante ofensivos sobre lo ceñido y escotado de su ropa. Jamás la había visto yo mostrándose tan incisiva con personas “mayores” de nuestra familia, o con su marido, o con los charlatanes amigos de su marido, aficionados a juergas sinfín y comentarios jocosos sexuales y escatológicos.

miércoles, 3 de junio de 2015

David Bowie, langostinos y preguntas incómodas (CAPÍTULO II)





Pilar, una vez más, fue la más sensible de todas. Se dio cuenta de que yo no hablaba de vacaciones y que estaba quieta como estalactita y con la vista perdida mientras el resto hablaba y hablaba. Así que cortó su relato viajero (ella se iba a Malta), y pese a que no estaba sentada a mi lado (María y Natalia me flanqueaban), se dirigió directamente a mí con un tono de voz bastante alto para que se la escuchara bien en mitad de aquella contienda de datos.

—Y tú, Anabel, este año nada, ¿no? Creo que me lo dijiste en la otra cena, que pasabas de viajar para no tener que gastar… —Sus ojos marrones brillaban como los de toda una manada de piadosos bambis y me dije que no me quedaba más remedio que interrumpir mi odisea espacial. Lo hice… Dejé al Mayor Tom y a Ziggy Stardust a la altura de los anillos de Saturno y retorné al minimalista salón-comedor de Virginia para contestar a la no-pregunta de Pilar, que lo único que pretendía era meterme en la conversación. Las demás debieron de darse por aludidas porque se callaron abruptamente y me miraron expectantes.

—No, este año no me voy a ninguna parte, Pilar. No hay fondos ni visos de que vaya a haberlos pronto. Como no me ponga a limpiar casas… —dije terminando mi intervención con una incómoda sonrisa.

Mi frugal queja fue recibida por un colosal silencio, algunas caras de pena, una sacudida de melena color caoba (la de Virginia) y una silla arrastrándose hacia atrás, porque Natalia tenía que levantarse para ir al baño. La embarazada declaró con un gruñido que mucho había aguantado sin ir hasta entonces y se frotó con cuidado la tripa una vez incorporada. Llevaba toda la noche sin sonreír y su rostro era ya, directamente, de mala uva. Mi prima nunca había sido una chica precisamente risueña, pero concluí que las hormonas le estaban empeorando aún más el carácter. Le preguntamos si necesitaba algo y contestó que no, que sólo era una “gestión”. Le rieron la gracia un poco; yo no. Y antes de desaparecer por la puerta de la sala, le habló así a su gran aliada:

—Virginia, para cuando vuelva del baño, ¿te importaría poner el portátil cerca de la mesa? Echo de menos música en esta cena…

Pese a que las palabras fueran más o menos amables, el tono de Natalia sonaba a clara e indisimulable orden. Y Virginia, una persona no caracterizada por reaccionar bien ante las órdenes, obedeció inmediatamente. Desapareció durante unos segundos, reapareció con un portátil y lo colocó sobre la butaca más cercana a la mesa donde cenábamos. Como Natalia y sus insufribles gustos musicales estaban aún en el cuarto de baño, no las dejé reaccionar. Cuando Virginia preguntó con una vocecilla todo afectación que qué nos apetecía escuchar, como una centella me levanté, busqué en Internet y puse. Space Oddity, por supuesto. Las caras de estupor de mis primas no se hicieron esperar. Que qué era eso. Y yo explicándoles que era una canción del atractivo actor de Dentro del laberinto, o más bien, de su curioso alter ego Ziggy Stardust. La explicación les resultó tan poco seductora como la canción. Pero yo me senté de nuevo en mi sitio triunfalmente y me puse a despellejar langostinos y a mojarlos en mayonesa antes de devorarlos. Ninguna de las comensales había probado los langostinos aún, y todas me imitaron en silencio, intentando encontrarle algo bueno a aquella música de la que yo les había hablado tan bien. Mi gloria duró hasta la mitad de la canción, porque entonces apareció de nuevo Natalia  y puso cara de estupor. No dejó siquiera que le preguntáramos si todo marchaba bien. Que qué era esa música. Y se lanzó rauda y veloz sobre el portátil de Virginia y seleccionó una de sus melodías, en aquella ocasión, un mix vomitivo, algo propio de cualquier macro-discoteca ruidosa, y se sentó en su trono con cara de haber arreglado algún estropicio monumental. La rabia me invadió. “Esto no va a quedar así, pero seré un poco más educada que tú, esperaré a que acabe la canción”, me dije.

—Así que no hay nada de trabajo para ti, Anabel —me dijo entonces Natalia muy seria y clavándome sus pequeños ojos verdes, distrayéndome de la maquinación de mi venganza musical. Dudaba entre rock lúgubre o cantautor suicida.

—Pues no, no lo hay. Nada, no me llaman de nada, no hay manera. Eso sí, he hecho dos dinámicas de grupo en dos bancos, en el banco X y en el banco Y, para hacer declaraciones de la renta y para una bolsa de trabajo, pero no he tenido suerte en ninguna. No sé en qué se basarían para desecharme, pero lo han hecho. Y no tengo nada más que contaros. Y eso que dicen que estamos saliendo poco a poco de la crisis…

—Pero…, ¿a qué estás echando? —Me preguntó entonces María intentando que su voz sonara extremadamente amable— ¿Sólo a cosas “de lo tuyo” o a “todo”?



martes, 2 de junio de 2015

Cena de primas de Semana Santa (CAPÍTULO II)


Durante la cena de primas de antes de las vacaciones de Semana Santa no fui bombardeada a preguntas o insinuaciones sobre mi vida sentimental. Quise creer que después de la última vez habían hablado entre ellas y habían concluido que era mejor no sacarme el tema para no violentarme u ofenderme. Durante los primeros minutos de la cena, aquella vez en casa de Virginia (aquel fin de semana su marido tenía una despedida de soltero), llegué a sentirme casi cómoda. Casi, porque mis primas no cesaron de hablar de los maravillosos viajes que habían preparado para aquellos días. Todas iban con sus respectivas parejas al extranjero, a lugares con playa y clima halagüeño.

            Aquel invierno el tiempo atmosférico había sido especialmente hostil en Bilbao, con semanas enteras de lluvia y cielo encapotado y apenas unos tímidos rayitos de sol de vez en cuando a modo de ridícula tregua. Sonaba apetecible la idea de escaparse a territorios relativamente lejanos y de clima benigno, a chapotear en el océano y deleitarse con paisajes desconocidos. Mis padres me habían dicho muchas veces que si lo deseaba me fuera por ahí unos cuantos días de “no vacaciones” (qué vacaciones se pueden tener cuando no se trabaja). Con quien fuera. Y opciones no me faltaban: Magdalena y Carolina se iban a la costa Mediterránea con un par de compañeras de trabajo de Magdalena;  también podía hacerle una visita a Glenda (entonces vivía en Luxemburgo: me había acostumbrado a que cada dos años cambiara de país, siempre dependiendo de becas y golpes de suerte), o plantarme en la casa de algún familiar (teníamos varios instalados en lugares apetecibles). Mis padres insistían en que ellos me pagarían el viaje. Pero no. No. Yo no podía decir que sí a semejante derroche de generosidad, y me dije que merecía la pena sacrificarse un poco y quedarse en la ciudad hasta que encontrara un empleo, algo que podía suceder, si los astros querían, por qué no, antes de que acabara el año. Al fin y al cabo,  los medios hablaban de que la crisis remitía, que la cosa se movía más (fuera lo que fuera “la cosa”),  y yo quería creerlo.

Ya habría tiempo para viajar a territorios soleados y exóticos: cuando disfrutara de una santa y deliciosa nómina mensual.

            Así pues, aquella primavera yo no viajaría, y era muy probable que tampoco lo hiciera aquel verano, pero en la cena pre-Semana Santa de primas tuve que escuchar pacientemente en qué iban a consistir sus viajes.

Las generosas explicaciones de mis primas sobre sus atractivas e inminentes vacaciones estuvieron reforzadas con toda clase de fotografías mostradas con pericia en sus aparatosos teléfonos móviles, y no escatimaron en detalles: en ningún detalle. Así, tuve el honor de saber qué itinerario aéreo era el que tenía que hacer María para llegar a Madeira para pagar el precio más barato posible, o cuántas escalas exactamente comprendía el paquete que Virginia había contratado para su crucero por las islas griegas. Y mientras historias de búsqueda, contraste y compra de las mejores ofertas turísticas existentes, narraciones de las características particulares de los hoteles donde iban a alojarse, y descripciones de los idílicos espacios naturales que iban a visitar brotaban imparablemente de las insaciables bocas de mis primas, comencé a navegar mentalmente por el espacio exterior y a deleitarme con sus impagables tesoros espaciales. Cuando la realidad me irritaba, exasperaba o aburría de mala manera, lo hacía. Glenda había sido mi maestra en semejante arte. Me explicó que para espantar instintos suicidas u homicidas en situaciones semejantes, ella solía invocar una escena de El sentido de la vida de los Monthy Pyton. En ella, un ama de casa en bata y rulos es acompañada por un extravagante personaje en una ruta por la Vía Láctea, y el tipo le explica lo inmenso y cambiante que es el universo y la suerte que ha tenido ella de nacer, y que lo recuerde cada vez que piense que está rodeada de cerdos.

En cambio, para casos así, yo me decantaba casi siempre por una famosa canción de David Bowie, Space Oddity, “Odisea espacial”. Aquella ocasión no fue la excepción.  Space Oddity fue la banda sonora que empezó a sonar en los confines de mi cabeza para ambientar mi viaje por la Vía Láctea y otras galaxias desconocidas mientras mis primas torturaban hasta a las piedras con sus planes vacacionales. Ground Control to Major Tom, Ground Control to Major Tom, Take your protein pills and put your helmet on... Control terrestre al Mayor Tom, Control terrestre al Mayor Tom, Tome sus píldoras de proteínas y póngase su casco…

Y con Bowie de fondo ayudándome a surcar cielos negros cuajados de estrellas diminutas y relampagueantes, en el árido Planeta Azul Mónica hablaba de los lugares que pensaba visitar en su viaje por Marruecos, un tema que podía llegar a ser interesante y que hizo que yo retornara a tierra durante unos segundos, pero pronto decidí volver a sumergirme en la oscuridad del espacio exterior: cuando Virginia empezó a describir con pelos y señales cómo era el fabuloso hotel donde ella había estado alojada durante su estancia en Marrakech y la cantidad de cosas baratas que se había comprado en zocos de medio Marruecos. Natalia, a la que la tripita ya se le notaba y que había acaparado la primera parte de la noche contando los pormenores de su embarazo, aquel año, muy a su pesar, debía conformarse con unos cuantos días con la familia de su marido en una casa rural castellana, y no se censuró lo más mínimo a la hora de describirnos lo peculiar que era la familia de su esposo, al parecer, “gente muy chapada a la antigua”. Y desde mi ubicación interestelar, a la que me llegaban las voces de mis primas flojas y entrecortadas, me pregunté cómo demonios serían aquellas personas si la propia Natalia las consideraba un poco rancias.  Ground Control to Major Tom (Ten, Nine, Eight, Seven, Six), Commencing countdown, engines on (Five, Four, Three), Check ignition and may God's love be with you (Two, One, Lift off)… Control terrestre al Mayor Tom (Diez, Nueve, Ocho, Siete, Seis), Comenzando cuenta atrás (Cinco, Cuatro, Tres), Motores encendidos, Chequée la ignición y que el amor de Dios lo acompañe (Dos, Uno, despegue)…

lunes, 1 de junio de 2015

Sigue la segunda dinámica (CAPÍTULO II)




Como nos esperábamos, Fátima y yo pasamos el psicotécnico y fuimos convocadas a la dinámica de grupo, pero nos tocó en diferentes grupos por nuestros apellidos.

El día de la celebración de la dinámica, en un céntrico hotel, fui tranquila y relajada, sin pensar siquiera en mi fallida dinámica del otro banco, convencida de que, tal y como Fátima me había consolado—hablaba alguien que había hecho varias campañas de la renta— los criterios para entrar en aquel curso de la renta eran totalmente arbitrarios; quizás me habían desechado antes siquiera de hacer la prueba por ser de letras puras o podía ser que, sencillamente, no les hubiera entrado bien por el ojo a la rubia y a la morena a pesar de exhibir maneras de la Escuela Diplomática. Y todas esas injusticias, según Fátima, seguro que no iban a tener lugar en aquel nuevo proceso. La creí

El grupo de candidatos en el que di a parar tenía la peculiaridad de que estaba compuesto por ocho chicas y un solo chico, un chaval muy alto y extremadamente nervioso que no dejaba de colocarse y recolocarse un rebelde mechón de pelo castaño que luchaba una y otra vez por invadir su frente. Todos los allí presentes, sentados en torno a una mesa rectangular en una sala enmoquetada a conciencia que parecía destinada a reuniones de tiburones de las finanzas,  íbamos bien vestidos, estábamos con gesto serio que no desagradable, y bolígrafo en mano recibimos como educados robots a la sonriente señora que de pronto apareció allí dispuesta a evaluarnos. La mujer, de unos cuarenta y muchos y vestida de una forma mucho más casual que nosotros, tenía un gesto risueño en el rostro y nos explicó muy amablemente en qué iba a consistir aquella dinámica de grupo. Teníamos que crear entre todos una empresa de catering en pleno centro de la ciudad y pensar y detallar todo lo que algo así podía conllevar, a saber, qué puestos de trabajo serían necesarios para el negocio, qué tipo de comida ofreceríamos, cómo haríamos para lograr una lonja cuyo alquiler no nos arruinara nada más comenzar, elementos diferenciadores, etc… Pero antes de ponernos manos a la obra, antes de pensar, esquematizar, exponer en público y discutir nuestras ideas, aquella amable señora nos dijo que debíamos ir presentándonos uno por uno, contando qué habíamos estudiado, dónde habíamos trabajado hasta entonces y por qué nos interesaba trabajar en aquel santo banco. Comenzando por la persona que tenía a su derecha, una chica con flequillo oscuro y gafas de montura gruesa de color rojo con la mirada huidiza; luego llegaría el Chico y después me tocaría a mí. A continuación, el resto.


La chica de gafas se expresó brevemente, sin levantar la vista del papel que tenía frente a ella y con un hilillo de voz (que si había estudiado Económicas, que si hablaba un poco de inglés, y patatín y patatán), y la mujer la contempló durante toda su declaración con una indescifrable sonrisa de Gioconda y los ojos entrecerrados. Lo mismo podía ser una fiera sibilina relamiéndose de gusto ante su inminente ataque a una presa bien estudiada que un miembro del jurado de un concurso de talentos televisivo.

Cuando la chica de gafas terminó de hablar tenía los carrillos encendidos, y la educada mujer se dirigió entonces hacia el Chico con una amplia sonrisa que le dejó al descubierto todos los dientes, bien alineados pero no muy blancos, los de la hilera superior y los de la hilera inferior. Y durante toda la intervención del Chico, que hablaba y hablaba, hablaba mucho pero entrecortándose por los nervios y rematando cada frase con un chirriante “¿no?”, y que no era especialmente guapo ni atractivo ni interesante, la mujer no dejó de sonreír y de entornar los ojos ni un solo segundo, y cuando el Chico confesó que tenía amigos que trabajaban en aquel banco y que estaban encantados con el tipo de trabajo que allí desarrollaban y el ambiente que allí se respiraba, Monalisa dejó escapar un sonidito de ternura y repitió la última frase del Chico casi fascinada: “y están encantados con todo y con todos”. Así que me dije que aunque la chica de gafas no le hubiera generado tanta simpatía a aquella selectora, quizás era posible que si yo me mostraba tan locuaz y pelota como el Chico, también le cayera bien a la mujer. Pero qué ilusa fui. En cuanto abrí la boca, qué digo, en cuanto me llegó el turno y los ojos de la consultora se posaron sobre mí, sentí que las tinieblas crecían al ras del techo de aquella sala y amenazaban con estallar en una virulenta tormenta. Monalisa frunció el ceño con gesto mitad desagrado, mitad cálculo matemático imposible, y no lo relajó durante toda mi presentación. De nada me sirvió que me apresurara a afirmar que yo también había oído cosas muy buenas de la forma de trabajar y del ambiente que había en aquel banco: aquella selectora me miraba mal. Terminé mi presentación mucho antes de lo esperado y me dieron ganas de levantarme e irme antes siquiera de comenzar la dinámica de grupo propiamente dicha: mi cada vez más desconfiado instinto me dijo que allí yo no tenía nada que hacer.




domingo, 31 de mayo de 2015

Segunda dinámica de grupo de Anabel (CAPÍTULO II)

No fue mi única dinámica de grupo de aquel año. Un buen día me llamó Fátima y me preguntó si me apetecía ir con ella a un proceso de selección organizado por otro importante banco para engrosar su bolsa de empleo, y entusiasmada le dije que sí.
            Fátima, a la que había conocido en la universidad, era una chica estupenda, el único problema que había con Fátima era que no había manera de quedar con ella. Pese a estar desempleada (su familia tenía una carnicería que iba bastante bien pero el padre de Fátima se negaba obcecadamente a que su hija universitaria trabajara allí) y vivir con sus padres y no tener pareja, siempre tenía algo que hacer que nos impedía tomarnos un simple café, y cuando lográbamos al fin poner lugar y hora, resultaba que en el último momento a Fátima le surgía un contratiempo que le obligaba a anular la cita. Pero aunque casi no la viera, siempre podía contar con Fátima para temas de cursos y ofertas de empleo. Cada vez que encontraba algo que pudiera interesarme, me lo enviaba, aunque ella también fuera candidata a lo mismo (no se podía esperar algo así de todo el mundo aunque para personas como Fátima o yo eso fuera lo más normal).
Glenda, a los amigos muy ocupados con los que no había forma humana de quedar los llamaba los amigos de la CIA. “Parece que trabajen para la CIA y que de forma inesperada les salgan importantísimas misiones secretas y que por eso tengan que anular precipitadamente y sin dar demasiadas explicaciones citas y compromisos”.
            Así que le dije que sí a Fátima, mi amiga de la CIA, y ella se puso muy contenta. Me dio el lugar y la hora de la primera parte del proceso —nueve de la mañana de un lunes en la facultad de Económicas de la Universidad Pública del País Vasco—, y me explicó cómo iba la cosa: si pasábamos aquella prueba, consistente en un buen número de ejercicios psicotécnicos, tendríamos acceso a la segunda, una dinámica de grupo. Y si pasábamos la dinámica de grupo, terminaríamos siendo agraciadas con la posibilidad de pasar toda una entrevista personal, en carne y hueso, con algún individuo de Recursos Humanos del banco, el encargado de darnos finalmente el visto bueno y permitirnos formar parte de su bolsa de trabajo —cada vez que escuchaba el término “bolsa de trabajo” me imaginaba a miles y miles de personitas diminutas e inofensivas, prácticamente liliputienses, flotando sin destino ni asidero alguno en un espacio blanco y desangelado cuyos límites tenían la forma de una bolsa de plástico mal cortada—.
Le dije a Fátima que yo nunca había hecho un examen basado en psicotécnicos, y Fátima me dijo que si iba a estar más tranquila mirara en Internet, que allí había posibilidades infinitas, toneladas de ejercicios psicotécnicos, de todas las clases, estilos y dificultades, ya corregidos y bien explicados con los que se podía ensayar un poco y ver de qué iba la cosa, pero que en aquel preciso caso ella consideraba que no hacía falta, que los psicotécnicos de aquel banco tenían fama de ser sencillos. Y yo me fié de Fátima, que siempre se enteraba de todo.
De todos modos, eché un vistazo a los psicotécnicos etiquetados como “sencillos” o de “dificultad media-baja” que aparecían en Internet, y lo cierto es que no parecieron especialmente complicados, a saber, completar series numéricas tras estudiarlas fugazmente, deducir qué color le faltaba a una figura después de observar una serie de dibujos similares, o jugar a los famosos siete errores con dibujitos con muchos elementos y detalles. Aquella primera fase no podía ser difícil, me dije.
Me enfrenté a los psicotécnicos en una gigantesca aula rodeada de decenas de lánguidos candidatos como yo y con una optimista Fátima a mi lado, pese a que desde la última vez que la había visto, hacía casi un año, había adelgazado unos seis kilos: estaba en los huesos. Y nada más verlos descubrí aliviada que Fátima estaba en lo cierto: eran muy sencillos. Incluso me sobró tiempo para terminar el ejercicio. Fátima, mucho más puesta en la materia que yo, me dijo que le había sorprendido mi rapidez (estaría un poco harta de escucharme decir lo negada que era yo para los números y aquel ejercicio estaba lleno de operaciones y enigmas matemáticos), y como ella también salió contenta, la alegría fue completa.

Lo único que nos inquietaba era la cantidad de rivales que teníamos: los candidatos a aquella prometedora bolsa de empleo éramos tantos que cuando salimos del lugar del examen parecíamos una manifestación pacífica. Fue en ese momento, rodeada de seres jóvenes, con gesto desesperanzado y contando toda clase de historias desalentadoras (trabajos basura, pagos en negro, ausencia de ayudas públicas, enchufes grotescos y entrevistas de trabajo funestas), cuando pensé que si todos los que estábamos allí nos concentráramos todos los días frente a algún edifico significativo para protestar pacíficamente por nuestra situación, quizás alguien nos escuchara. Pero algo así tenía que ser propuesto y organizado por alguien con más inteligencia, energía, perseverancia y poder de convocatoria que yo. Eso me dije. 

sábado, 30 de mayo de 2015

Dinámica de grupo para curso de campaña de la renta (CAPÍTULO II)




Aquel segundo año en paro, gracias al chivatazo de una compañera de danza, también hice un pequeño proceso de selección basado en una breve dinámica de grupo para intentar entrar en un curso organizado por una entidad bancaria con el objetivo de realizar las declaraciones de la renta de sus clientes. Es decir, a mí y a unas cuantas decenas de personas, casi todas menores de treinta y cinco, nos ponían a prueba para saber si nos merecíamos hacer un curso de varias semanas de duración sobre conceptos fiscales y elaboración de declaraciones de la renta. Sólo si se aprobaba un examen final se tenía derecho a ser contratado por el banco durante la campaña de la renta.
El sueldo no estaba nada mal y conocía a varias personas, casi todas ex compañeros de la universidad, que cada año hacían el curso (si ya se había hecho previamente el curso, la duración era más corta) y posteriormente eran contratadas, con lo que durante un trimestre al año vivían el agradable espejismo de trabajar en un banco de renombre.
Sin embargo, hasta entonces yo no había tratado siquiera de apuntarme al dichoso curso por el rechazo que desde siempre me había despertado el mundo de la fiscalidad, los números en general.
Desde pequeña había mantenido con las matemáticas una extraña relación de amor/odio: me divertían y me aliviaban ya que no exigían lo que vulgarmente se conoce por hincar codos, pero cuando me confiaba y creía conocer todos sus secretos, resultaba que mi cabeza se emborronaba y despistaba y acababa cometiendo imperdonables errores que me hacían aprobarlas con notas más bien bajas que me estropeaban la media.
Pero el hecho de estar desempleada por segundo año consecutivo y el entusiasmo con el que mis ex compañeros universitarios me hablaban del tema cuando me los encontraba por la calle lograron que me decidiera a apuntarme a aquella dinámica de grupo.
El show se desarrolló en una céntrica sede del banco de turno, junto a una decena de personas más con aspecto de estar muy nerviosas, y lo cierto es que para ser la primera vez que me veía en algo así salí satisfecha. Las dos mujeres que presidieron la dinámica, una rubia y una morena de mediana edad que no me quedó muy claro si eran de Recursos Humanos o trabajadoras del banco, pese a que nos recibieron a todos con grandes sonrisas y palabras amables, en cuanto comenzó la prueba se volvieron dos seres siniestros con gesto amenazante. Pero a mí me gustó tanto estudiar aceleradamente el caso que no habían dado —cierto banco quería vender cierto nuevo producto con pros y contras y teníamos que ser lo suficientemente avispados para que en nuestra oferta al cliente la parte negativa quedara minimizada al máximo—, hacer uno de mis ordenados y ramificados esquemas para ordenar mis ideas, y exponer lo que pensaba con un tono de voz afable pero firme y respetando las opiniones de mis compañeros, que casi me olvidé de aquellas caras luctuosas.
Y en aquella estancia bien iluminada y rodeada de personas que en su mayoría parecían mucho más nerviosas que yo, que se expresaban con frases confusas y que incurrían en algunas contradicciones, por primera vez en mucho tiempo me sentí buena en algo: en idear y exponer pulcramente soluciones sensatas a un problema.
Sin embargo, dos días después, un mail tipo de la entidad bancaria me comunicaba que, lamentablemente, no me consideraban apta para entrar en uno de sus cursos preparatorios para la campaña de la renta.

viernes, 29 de mayo de 2015

Sandman: caza-pulpos (CAPÍTULO II)

Poco después de que se cumplieran mi año y tres meses de desempleada, Sandman vino un soleado sábado a almorzar a casa. Mi madre cocinó arroz negro, su plato preferido, y mi padre sacó un champagne muy caro que sólo tomábamos en Navidad y en ocasiones especiales.
            Mi padre, ingenuo, bondadoso, confiado, soltó de nuevo lo de “a ver si al verte sin trabajo ni recursos de ningún tipo Arenas se anima a echarte una mano, con toda la gente que conoce…”. Mi madre, sabia ella, calló poniendo cara de circunstancias. Ella y yo sabíamos muy bien que algo así no iba a ocurrir.
            Y como era de esperar, Sandman vino, comió, rio, fardó, fingió escuchar y se marchó.
Así se podía resumir su comportamiento con nosotros cada vez que venía a casa.
            Llegó luciendo su omnipresente bronceado y su gran y deslumbrante sonrisa marfileña, nos hizo a mis padres y a mí las preguntas de rigor, y miró alrededor observando nuestra casa como si nos acabáramos de mudar y le agradara la decoración. Sólo se quejó un poco del ruido de las obras de la plaza. Nos sentamos a la mesa, pulcramente puesta y pertrechada de ricos aperitivos, picoteamos, mamá trajo y sirvió la comida principal, y Sandman alabó las virtudes de cocinera de mi madre mientras untaba y untaba pan en la sabrosa tinta negra de los chipirones. Luego, animado por el alcohol que gracias a mi padre no dejaba de regar vasos y copas (vino tinto primero, el exquisito champagne helado después), nuestro invitado nos contó las obras y milagros de sus hijos, los dos inteligentísimos (hablaban varios idiomas sin apenas esfuerzo, dominaban muchos programas informáticos y uno de ellos hasta tenía licencia para pilotar avionetas) y muy valorados en sus envidiables puestos en empresas que, según aclaró, no tenían nada que ver con las de su grupo. Los hijos de Sandman siempre habían sido listísimos. Eso sí, sobre la vida sentimental de sus vástagos no soltó ni prenda. Probablemente, pensé, no lo haría hasta que se emparejaran con réplicas suyas, tan exquisitas como ellos.
También habló de sus vacaciones, recién finalizadas, en las Bahamas. Nos narró con generosidad abofeteable toda la santa historia de las Bahamas, prácticamente desde que las placas tectónicas correspondientes se aliaron entre ellas y con el mar para que surgieran las deliciosas ínsulas. Y de los amigos que allí había hecho, individuos irrepetibles, y las divertidas aventuras que con ellos había corrido. Y con cierta desgana citó también, pero con mucha brevedad, a sus ex-mujeres, que tenían nuevos maridos e hijos con estos. Y habló algo de su nueva conquista, más joven que él y “soltera empedernida”, pero con una timidez inusual en él, casi con cautela. Qué le pasaría a la agraciada, qué le pasaría.
Aquel día no hablamos de cine. No hubo oportunidad. Ni ganas. Se dirigió a mí una sola vez. “¿Qué tal todo, Anabel?”, preguntó, a lo que yo contesté “Bien, bueno, buscando trabajo”, a lo que él contestó “Ánimo, hija, que la cosa está muy complicada para todos”.
La caza y captura de pulpos, una de sus grandes aficiones, copó el último trecho de su interminable monólogo, ya en los sofás, tomando café y pastelitos colocados en la mesilla auxiliar, y aunque sí que me miró a la cara de vez en cuando durante su relato, parecía hacerlo buscando en mis ojos admiración o sorpresa ante sus memorias octupúsicas.
            Y en ningún momento me pidió que lo acompañara a la azotea y le abriera la puerta que daba a ella con mi llave (al ser la única de la familia que la utilizaba con asiduidad tenía mi propia llave) para fumarse allí uno de sus estomagantes mini-puros en soledad, una costumbre que había adquirido no hacía demasiado. Le encantaba decir “Anabel, cariño, súbeme al Séptimo Cielo que me voy a fumar un purito”. Mi madre tenía rotundamente prohibido fumar dentro de casa pero Sandman tenía su permiso para fumarse los puros en la terraza de nuestro piso, sin necesidad de subir a la azotea.
Pero él prefería hacer el paripé. Estaba claro que le gustaba hacerse el interesante. No aquel día. Debía de tener prisa aunque no dijo por qué. Se fue de casa antes de tiempo como una cuba y sin haberme preguntado nada trascendente. Mucho menos, ofrecerme alguna clase de ayuda. Parecía que en la no-relación que Sandman y yo manteníamos la etapa de las falsas promesas había llegado a su fin y llegaba la de la más pura y rotunda ignorancia. Ni siquiera nuestro amor por el cine nos unía ya. Y mi padre, oh, cómo iba mi discreto padre a pedirle algo.

La sombra alargada de su relato sobre la caza de un rebelde pulpo en aguas cantábricas protagonizó parte de mis pesadillas de aquella noche. 

Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy

El turista accidental . Siempre me ha resultado curioso este título y la mezcla de sensaciones que me despierta: regocijo, suspense, cierto ...