domingo, 3 de enero de 2021

El árbol de los deseos


Apareció en el portal una fría mañana de domingo, a principios de diciembre. Nadie esperaba encontrarse con algo así, por lo que su irrupción fue recibida con asombro y regocijo.

«¡Es ideal!», exclamó con ojos chispeantes Curri, la del décimo A.

«Qué idea tan bonita, para los niños, especialmente», dijo su marido, que en invierno llevaba un gorro como el de Sherlock Holmes.

Los de la ferretería, que vivían justo encima de nosotros, lo contemplaban con ojos emocionados, y Moisés, el viudo del octavo B, relajó su habitual gesto malhumorado y preguntó por el artífice del detalle.

«Está claro», apuntó Curri agitando su melena rubia. «Es cosa de la nueva portera. Ya os dije yo que esa niña es un cielo», a lo que mi madre contestó que seguramente lo habría puesto de madrugada, para darnos la sorpresa.

Mientras los adultos comentaban, yo me acerqué a contemplar de cerca las tarjetitas que adornaban aquel abeto. En cada una de ellas había tres líneas: una para escribir el nombre, otra, el piso, y la tercera, un deseo para el 2021. En la gran estrella dorada que coronaba el árbol había el siguiente mensaje: «Premio para el mejor deseo».

El término «premio» me supo a golosina. Mi padre posó su mano sobre mi hombro y me susurró: «Tenemos que ganar, ¿eh?». Su voz ronca sonaba como tamizada por la mascarilla. Asentí. También en eso seríamos los mejores.

Era un día fresco pero soleado. La deslumbrante luz amarilla se filtraba a través de los cristales del portal dotando a la escena de aún más magia. Los ascensores no paraban de bajar con vecinos dispuestos a darse un paseo matutino, y todos se quedaban embobados cuando se topaban con el abeto.

Sólo hubo un punto negro en el idílico escenario. La pelirroja del ático. Oímos unos pasitos bajando las escaleras y apareció ante nosotros. Con ropa de deporte y una aparatosa mascarilla. Un molesto silencio invadió entonces el espacio, y todos la seguimos con la mirada mientras recorría el tramo que iba de las escaleras a la puerta.

La pelirroja del ático era maja y simpática hasta que llegó la pandemia. Con ella cambió completamente. Se puso la mascarilla antes de que fuera obligatorio; daba consejos y recomendaciones a todo el mundo; regañaba a la gente que se saltaba las normas.

Y un buen día, de repente, dejó de hablarse con los vecinos. Con todos.

Mis padres ya me lo advertían: si alguna vez me encontraba a solas con ella, no debía ni dirigirle la palabra ni montarme en el ascensor. No indagué: me dije que aquella chica jugaba en la misma liga que el Diógenes, el viejo del primero D que había acabado en el psiquiátrico tras provocar un incendio, o la Sacamantecas del portal del enfrente, que hablaba sola y amenazaba de muerte a los niños que jugaban en la plaza.

Afortunadamente, la pelirroja del ático era la única nota discordante en aquel edificio. El resto de los vecinos eran majos y normales. Y aquel árbol de los deseos había llegado para brindarnos un poco de alegría e ilusión tras un año tan duro en el que los aplausos de las ocho, los recitales de balcón y las llamadas por Skype habían constituido nuestras grandes válvulas de escape.

Recuerdo aquel último mes de 2020 bajando cada mañana al portal, acercándome al árbol y comprobando si había algún deseo nuevo ante la afectuosa mirada de la portera, inmóvil en su urnita de cristal. La gente era muy poco original. Pedían al 2021 la erradicación del virus, ver a sus mayores, o la prohibición de las guerras.

Nosotros fuimos los que más tardamos en escribir nuestros deseos. Mis padres se derretían los sesos pensando en nuestras respuestas. Mi padre, sobre todo. Había un premio en juego, y aunque se tratara de una caja de bombones, debíamos ganarlo.

El día que por fin tuvimos nuestras respuestas, bajamos al portal con rotuladores de tinta dorada. Muy ceremoniosos, cada uno cogimos una tarjetita y la rellenamos con nuestra mejor letra. «Quitarle la corona al virus», escribí yo. Se me ocurrió a mí solo.

            Faltaban dos días para Navidad. Dimos por hecho que el resultado del concurso se nos comunicaría antes de Año Nuevo.

            No fue así.

            Fueron pasando y pasando las fechas clave: Navidad, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes… Y nada: la portera no soltaba prenda.

Los niños estábamos ansiosos; los mayores, por apuro, no le decían nada a la portera.

Como las tarjetas desaparecieron del árbol el siete de enero, se dio por hecho que la portera se las había llevado a casa para estudiar mejor su fallo. Pero cómo tardaba.

Fue mi padre el que, a mediados de mes, con una sonrisa incómoda, le sugirió a la portera que quizás ya era hora de retirar el árbol y dar el nombre del ganador.

            Nunca olvidaré el gesto de estupor que puso aquella mujer al oírlo.

«Pero si yo no he colocado el árbol. ¿No ha sido cosa suya? Como es usted publicitario, pensé que…», dijo.

            Mi padre se limitó a negar con la cabeza y a meterse en el ascensor conmigo de la mano. Había algo frío y musgoso en su mirada, como si se esperara lo que iba a suceder.

            El resultado del concurso se supo unas cuantas semanas después. El misterioso premio consistió en una demanda judicial por parte de la pelirroja del ático.

Gracias al árbol de los deseos y a la labor de un buen calígrafo, nuestra peculiar vecina, médico de profesión, supo quién le había escrito «Rata contagiosa» en su coche: mi madre. En cambio, el anónimo que le habían colado por la puerta, exigiéndole que abandonara el edificio, había sido cosa del marido de Curri.

            Mientras duró todo el proceso, la pelirroja hizo caso al anónimo y se fue a vivir a no sé dónde. Volvió tiempo después. Sin mascarilla y con las sonrisas de antes de la pandemia.

Fue entonces cuando mis padres pusieron el piso en venta.


domingo, 9 de agosto de 2020

Casa de verano

 

Llegué a la casa de la playa un día antes que Julio y los niños. Para adecentarla y aprovisionarla. Aquel año estaríamos allí los dos meses, algo que hacía mucho que no sucedía. Fue comenzar a hacer dinero con los restaurantes y dedicar la segunda parte del verano a viajar al extranjero. Pero entonces las cosas eran diferentes. La cuarentena nos había dejado poco boyantes y con una necesidad imperiosa de sol, mar y calma ―la cuarentena os dejó muy mal―.

Bajé del autobús y recibí con regocijo el aroma del mar. ¿Cuánto hacía que no pisaba aquel pueblo? Desde el pasado septiembre, ¿no? Para limpiar la casa tras el paso de los últimos inquilinos ―no―.

El pequeño supermercado estaba abierto. Me recoloqué los pelos atrapados por la mascarilla y entré. Me dio la sensación de que hacía siglos que no pisaba un supermercado. Disfruté como una chiquilla moviéndome por sus pasillos. Puse en la cesta los ingredientes necesarios para prepararles un gran desayuno a Julio y a los niños. Me molestó bastante que los demás clientes no portaran mascarillas y que me miraran a mí, que sí la llevaba, con asombro y recelo. Ni siquiera la cajera la lucía. Estuve a punto de recriminarla, pero yo nunca he sido una chivata. Pagué con uno de los billetes que llevaba bien guardados en el sujetador chivata no, ladrona sí y salí.

 No me crucé con ningún vecino de la urbanización. Mejor. No me apetecía hablar con nadie.

Cogí la llave de nuestro escondite secreto, la jardinera de las lilas, y abrí la puerta. En cuanto levanté las persianas descubrí que allí había grandes cambios. Los deslucidos sofás grises habían sido sustituidos por un bonito conjunto de sofá y butacas de un enérgico amarillo, los cuadros baratos habían dado paso a hermosos óleos con motivos marinos, la cabecera de la cama era entonces una maravilla de acero trenzado, y los baños… Estaban irreconocibles.

Lo que no me gustó fue que Julio hubiera guardado nuestras fotos familiares: no las veía por ninguna parte. Porque no cabía duda de que todo aquello se trataba de una sorpresa de Julio. Pero ¿cuándo lo había hecho? ―imposible.

Me quedé petrificada frente al hermoso escritorio índigo del cuarto de los niños, y presa del desconcierto, la emoción y un extraño cansancio, rompí a llorar. De forma desgarradora e inconsolable. ¿Tanto me había contenido durante aquella cuarentena? La verdad es que yo siempre había sido una persona extremadamente contenida. Como mucho, perdía el control dos veces al año. Y para que eso sucediera debía tratarse de algo tremendo ―irreversible―. Entonces reventaba como una olla a presión y, o bien hacía daño a quien me lo había hecho, o bien entraba en estado de shock.

Sin poder remediarlo, caí redonda sobre una de las dos camas. Desperté mucho después con un tremendo dolor de cabeza y la boca seca. Las bolsas de la compra me miraron recriminadoras desde el suelo. Había tenido una serie de horribles pesadillas. En la peor de todas, unas tremendas llamas de fuego se comían la casa de la ciudad y no podíamos salir por estar en cuarentena ―recuerda―.

 Miré alterada por la ventana. El sol estaba a punto de desaparecer por el horizonte marino y yo aún no había hecho nada. No podía ser. Saqué fuerzas de flaqueza, me bebí una de las cervezas con tequila que había comprado me supo a gloria, ¿cuánto  hacía que no tomaba una?―, y me puse manos a la obra. La remodelación total de la casa incluía nuevos productos de limpieza que olían de cine, una escoba intacta, paños y estropajos de todos los tamaños. Con ellos froté, desempolvé y lustré azulejos, maderas, grifos y cristales. Hasta le di una buena pasada a la terraza. Acabé exhausta, pero entonces tocaba lo más importante: cocinar. Para mi familia. Las torrijas, el pan de jengibre y el tiramisú que tenía en mente.

 De nuevo, sentí que las fuerzas me fallaban. Recurrí a otra cerveza y una bolsa de patatas fritas, y me mojé la cabeza en el fregadero, y me pellizqué las mejillas. Me obligué a no dormirme ―ya lo estás―. Debía cocinar para las personas que más quería. Había cocinado mucho durante el encierro, sola, y con Julio, y con los niños. Y los niños lo habían hecho. Solos. Cómo les gustaba. A Estela, sobre todo. Los pasteles al horno ―Estela, el horno―. Pero aquel festín era para celebrar el final de una etapa de oscuridad.

Busqué las herramientas necesarias en aquella cocina nueva, mezclé y cociné los ingredientes de forma eficaz y ordenada, y mientras lo hacía, entré en una suerte de trance. Qué felicidad proporcionaba el centrarse en una tarea y no pensar en nada más ―trance dentro del trance―. Terminé tarde, ¿qué hora sería? Dejé el tiramisú en la nevera, desmoldé el pan de jengibre con mimo y las torrijas las coloqué sobre una coqueta bandeja cubierta de papel de aluminio. Y pringada de mil y una delicias y las sienes ardiendo, perdí el conocimiento. Caí sobre el suelo de baldosas ambarinas ―Dorothy: abandona Oz―.

Estando inconsciente, me atormentaron las mismas pesadillas del cuarto de los niños. Esta vez las llamas fueron tan vívidas que cuando unas manos insistentes me hicieron despertar, grité aterrada creyendo que la cocina ardía. Pero no lo hacía. Lo comprobé mientras Julio, con ojos espantados, trataba de tranquilizarme. Julio, qué diferente estaba ―viejo―. Se lo dije, acariciándole la mejilla. No contestó. Detrás de él había un adolescente, alto y guapo, mirándome con aún más estupor, y junto a él, una mujer con un vestido amarillo buscando algo en el móvil con gesto desesperado. «Lucas, ya lo tengo: Centro de Salud Mental Nuestra Señora del Carmen. Llama tú, creo que es lo más adecuado», dijo de pronto la mujer. Entonces comprendí quién era aquel muchacho, que no volvería a ver a Estela en este mundo, que la cuarentena de 2020 había finalizado hacía mucho tiempo.

 

miércoles, 29 de julio de 2020

Yo sé que este verano

me vas a utilizar, y que me abandonarás antes de que empiece el otoño. Cuento con ello. Pero el tiempo que estemos voy a hacer lo que mejor sé hacer: cuidarte, protegerte. En cuanto llegues a la casa de la playa para pasar todo el verano —otros años casi ni la pisas, pero no están las cosas como para irte al extranjero a estudiar idiomas—, fijarás tus ojos en mí, tus manitas me engancharán hábilmente, y con un mohín de fastidio me ofrecerás tu rostro. Entonces, comenzará lo nuestro. Algunas veces, sobre todo al principio, te olvidarás de mí. Te lo recordarán con severidad y tú me buscarás enfurruñada. Pero a medida que pase el tiempo, te acostumbrarás tanto a verter tu cálido aliento sobre mí que cuando no me tengas contigo te sentirás como desnuda. Me las harás pasar canutas. Tu dichosa costumbre de pintarte los labios de color frambuesa será mi perdición. Por no hablar de tu amor por el helado de chocolate y los perritos calientes. Con bien de ketchup y mostaza, ¿eh? ¡Gracias a Dios, también te gusta mucho el chicle de eucalipto! En la playa, prácticamente me comeré tu factor treinta, y cuando tus escandalosas amigas lleguen con sus toallas, te desharás de mí. Y me criticarás. Y ellas harán lo propio. Y nos compararéis. Aspecto, dinero, sustancia. Probablemente, salga perdiendo. Habrá días que, coqueta de ti, me utilizarás para hacerte la misteriosa frente a chicos de tu interés; hasta te meterás en el mar conmigo, sacándome con salitre por todas partes. Sólo cuando personas cercanas a ti, mayores y más sabias, alaben mis virtudes respaldándose en cifras tenebrosas, serás consciente de todo el bien que te hago. Y me tratarás con especial cariño, encargándote tú misma de mi cuidado. Sin embargo, como bien te he dicho al principio, sé que lo nuestro va a ser corto. Qué remedio. Si es que me han hecho así, para no aguantar para siempre. Sólo te pido que tengas conciencia, que cuando te deshagas de mi cuerpo lo hagas como Dios manda, sin contaminar aún más a Madre Naturaleza. No me lances al océano ni me entierres bajo la arena, hazme el favor. Lo harás, ¿verdad? Nada más por mi parte. Hasta pronto, mi niña. Tuya afectuosa, tu Mascarilla estival.

sábado, 11 de abril de 2020

Beerman


Hoy en la radio han dicho que los que nos estamos quedando en casa somos verdaderos héroes.
No seré yo quien les contradiga, si desde que ha empezado esto ya les he parado los pies a varios maleantes. Es lo bueno de tener una terraza que da a la calle principal y contar con una generosa provisión de cervezas y muy buena puntería: mi gran poder.

Y yo soy de los que piensan que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

De todos mis logros estoy especialmente orgulloso del de ayer. Cada vez que me acuerdo de aquel pobre vagabundo… Se trataba de un chaval larguirucho, despelujado y mal vestido, con ropa de colores chillones que le venía grande, seguramente, sacada del economato. El chico iba tan tranquilo por la calle, con una enorme bolsa de plástico donde debía de llevar todas sus posesiones, y de repente, se le echaron encima tres estrafalarios personajes: un tipo cubierto con una suerte de hábito de monja, una vedette con un bañador con la bandera de los Estados Unidos y un pirado con mallas azules y calzoncillos rojos. ¿De dónde diantre salieron semejantes esperpentos? ¿De un circo?

Gracias a Dios, fui rápido e hice lo que tenía que hacer: bombardearles con mis latas de cerveza mientras gritaba bien alto «¡Fuego, fuego!», la única manera de que la policía llegue. Y aquellos payasos se quedaron helados. Dirigieron sus miradas a mi balcón y comenzaron a increparme. Afortunadamente, mientras lo hacían, al pobre mendigo le dio tiempo a escapar. Subió por la escalera de incendios de un bloque cercano ayudado por una peculiar vecina, una mujer a la que debe de irle el sadomasoquismo a juzgar por su atuendo de charol negro. De la bolsa sólo se le cayó un objeto, un muñeco en forma de pingüino que en contacto con la acera comenzó a dar botes. Una monería.
Pero a sus atacantes no les hizo nada de gracia, porque se lanzaron sobre el juguete y lo hicieron añicos. Bestias. Me dieron ganas de seguir aporreándolos, pero se esfumaron, seguramente amedrentados por mi ataque. Y estaba a punto de entrar en el salón para skypear con mi familia, cuando recibí una agradable sorpresa: de los balcones de toda la calle comenzaron a salir vecinos y más vecinos a aplaudirme enérgicamente por mi acto de valentía. Emocionado, les di las gracias con una reverencia. Justo entonces, las campanas de la catedral de Gotham dieron las ocho.

Me gusta mi nueva ciudad.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Vestidos de Nochevieja

Afuera, en la calle, comienzan a sonar villancicos enlatados. Los villancicos se fusionan con el reguetón de la tienda, creando una cacofonía imposible. «Pruébate éste, tiene mogollón de elastano», le dice Natalia con su tonito repelente descorriendo airadamente la cortina del probador. Un chico que acompaña a su novia ve a Sara en bragas, calcetines y jersey. Sara es consciente entonces de que no lleva depiladas las ingles y que tendría que haberse pasado un poco la maquinilla por las piernas, aunque su vello corporal no es nada comparado con las estrías asesinas que luce en barriga y muslos. «¡Natalia, tía!», grita suplicante. Natalia ni se inmuta. «Venga, cógelo. Yo voy a probarme el palabra de honor rojo». 
Y, qué remedio, Sara coge el trapo número cuatro —más purpurina mata-tortuguitas marinas, más drapeado estilo interior de ataúd, más tela denterosa al tacto—, y toma aire. Con asco descubre que el desodorante ya la ha abandonado: el probador entero huele a su fuerte sudor, contra el que lucha sin cuartel desde los diez años 
(y para el que no son nada recomendables las fibras sintéticas que protagonizan la colección de esa tienda). En busca de algo de frescor, se recoge la espesa melena en una cola de caballo. Como ha llovido, lo tiene muy encrespado. «Pareces una escarola», le suele decir Natalia cuando se le pone así. Y de nuevo, «Sara vs el Vestido», y como siempre, el vestido tiene todas las de ganar. 
La imagen que le devuelve el espejo le da ganas de romperlo a cabezazos. Sí que es elástico, pero ese escote, ¿por qué diablos tiene que empezar tan abajo? Se le salen las tetas. Y es tan ceñido que las cartucheras parecen aún más redondeadas. Los niños tercermundistas que lo cosieron pensarían, entre puntada y puntada, cómo vengarse de gordas occidentales como ella. Se pone de puntillas para ver cómo sería con tacones: parece un botijo haciendo ballet. Mira hacia abajo. La uña de su rebelde dedo gordo derecho le ha roto el calcetín. Más que de llorar, Sara tiene ganas de amputarse medio cuerpo. ¿Por qué diablos le habrá dicho a Natalia que sí, que la acompañará al cotillón de Nochevieja de esa sociedad de snobs que una vez al año abre sus puertas a cualquiera dispuesto a pagar cincuenta euros? Ah, vale, que va el Óscar de los cojones, el pijo ése que Natalia ha conocido en su nuevo colegio. Sus padres la han sacado del instituto y la han metido ahí porque ahora tienen más dinero. Y aunque Natalia diga llevarse bien con sus nuevas compañeras, recurre a Sara cuando no les puede seguir el ritmo, a saber: fines de semana de esquí en los Alpes franceses o las exigencias de ciertas fiestas de cumpleaños. O cuando, sencillamente, necesita apoyo moral, como en esa ocasión. El problema (para Natalia) es que Sara es una jodida gorda difícil de adecentar. 
La cortina vuelve abrirse. «Buff, te queda fatal», le suelta Natalia con el palabra de honor rojo talla XS y los brazos en jarras. Parece la modelo de ese anuncio de perfume en el que una voz gangosa susurra en francés mientras la protagonista recolecta manzanitas de cristal en un bosque de videojuego. Una vez más, clientes y dependientas admiran sin disimulo el aspecto de Natalia y ella disfruta, aunque finja no darse cuenta. Pero aunque Natalia esté francamente guapa, Sara sabe que ni se acercará al tal Óscar. Porque Natalia sólo saca el carácter con ella. Como sucede entonces. «Sara, ¿por qué no haces la dieta pre- navideña que te dije, tía? ¿Es que no ves que no te puedes comprar nada mono?», la ataca. La respuesta de Sara es cerrarle la cortina sin decir nada. El tema de las dietas es su talón de Aquiles, del mismo modo que las matemáticas el de Natalia. La gente no la cree, pero ninguna le funciona. Se cansa a los pocos días y vuelve a la comida rica. Su cuerpo es un maldito ente rollizo que va a lo suyo. 
Para el final de la tarde, Sara y Natalia tienen sus vestidos de Nochevieja, en el caso de Sara, una suerte de saco plateado. Las dos caminan satisfechas por el centro, engalanado a conciencia con luces y adornos navideños. Entonces, se topan con ella. Sara no la ha visto hasta entonces, pero en cuanto percibe cómo Natalia se para y saluda a ese figurín de Instagram, sabe que se trata de ella: de la mil y una veces citada Mireia. Mireia, muy en su lugar, las saluda con dos besos en las mejillas. Natalia, todo dulzura y sonrisas, le pregunta si ya tiene vestido para el cotillón. «Síiiii», le contesta Mireia con satisfacción, las mejillas encarnadas de la emoción, los ojos color turquesa entornados: «Ahora mismo voy a la modista para la última prueba. Es que me he hecho el vestido a medida, con una tela super chula que compró mi madre cuando fuimos a Turquía. Así no hay riesgos de que me imiten, como les pasa a esas cutres que se compran el vestido en tiendas low cost». Y Mireia saca la lengua y guiña el ojo con picardía. Encuentro terminado. Mireia desaparece feliz y triunfal, moviendo como un poni de dibujos animados su impecable coleta rubia. 
El semblante de Natalia sufre un cambio radical: es como si de pronto le pasara por la cara una nube negra. Se lo piensa unos segundos, coge a Sara del brazo y en silencio la conduce de vuelta a la tienda. Y Sara, por primera vez en toda la tarde, se siente más feliz que Natalia: ella no devolverá su vestido. 

sábado, 20 de julio de 2019

Luz azul


―Tendríamos que haber cogido la visita guiada ―gruñó Sebastián―. Así no nos vamos a enterar de nada.
―No te preocupes, con todo lo que he leído en Internet no tendremos mejor guía que yo ―dijo Livia sonriendo, aunque tuviera ganas de abofetearlo.
Sebastián seguía molesto. Hacía demasiado calor y había demasiada gente. Mira que eran pegajosas aquellas hordas de turistas en bermudas haciendo cola. Qué mal casaba aquella estampa con las tinieblas asociadas a Vlad Tepes «El Empalador», que según contaban, había vivido en aquel castillo, una magnífica fortaleza medieval de puntiagudos tejados rojizos.
Sebastián sacó agua fría de su mochila y con desagrado comprobó que la condensación le había humedecido bastantes cosas. Pero no se quejó porque si lo hacía, Livia le recordaría que debería comprarse una cantimplora. Como ella, que era perfecta. Las chicas como Livia nunca metían la pata. Organizaban viajes estupendos y te hacían importantes favores, sí. Pero se guardaban el secreto a modo de arma arrojadiza.
Media hora tardarían Livia y Sebastián en entrar al castillo. Se hicieron fotos, muchas fotos, entre muebles suntuosos y estampas de Dráculas históricos y cinematográficos. Sebastián salió en todas con gesto risueño. Livia parecía feliz, aunque le sangrara un talón. Tendrían muchos likes cuando las subieran, una vez en casa.
Habían aparcado en una callejuela desde la cual se podía ver parte de la cúpula de la catedral de San Pablo. Hacía más de treinta grados y su coche de alquiler acababa de perder un espejo retrovisor por obra y gracia de un veterano conductor que les explicó convincentemente que la culpa había sido de ellos.
―Mira que no coger el seguro a todo riesgo… Somos imbéciles ―se lamentó Sebastián mientras Livia miraba y remiraba en los papeles grapados que llevaba en un portafolios.
―Sebastián, la idea era cogerlo, pero el tipo del aeropuerto me ha mareado y su inglés era muy confuso.
―¿Que su inglés era malo? Pues estamos en Malta, Livia: el inglés es el idioma oficial.
―Sí, pero el acento es horroroso, al menos, el de ese tipo.
La próxima vez ya hago yo el trámite. Al parecer, tu inglés no es mejor que el mío. Mucha escuela oficial de idiomas, y mira ―la acusó con rencor.
―Genial. A partir de ahora todas las conversaciones que necesitemos mantener con malteses las protagonizarás tú ―sentenció Livia amargamente.
Él no respondió.
―Sebastián, ¿qué tal estás?
El cuarto estaba en penumbra. Con suma dificultad, Sebastián se incorporó y contestó:
―Mucho mejor. No he ido al baño en toda la tarde. Y tengo hasta hambre.
Livia, preciosa con su caftán nuevo, se acercó y le puso la mano sobre la frente.
―Ya no tienes fiebre, parece, y es bueno que sientas hambre. Hablaré con recepción a ver si te pueden conseguir cosas limpias.  
El tono de voz de Livia, que se había pasado toda la tarde con un grupo de chilenos recorriendo El Cairo, era amable, pero algo frío. Consideraba aquella indigestión un castigo cuasi divino. Porque qué tonto se había puesto Sebastián cuando aquella curvilínea danzarina del vientre lo sacó a bailar. Cuando volvió a la mesa, todos los turistas le aplaudieron entusiasmados; Livia no. Estaba molesta, pero se limitó a mostrarse distante. Ella tenía clase. No como aquellas árabes, rusas o lo que fuera que le rondara a su novio.
―Gracias, Livia ―le dijo Sebastián antes de que saliera por la puerta. ¿Volvería luego con sus amigos chilenos? ¿Les contaría también a ellos que su novio era un inútil con un buen trabajo gracias a su padre?
En Sienna, mientras hacían un alto sentados en la Plaza del Campo, sucedió algo. De pronto, el bravo sol toscano se ocultó entre las nubes dejándolo todo cubierto de un triste velo azulado. Tan repentino cambio provocó que un sentido murmullo de decepción colectiva brotara del ambiente. Livia, en cambio, se mantuvo silenciosa y sin parpadear, entregada a la indescriptible sensación que de pronto la embargaba.
Sebastián chasqueó sus dedos a pocos centímetros del rostro de Livia.
―¿Qué te pasa? Estás como ida…
             Livia hizo un gran trabajo para poner en palabras lo que sentía.
            ―Sebastián, no sé si notas que este viaje que estamos haciendo… no es normal.
            ―¿Cómo que no es normal?
            Creo que llevamos viajando mucho tiempo, demasiado tiempo.
            ―No te entiendo, Livia. El viaje marcha según lo previsto. Dos días en Florencia; dos en Sienna, que es donde estamos ahora, y pasado mañana iremos a Cinque Terre. Allí estaremos otros dos días antes de volver a casa.
―Eso no es así. Y en el fondo lo sabes. Puede que en algún momento hayamos estado en Florencia, pero es imposible asegurar que eso sucediera «ayer» o «anteayer» porque ayer, anteayer y más atrás son conceptos que ya no tienen ningún sentido. Últimamente lo mismo hemos estado en Florencia que en Transilvania, Malta o El Cairo, pero sin ningún tipo de orden. Es como si el tiempo se hubiera transformado en una especie de tornado y nos hubiera atrapado en él, haciéndonos viajar y viajar de forma desaforada.
            Sebastián frunció el ceño. Qué diablos le estaba contando Livia. ¿Es que aún no le había perdonado su intrascendente tonteo con aquella colega ucraniana? ¿Volverle loco era su venganza?
            ―Livia, tú no estás bien. Eso es una locura.
―Sebastián: piensa. ¿No te das cuenta de que hace siglos, por decir algo, que salimos de casa?
            Sebastián decidió recurrir a la objetividad, como cuando discutía en el trabajo. Sacó el móvil y buscó el billete de avión Milán-Casa que tenía descargado.
            Con gesto triunfal se lo mostró a Livia.
            ―¿Ves? En cuatro días terminamos este viaje que comenzó hace tres. El tiempo sigue siendo una magnitud física dividida en pasado, presente y futuro. Otra cosa es que estés agotada y necesites echarte una buena siesta.
Livia quiso rebatirle, pero no le dio tiempo. El sol volvió a salir de entre las nubes, la piazza estuvo de nuevo bañada en luz ambarina, y ella y Sebastián continuaron con su viaje.

lunes, 31 de diciembre de 2018

El primo Elías


Llegué de la biblioteca minutos antes de las nueve, la hora a la que había que estar a la mesa so pena de ganarse una tremenda bronca. En cuanto estuve en casa sentí el reconfortante calor de la chimenea y percibí el delicioso olor de la cena de Navidad. Dejé los zapatos en la cocina y entré en el salón preparada para encontrarme con lo esperado: mi familia bien acomodada aguardándome para cenar. Y sí, allí estaban todos: papá, mamá, la abuela, el tío Moisés y la tía Rebeca con sus gemelas, el tío Manuel y la tía Almudena con sus hijos, Miguel y Alicia, …y alguien más. Uno más. Un crío de unos diez años sentado entre Miguel y Alicia. Enseguida reparé en aquella presencia, pero comencé mi ronda de besos como si nada. Sólo cuando me llegó el turno de saludarlo pregunté quién era. Mi pregunta desconcertó, sobre todo a la tía Almudena. Nunca olvidaré sus saltones ojos verdes clavados en mí. «¿Cómo que quién es éste? Carolina, es Elías, tu primo». Sonreí, agité la cabeza. «Pero qué primo Elías...». La tía Almudena se mordió el labio. «Carolina: Elías, mi hijo pequeño». Me alteré un poco. Opté por tranquilizarme buscando una explicación. «O sea, ¿que lo habéis adoptado?». Inconscientemente miré a las gemelas, que hasta hacía un año vivían en un orfanato ruso. Luego me dirigí a mis progenitores: «¿Cómo no me habéis dicho nada?». Mis padres guardaron silencio y se miraron con estupor. La abuela era feliz en su mundo. El tío Manuel se lo tomó a guasa. «¿Tan crecidito ves a Elías? El tiempo también pasa para ti, ¿eh?». «Pero tío Manuel, ¡que vosotros no tenéis más hijos que estos dos!». Y señalé a Miguel y Alicia. Miguel jugaba con su maquinita de marcianos; Alicia se enfadó. «Si esto es una broma, qué sentido del humor más chungo tienes», me acusó achuchando a Elías, que ocultó el rostro en el pecho de su hermana. La tía Almudena pidió ayuda a mamá. «Marina, no sé qué le pasa a tu hija esta vez». «¿Qué quieres decir con "esta vez"?», le preguntó papá cariacontecido. «Supongo que Almudena se refiere a cuando a tu hija le dio por alimentarse a base de lechuga y nos volvía locos en las comidas familiares», dijo el tío Manuel. Mamá no me defendió; me cogió por el antebrazo y me espetó: «Carolina, ¿qué andas? No habrás tomado algo raro para estudiar más, ¿verdad?». Gemí. «Mamá, no me he drogado. ¡Que en esta familia no hay ningún Elías!». Intervino papá. «O sea, que no recuerdas que tu primo Elías exista. ¿Ni tan siquiera te suena?». «No», dije, «¿el resto, todos, sí?». Moisés y Rebeca me miraron con lástima mientras contenían a sus gemelas para que no destrozaran el belén. Se me ocurrió algo. «Pues si Elías es de la familia, tendremos fotos de él, ¿no? ¡Mamá! ¿Dónde están los álbumes?», inquirí ansiosa. Nos acabábamos de mudar; las cosas no estaban donde siempre. Mamá frunció el ceño. «En alguna caja del camarote, pero ni se te ocurra ir. Está todo lleno de porquería y es tarde». El gesto de mi padre se volvió amenazante. «Basta ya, Carolina. Para una vez que preparamos la Nochebuena nosotros, nos estás amargando la fiesta». «¿Ves cómo tener la casa más grande no es lo más importante?», le susurró el tío Manuel a la tía Almudena. «¿Por qué no la lleváis a urgencias?», preguntó Alicia. La tía Rebeca depositó a su gemela en brazos de la impávida abuela y vino hasta mí. Me habló con dulzura: «Carolina, esa oposición es muy dura y llevas mucho tiempo con ella, ¿no será todo esto fruto del estrés? Elías es parte de la familia y os entendéis muy bien. En cuanto te relajes, seguro que lo recuerdas». Sólo faltaba que la tía Almudena soltara lo de siempre, que debería dejar de estudiar y ponerme a trabajar de lo que fuera. Pero el silencio era absoluto. Y la verdad es que yo estaba agotada. Cada día me costaba más almacenar en mi cabeza datos y más datos que me importaban un carajo. Sin embargo... ¿Quién demonios era Elías? No me rendí. «Pero por muy estresada que esté, ¿cómo puede ser que un primo se me haya borrado de la cabeza?». El tío Moisés mencionó cierta enfermedad mental en la que el enfermo cree que sus seres queridos son realmente criaturas siniestras disfrazadas. «Vamos, que pensáis que estoy teniendo una especie de brote sicótico», dije. «¿De verdad que no sabes quién es éste?», se metió entonces el insufrible de Miguel dándole una patadita a Elías. El reloj de cuco dio las nueve. Mamá se enderezó y señaló con aires dictatoriales la mesa, primorosamente puesta. Había que sentarse pasara lo que pasara. Todos dirigían sus ojos a mí con expectación. Decidí ganar tiempo. «¡Se acabó! ¡Que todo es una broma! Se nos ha ocurrido al grupo de opositores de la biblioteca. Hemos quedado en que cada uno lo haría en su casa. ¡Claro que reconozco a mi Elías!», exclamé. Oí un suave rumor general de alivio. Me acerqué a Elías y le pedí que, por favor, me perdonara, que era malísima gastando bromas. Alicia se puso tensa. Le acaricié la manita helada. Elías dejó de ocultar su rostro en el pecho de Alicia y me miró fijamente. Sus profundos ojos oscuros relampagueaban. Le pedí perdón de nuevo tan cariñosa como pude, y entonces Elías se deshizo de los brazos de Alicia y se precipitó en los míos. Lo recibí fingiendo afecto. Pero a Alicia no le hizo gracia, y apenas nos habíamos abrazado tiró de Elías para que volviera con ella. Fue agresiva, por eso provocó que la prótesis que cubría a Elías se rasgara un poco, dejando al descubierto, en la zona de la nuca, una pequeña porción de brillante piel negra. Sólo yo me di cuenta. Pero de momento no diría nada. Eran las nueve y había que sentarse a la mesa.

Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy

El turista accidental . Siempre me ha resultado curioso este título y la mezcla de sensaciones que me despierta: regocijo, suspense, cierto ...