me vas a utilizar, y que me abandonarás antes de que empiece el otoño. Cuento con ello. Pero el tiempo que estemos voy a hacer lo que mejor sé hacer: cuidarte, protegerte. En cuanto llegues a la casa de la playa para pasar todo el verano —otros años casi ni la pisas, pero no están las cosas como para irte al extranjero a estudiar idiomas—, fijarás tus ojos en mí, tus manitas me engancharán hábilmente, y con un mohín de fastidio me ofrecerás tu rostro. Entonces, comenzará lo nuestro. Algunas veces, sobre todo al principio, te olvidarás de mí. Te lo recordarán con severidad y tú me buscarás enfurruñada. Pero a medida que pase el tiempo, te acostumbrarás tanto a verter tu cálido aliento sobre mí que cuando no me tengas contigo te sentirás como desnuda. Me las harás pasar canutas. Tu dichosa costumbre de pintarte los labios de color frambuesa será mi perdición. Por no hablar de tu amor por el helado de chocolate y los perritos calientes. Con bien de ketchup y mostaza, ¿eh? ¡Gracias a Dios, también te gusta mucho el chicle de eucalipto! En la playa, prácticamente me comeré tu factor treinta, y cuando tus escandalosas amigas lleguen con sus toallas, te desharás de mí. Y me criticarás. Y ellas harán lo propio. Y nos compararéis. Aspecto, dinero, sustancia. Probablemente, salga perdiendo. Habrá días que, coqueta de ti, me utilizarás para hacerte la misteriosa frente a chicos de tu interés; hasta te meterás en el mar conmigo, sacándome con salitre por todas partes. Sólo cuando personas cercanas a ti, mayores y más sabias, alaben mis virtudes respaldándose en cifras tenebrosas, serás consciente de todo el bien que te hago. Y me tratarás con especial cariño, encargándote tú misma de mi cuidado. Sin embargo, como bien te he dicho al principio, sé que lo nuestro va a ser corto. Qué remedio. Si es que me han hecho así, para no aguantar para siempre. Sólo te pido que tengas conciencia, que cuando te deshagas de mi cuerpo lo hagas como Dios manda, sin contaminar aún más a Madre Naturaleza. No me lances al océano ni me entierres bajo la arena, hazme el favor. Lo harás, ¿verdad? Nada más por mi parte. Hasta pronto, mi niña. Tuya afectuosa, tu Mascarilla estival.
miércoles, 29 de julio de 2020
sábado, 11 de abril de 2020
Beerman
Hoy en la radio han dicho que los que nos
estamos quedando en casa somos verdaderos héroes.
No seré yo quien les
contradiga, si desde que ha empezado esto ya les he parado los pies a varios maleantes.
Es lo bueno de tener una terraza que da a la calle principal y contar con una generosa
provisión de cervezas y muy buena puntería: mi gran poder.
Y yo soy de los que piensan que todo gran poder
conlleva una gran responsabilidad.
De todos mis logros estoy especialmente
orgulloso del de ayer. Cada vez que me acuerdo de aquel pobre vagabundo… Se
trataba de un chaval larguirucho, despelujado y mal vestido, con ropa de
colores chillones que le venía grande, seguramente, sacada del economato. El chico
iba tan tranquilo por la calle, con una enorme bolsa de plástico donde debía de
llevar todas sus posesiones, y de repente, se le echaron encima tres
estrafalarios personajes: un tipo cubierto con una suerte de hábito de monja, una
vedette con un bañador con la bandera de los Estados Unidos y un pirado con
mallas azules y calzoncillos rojos. ¿De dónde diantre salieron semejantes esperpentos?
¿De un circo?
Gracias a Dios, fui rápido e hice lo que
tenía que hacer: bombardearles con mis latas de cerveza mientras gritaba bien
alto «¡Fuego, fuego!», la única manera de que la policía llegue. Y aquellos
payasos se quedaron helados. Dirigieron sus miradas a mi balcón y comenzaron a
increparme. Afortunadamente, mientras lo hacían, al pobre mendigo le dio tiempo
a escapar. Subió por la escalera de incendios de un bloque cercano ayudado por
una peculiar vecina, una mujer a la que debe de irle el sadomasoquismo a
juzgar por su atuendo de charol negro. De la bolsa sólo se le cayó un objeto,
un muñeco en forma de pingüino que en contacto con la acera comenzó a dar botes.
Una monería.
Pero a sus atacantes no les hizo nada de gracia, porque se
lanzaron sobre el juguete y lo hicieron añicos. Bestias. Me dieron ganas de
seguir aporreándolos, pero se esfumaron, seguramente amedrentados por mi
ataque. Y estaba a punto de entrar en el salón para skypear con mi familia, cuando
recibí una agradable sorpresa: de los balcones de toda la calle comenzaron a
salir vecinos y más vecinos a aplaudirme enérgicamente por mi acto de valentía.
Emocionado, les di las gracias con una reverencia. Justo entonces, las campanas
de la catedral de Gotham dieron las ocho.
Me gusta mi nueva ciudad.
lunes, 30 de diciembre de 2019
Vestidos de Nochevieja
Afuera, en la calle, comienzan a sonar villancicos enlatados. Los villancicos se fusionan con el reguetón de la tienda, creando una cacofonía imposible. «Pruébate éste, tiene mogollón de elastano», le dice Natalia con su tonito repelente descorriendo airadamente la cortina del probador. Un chico que acompaña a su novia ve a Sara en bragas, calcetines y jersey. Sara es consciente entonces de que no lleva depiladas las ingles y que tendría que haberse pasado un poco la maquinilla por las piernas, aunque su vello corporal no es nada comparado con las estrías asesinas que luce en barriga y muslos. «¡Natalia, tía!», grita suplicante. Natalia ni se inmuta. «Venga, cógelo. Yo voy a probarme el palabra de honor rojo».
Y, qué remedio, Sara coge el trapo número cuatro —más purpurina mata-tortuguitas marinas, más drapeado estilo interior de ataúd, más tela denterosa al tacto—, y toma aire. Con asco descubre que el desodorante ya la ha abandonado: el probador entero huele a su fuerte sudor, contra el que lucha sin cuartel desde los diez años
(y para el que no son nada recomendables las fibras sintéticas que protagonizan la colección de esa tienda). En busca de algo de frescor, se recoge la espesa melena en una cola de caballo. Como ha llovido, lo tiene muy encrespado. «Pareces una escarola», le suele decir Natalia cuando se le pone así. Y de nuevo, «Sara vs el Vestido», y como siempre, el vestido tiene todas las de ganar.
La imagen que le devuelve el espejo le da ganas de romperlo a cabezazos. Sí que es elástico, pero ese escote, ¿por qué diablos tiene que empezar tan abajo? Se le salen las tetas. Y es tan ceñido que las cartucheras parecen aún más redondeadas. Los niños tercermundistas que lo cosieron pensarían, entre puntada y puntada, cómo vengarse de gordas occidentales como ella. Se pone de puntillas para ver cómo sería con tacones: parece un botijo haciendo ballet. Mira hacia abajo. La uña de su rebelde dedo gordo derecho le ha roto el calcetín. Más que de llorar, Sara tiene ganas de amputarse medio cuerpo. ¿Por qué diablos le habrá dicho a Natalia que sí, que la acompañará al cotillón de Nochevieja de esa sociedad de snobs que una vez al año abre sus puertas a cualquiera dispuesto a pagar cincuenta euros? Ah, vale, que va el Óscar de los cojones, el pijo ése que Natalia ha conocido en su nuevo colegio. Sus padres la han sacado del instituto y la han metido ahí porque ahora tienen más dinero. Y aunque Natalia diga llevarse bien con sus nuevas compañeras, recurre a Sara cuando no les puede seguir el ritmo, a saber: fines de semana de esquí en los Alpes franceses o las exigencias de ciertas fiestas de cumpleaños. O cuando, sencillamente, necesita apoyo moral, como en esa ocasión. El problema (para Natalia) es que Sara es una jodida gorda difícil de adecentar.
Y, qué remedio, Sara coge el trapo número cuatro —más purpurina mata-tortuguitas marinas, más drapeado estilo interior de ataúd, más tela denterosa al tacto—, y toma aire. Con asco descubre que el desodorante ya la ha abandonado: el probador entero huele a su fuerte sudor, contra el que lucha sin cuartel desde los diez años
(y para el que no son nada recomendables las fibras sintéticas que protagonizan la colección de esa tienda). En busca de algo de frescor, se recoge la espesa melena en una cola de caballo. Como ha llovido, lo tiene muy encrespado. «Pareces una escarola», le suele decir Natalia cuando se le pone así. Y de nuevo, «Sara vs el Vestido», y como siempre, el vestido tiene todas las de ganar.
La imagen que le devuelve el espejo le da ganas de romperlo a cabezazos. Sí que es elástico, pero ese escote, ¿por qué diablos tiene que empezar tan abajo? Se le salen las tetas. Y es tan ceñido que las cartucheras parecen aún más redondeadas. Los niños tercermundistas que lo cosieron pensarían, entre puntada y puntada, cómo vengarse de gordas occidentales como ella. Se pone de puntillas para ver cómo sería con tacones: parece un botijo haciendo ballet. Mira hacia abajo. La uña de su rebelde dedo gordo derecho le ha roto el calcetín. Más que de llorar, Sara tiene ganas de amputarse medio cuerpo. ¿Por qué diablos le habrá dicho a Natalia que sí, que la acompañará al cotillón de Nochevieja de esa sociedad de snobs que una vez al año abre sus puertas a cualquiera dispuesto a pagar cincuenta euros? Ah, vale, que va el Óscar de los cojones, el pijo ése que Natalia ha conocido en su nuevo colegio. Sus padres la han sacado del instituto y la han metido ahí porque ahora tienen más dinero. Y aunque Natalia diga llevarse bien con sus nuevas compañeras, recurre a Sara cuando no les puede seguir el ritmo, a saber: fines de semana de esquí en los Alpes franceses o las exigencias de ciertas fiestas de cumpleaños. O cuando, sencillamente, necesita apoyo moral, como en esa ocasión. El problema (para Natalia) es que Sara es una jodida gorda difícil de adecentar.
La cortina vuelve abrirse. «Buff, te queda fatal», le suelta Natalia con el palabra de honor rojo talla XS y los brazos en jarras. Parece la modelo de ese anuncio de perfume en el que una voz gangosa susurra en francés mientras la protagonista recolecta manzanitas de cristal en un bosque de videojuego. Una vez más, clientes y dependientas admiran sin disimulo el aspecto de Natalia y ella disfruta, aunque finja no darse cuenta. Pero aunque Natalia esté francamente guapa, Sara sabe que ni se acercará al tal Óscar. Porque Natalia sólo saca el carácter con ella. Como sucede entonces. «Sara, ¿por qué no haces la dieta pre- navideña que te dije, tía? ¿Es que no ves que no te puedes comprar nada mono?», la ataca. La respuesta de Sara es cerrarle la cortina sin decir nada. El tema de las dietas es su talón de Aquiles, del mismo modo que las matemáticas el de Natalia. La gente no la cree, pero ninguna le funciona. Se cansa a los pocos días y vuelve a la comida rica. Su cuerpo es un maldito ente rollizo que va a lo suyo.
Para el final de la tarde, Sara y Natalia tienen sus vestidos de Nochevieja, en el caso de Sara, una suerte de saco plateado. Las dos caminan satisfechas por el centro, engalanado a conciencia con luces y adornos navideños. Entonces, se topan con ella. Sara no la ha visto hasta entonces, pero en cuanto percibe cómo Natalia se para y saluda a ese figurín de Instagram, sabe que se trata de ella: de la mil y una veces citada Mireia. Mireia, muy en su lugar, las saluda con dos besos en las mejillas. Natalia, todo dulzura y sonrisas, le pregunta si ya tiene vestido para el cotillón. «Síiiii», le contesta Mireia con satisfacción, las mejillas encarnadas de la emoción, los ojos color turquesa entornados: «Ahora mismo voy a la modista para la última prueba. Es que me he hecho el vestido a medida, con una tela super chula que compró mi madre cuando fuimos a Turquía. Así no hay riesgos de que me imiten, como les pasa a esas cutres que se compran el vestido en tiendas low cost». Y Mireia saca la lengua y guiña el ojo con picardía. Encuentro terminado. Mireia desaparece feliz y triunfal, moviendo como un poni de dibujos animados su impecable coleta rubia.
El semblante de Natalia sufre un cambio radical: es como si de pronto le pasara por la cara una nube negra. Se lo piensa unos segundos, coge a Sara del brazo y en silencio la conduce de vuelta a la tienda. Y Sara, por primera vez en toda la tarde, se siente más feliz que Natalia: ella no devolverá su vestido.
sábado, 20 de julio de 2019
Luz azul
―Tendríamos
que haber cogido la visita guiada ―gruñó Sebastián―. Así no nos vamos a enterar
de nada.
―No
te preocupes, con todo lo que he leído en Internet no tendremos mejor guía que
yo ―dijo Livia sonriendo, aunque tuviera ganas de abofetearlo.
Sebastián
seguía molesto. Hacía demasiado calor y había demasiada gente. Mira que eran pegajosas
aquellas hordas de turistas en bermudas haciendo cola. Qué mal casaba aquella
estampa con las tinieblas asociadas a Vlad Tepes «El Empalador», que según
contaban, había vivido en aquel castillo, una magnífica fortaleza medieval de puntiagudos
tejados rojizos.
Sebastián
sacó agua fría de su mochila y con desagrado comprobó que la condensación le había
humedecido bastantes cosas. Pero no se quejó porque si lo hacía, Livia le recordaría
que debería comprarse una cantimplora. Como ella, que era perfecta. Las
chicas como Livia nunca metían la pata. Organizaban viajes estupendos y te
hacían importantes favores, sí. Pero se guardaban el secreto a modo de arma arrojadiza.
Media
hora tardarían Livia y Sebastián en entrar al castillo. Se hicieron fotos,
muchas fotos, entre muebles suntuosos y estampas de Dráculas históricos y cinematográficos.
Sebastián salió en todas con gesto risueño. Livia parecía feliz, aunque le sangrara
un talón. Tendrían muchos likes cuando las subieran, una vez en casa.
Habían
aparcado en una callejuela desde la cual se podía ver parte de la cúpula de la
catedral de San Pablo. Hacía más de treinta grados y su coche de alquiler acababa
de perder un espejo retrovisor por obra y gracia de un veterano conductor que
les explicó convincentemente que la culpa había sido de ellos.
―Mira
que no coger el seguro a todo riesgo… Somos imbéciles ―se lamentó Sebastián
mientras Livia miraba y remiraba en los papeles grapados que llevaba en un
portafolios.
―Sebastián,
la idea era cogerlo, pero el tipo del aeropuerto me ha mareado y su inglés era
muy confuso.
―¿Que
su inglés era malo? Pues estamos en Malta, Livia: el inglés es el idioma
oficial.
―Sí,
pero el acento es horroroso, al menos, el de ese tipo.
―La
próxima vez ya hago yo el trámite. Al parecer, tu inglés no es mejor que el mío.
Mucha escuela oficial de idiomas, y mira ―la acusó con rencor.
―Genial.
A partir de ahora todas las conversaciones que necesitemos mantener con
malteses las protagonizarás tú ―sentenció Livia amargamente.
Él
no respondió.
―Sebastián,
¿qué tal estás?
El
cuarto estaba en penumbra. Con suma dificultad, Sebastián se incorporó y contestó:
―Mucho
mejor. No he ido al baño en toda la tarde. Y tengo hasta hambre.
Livia,
preciosa con su caftán nuevo, se acercó y le puso la mano sobre la frente.
―Ya
no tienes fiebre, parece, y es bueno que sientas hambre. Hablaré con recepción
a ver si te pueden conseguir cosas limpias.
El
tono de voz de Livia, que se había pasado toda la tarde con un grupo de chilenos
recorriendo El Cairo, era amable, pero algo frío. Consideraba aquella
indigestión un castigo cuasi divino. Porque qué tonto se había puesto Sebastián
cuando aquella curvilínea danzarina del vientre lo sacó a bailar. Cuando volvió
a la mesa, todos los turistas le aplaudieron entusiasmados; Livia no. Estaba
molesta, pero se limitó a mostrarse distante. Ella tenía clase. No como aquellas
árabes, rusas o lo que fuera que le rondara a su novio.
―Gracias,
Livia ―le dijo Sebastián antes de que saliera por la puerta. ¿Volvería luego con
sus amigos chilenos? ¿Les contaría también a ellos que su novio era un inútil
con un buen trabajo gracias a su padre?
En
Sienna, mientras hacían un alto sentados en la Plaza del Campo, sucedió algo. De
pronto, el bravo sol toscano se ocultó entre las nubes dejándolo todo cubierto
de un triste velo azulado. Tan repentino cambio provocó que un sentido murmullo
de decepción colectiva brotara del ambiente. Livia, en cambio, se mantuvo silenciosa
y sin parpadear, entregada a la indescriptible sensación que de pronto la embargaba.
Sebastián
chasqueó sus dedos a pocos centímetros del rostro de Livia.
―¿Qué
te pasa? Estás como ida…
Livia hizo un gran trabajo para poner en palabras
lo que sentía.
―Sebastián, no sé si notas que este
viaje que estamos haciendo… no es normal.
―¿Cómo que no es normal?
―Creo que
llevamos viajando mucho tiempo, demasiado tiempo.
―No te entiendo, Livia. El viaje
marcha según lo previsto. Dos días en Florencia; dos en Sienna, que es donde estamos
ahora, y pasado mañana iremos a Cinque Terre. Allí estaremos otros dos días
antes de volver a casa.
―Eso
no es así. Y en el fondo lo sabes. Puede que en algún momento hayamos estado en
Florencia, pero es imposible asegurar que eso sucediera «ayer» o «anteayer» porque
ayer, anteayer y más atrás son conceptos que ya no tienen ningún sentido.
Últimamente lo mismo hemos estado en Florencia que en Transilvania, Malta o El
Cairo, pero sin ningún tipo de orden. Es como si el tiempo se hubiera transformado
en una especie de tornado y nos hubiera atrapado en él, haciéndonos viajar y viajar
de forma desaforada.
Sebastián frunció el ceño. Qué
diablos le estaba contando Livia. ¿Es que aún no le había perdonado su intrascendente
tonteo con aquella colega ucraniana? ¿Volverle loco era su venganza?
―Livia, tú no estás bien. Eso es una
locura.
―Sebastián:
piensa. ¿No te das cuenta de que hace siglos, por decir algo, que salimos de
casa?
Sebastián decidió recurrir a la
objetividad, como cuando discutía en el trabajo. Sacó el móvil y buscó el
billete de avión Milán-Casa que tenía descargado.
Con gesto triunfal se lo mostró a
Livia.
―¿Ves? En cuatro días terminamos
este viaje que comenzó hace tres. El tiempo sigue siendo una magnitud física dividida
en pasado, presente y futuro. Otra cosa es que estés agotada y necesites echarte
una buena siesta.
Livia
quiso rebatirle, pero no le dio tiempo. El sol volvió a salir de entre las nubes,
la piazza estuvo de nuevo bañada en luz ambarina, y ella y Sebastián
continuaron con su viaje.
lunes, 31 de diciembre de 2018
El primo Elías
Llegué de la
biblioteca minutos antes de las nueve, la hora a la que había que estar a la
mesa so pena de ganarse una tremenda bronca. En cuanto estuve en casa sentí el
reconfortante calor de la chimenea y percibí el delicioso olor de la cena de
Navidad. Dejé los zapatos en la cocina y entré en el salón preparada para encontrarme
con lo esperado: mi familia bien acomodada aguardándome para cenar. Y sí, allí
estaban todos: papá, mamá, la abuela, el tío Moisés y la tía Rebeca con sus
gemelas, el tío Manuel y la tía Almudena con sus hijos, Miguel y Alicia, …y
alguien más. Uno más. Un crío de unos diez años sentado entre Miguel y Alicia. Enseguida
reparé en aquella presencia, pero comencé mi ronda de besos como si nada. Sólo
cuando me llegó el turno de saludarlo pregunté quién era. Mi pregunta
desconcertó, sobre todo a la tía Almudena. Nunca olvidaré sus saltones ojos
verdes clavados en mí. «¿Cómo que quién es éste? Carolina, es Elías, tu primo».
Sonreí, agité la cabeza. «Pero qué primo Elías...». La tía Almudena se mordió
el labio. «Carolina: Elías, mi hijo pequeño». Me alteré un poco. Opté por
tranquilizarme buscando una explicación. «O sea, ¿que lo habéis adoptado?». Inconscientemente
miré a las gemelas, que hasta hacía un año vivían en un orfanato ruso. Luego me
dirigí a mis progenitores: «¿Cómo no me habéis dicho nada?». Mis padres
guardaron silencio y se miraron con estupor. La abuela era feliz en su mundo.
El tío Manuel se lo tomó a guasa. «¿Tan crecidito ves a Elías? El tiempo
también pasa para ti, ¿eh?». «Pero tío Manuel, ¡que vosotros no tenéis más
hijos que estos dos!». Y señalé a Miguel y Alicia. Miguel jugaba con su
maquinita de marcianos; Alicia se enfadó. «Si esto es una broma, qué sentido
del humor más chungo tienes», me acusó achuchando a Elías, que ocultó el rostro
en el pecho de su hermana. La tía Almudena
pidió ayuda a mamá. «Marina, no sé qué le pasa a tu hija esta vez». «¿Qué
quieres decir con "esta vez"?», le preguntó papá cariacontecido. «Supongo que
Almudena se refiere a cuando a tu hija le dio por alimentarse a base de lechuga y
nos volvía locos en las comidas familiares», dijo el tío Manuel. Mamá no me
defendió; me cogió por el antebrazo y me espetó: «Carolina, ¿qué andas? No
habrás tomado algo raro para estudiar más, ¿verdad?». Gemí. «Mamá, no me he
drogado. ¡Que en esta familia no hay ningún Elías!». Intervino papá. «O sea, que
no recuerdas que tu primo Elías exista. ¿Ni tan siquiera te suena?». «No»,
dije, «¿el resto, todos, sí?». Moisés y Rebeca me miraron con lástima mientras
contenían a sus gemelas para que no destrozaran el belén. Se me ocurrió algo. «Pues
si Elías es de la familia, tendremos fotos de él, ¿no? ¡Mamá! ¿Dónde están los álbumes?»,
inquirí ansiosa. Nos acabábamos de mudar; las cosas no estaban donde siempre. Mamá
frunció el ceño. «En alguna caja del camarote, pero ni se te ocurra ir. Está
todo lleno de porquería y es tarde». El gesto de mi padre se volvió amenazante.
«Basta ya, Carolina. Para una vez que preparamos la Nochebuena nosotros, nos estás
amargando la fiesta». «¿Ves cómo tener la casa más grande no es lo más
importante?», le susurró el tío Manuel a la tía Almudena. «¿Por qué no la lleváis
a urgencias?», preguntó Alicia. La tía Rebeca depositó a su gemela en brazos de
la impávida abuela y vino hasta mí. Me habló con dulzura: «Carolina, esa
oposición es muy dura y llevas mucho tiempo con ella, ¿no será todo esto fruto
del estrés? Elías es parte de la familia y os entendéis muy bien. En cuanto te
relajes, seguro que lo recuerdas». Sólo faltaba que la tía Almudena soltara lo
de siempre, que debería dejar de estudiar y ponerme a trabajar de lo que fuera.
Pero el silencio era absoluto. Y la verdad es que yo estaba agotada. Cada día
me costaba más almacenar en mi cabeza datos y más datos que me importaban un
carajo. Sin embargo... ¿Quién demonios era Elías? No me rendí. «Pero por muy
estresada que esté, ¿cómo puede ser que un primo se me haya borrado de la
cabeza?». El tío Moisés mencionó cierta enfermedad mental en la que el enfermo
cree que sus seres queridos son realmente criaturas siniestras disfrazadas. «Vamos,
que pensáis que estoy teniendo una especie de brote sicótico», dije. «¿De
verdad que no sabes quién es éste?», se metió entonces el insufrible de Miguel
dándole una patadita a Elías. El reloj de cuco dio las nueve. Mamá se enderezó
y señaló con aires dictatoriales la mesa, primorosamente puesta. Había que
sentarse pasara lo que pasara. Todos dirigían sus ojos a mí con expectación. Decidí
ganar tiempo. «¡Se acabó! ¡Que todo es una broma! Se nos ha ocurrido al grupo
de opositores de la biblioteca. Hemos quedado en que cada uno lo haría en su
casa. ¡Claro que reconozco a mi Elías!», exclamé. Oí un suave rumor general de
alivio. Me acerqué a Elías y le pedí que, por favor, me perdonara, que era
malísima gastando bromas. Alicia se puso tensa. Le acaricié la manita helada. Elías
dejó de ocultar su rostro en el pecho de Alicia y me miró fijamente. Sus
profundos ojos oscuros relampagueaban. Le pedí perdón de nuevo tan cariñosa
como pude, y entonces Elías se deshizo de los brazos de Alicia y se precipitó
en los míos. Lo recibí fingiendo afecto. Pero a Alicia no le hizo gracia, y
apenas nos habíamos abrazado tiró de Elías para que volviera con ella. Fue
agresiva, por eso provocó que la prótesis que cubría a Elías se rasgara un
poco, dejando al descubierto, en la zona de la nuca, una pequeña porción de
brillante piel negra. Sólo yo me di cuenta. Pero de momento no diría nada. Eran
las nueve y había que sentarse a la mesa.
domingo, 11 de noviembre de 2018
Los vecinos
No eran ni las doce y media de la noche y, muy a
mi pesar, tuve que volver a casa. Algo que había comido o bebido en la fiesta me
había sentado mal, revolviéndome el estómago y provocándome mareos y escalofríos.
Aunque intenté vomitar, me fue imposible: en lugares públicos me daba demasiado
asco. No dejé que mis amigas me acompañaran a la parada de taxi. Lo conseguí
sola, con el cuerpo tembloroso y el maquillaje de catrina algo derretido por babas
y lágrimas de esfuerzo. Gracias a Dios el trayecto era corto. Cuando me tocó
pagar descubrí que me había dejado las llaves en otro bolso, pero no me preocupé,
mi hermano estaría en casa. La puerta del portal no fue problema porque me
crucé con la vecina del primero, una anciana algo demente, que sacaba al perro.
Pero una vez frente a la puerta de casa mi hermano no me abría. Tampoco
contestaba a mis llamadas, tanto al fijo como al móvil. ¿Podía ser que me
hubiera mentido y hubiera salido de fiesta aprovechando que nuestros padres estaban
ausentes? El malestar físico me era insoportable. Sólo quería mi baño y mi
cama. Rompí a llorar de la desesperación. Entonces se abrió la puerta de al
lado. Mis timbrazos debían de haber despertado a los vecinos. De la oscuridad brotaron
dos cabecitas. Me preguntaron si estaba bien. Me expliqué. Me invitaron a pasar. Accedí. Nada más entrar me topé con los otros dos miembros de aquel
hogar.
La
casa de los vecinos era tan grande como la nuestra pero estaba amueblada y
decorada de tal manera que parecía más pequeña. Todo lo que me rodeaba adolecía
de un insoportable aroma a demodé. No había demasiado luz. Sólo habían prendido
dos lamparitas. La madre me cogió el abrigo y desapareció murmurando "te
traeré algo". Sus hijos me ofrecieron una butaca. Los tres, de
pie y con batas de guata, me miraban entre la estupefacción y el reproche. Lo
achaqué a mi maquillaje. Gente tan religiosa como aquélla, con el pomo de la
puerta en forma de Jesucristo, debía de ver como una aberración Halloween y los
homenajes que en México les hacen a los muertos. "Me encuentro
fatal", me lamenté. "Podemos llamar al médico del sexto", dijo
la hermana pequeña, la de la cara de ardilla. La mayor, de rasgos zorrunos, la
miró con gravedad. "Ana", le dijo, "a esta niña lo que le pasa
es que ha bebido demasiado". Y la hermana pequeña, que cuando coincidíamos
en el ascensor me miraba todo el rato por el rabillo del ojo, bajó la cabeza. El
hermano se aclaró la garganta antes de hablar: "Belén tiene razón, Ana.
Esta chica lo que necesita es comer algo y meterse en la cama. Lo primero creo
que lo está arreglando mamá", y aquella mole de bigotes canosos torció la
nariz para aspirar los efluvios culinarios que comenzaban a llenar la sala.
"Oh, no. ¡No puedo comer nada, gracias! Si tengo el estómago fatal. Sólo
esperaré aquí a que llegue mi hermano", supliqué. Qué ganas tenía de salir
de aquella casa. No es que el resto de vecinos fueran lo que se dice normales,
pero aquellos en particular... Me daban especial repelús. Sobre todo porque
ponían una música insufrible y de vez en cuando se les oía lanzar
terribles risotadas al unísono. Esos eran los únicos sonidos que salían de
aquella casa. "No vamos a aceptar un no por respuesta", dijo el
hermano agachándose frente a mí. Tenía venillas rojas en los ojos y un olor
corporal muy fuerte camuflado con agua de colonia. Instintivamente, eché la
cabeza para atrás. El hombre dejó escapar una risita: "Tranquila, que no
te voy a hacer nada. Aunque en tu casa me llaméis el Enterrador". Al
escucharle me quedé petrificada. ¿Cómo podía...? La hermana pequeña añadió con
gesto rencoroso: "Y a mi hermana y a mí las Numerarias, atrévete a negarlo.
Hay habitaciones en este inmueble que son como auditorios: se oye todo".
La mayor también habló, con tono sosegado, mientras abría las puertas de una
alacena y sacaba menaje: "Aunque lo peor es que bromeéis con la idea de
que nuestro padre no esté enterrado, sino que lo tenemos aquí dentro,
momificado". "Qué gracia, ¿eh?", remató el hermano. Y yo sólo
logré articular una serie de penosas disculpas amparándome en el poco tiempo
que llevábamos en el edificio y en el sentido del humor tan malo que teníamos. Pero
no pude escapar de la comida. Me hicieron sentarme en una gran mesa comedor. La
hermana mayor me había colocado todo lo necesario. Yo apenas tenía energía para
resistirme. Pronto la madre entró portando una gran bandeja con platos humeantes.
"Voy a poner un poco de música mientras cenas", anunció la hermana
menor.
Con estupor observé la comida que tenía delante: callos,
chorizo a la sidra y un plato que con tan poca luz no logré identificar pero
que parecía un guisado. Todo carne, y resultaba que yo, además de tener el
estómago dolorido, era prácticamente vegetariana. Lo confesé con tono de súplica.
En los ojos de la madre creí ver cierta compasión, pero la hermana mayor la
eliminó de un plumazo recordando una olvidable ocurrencia de mi hermano: "Seguro
que los padres eran primos, así de raritos han salido los hijos". No supe
responder. Comenzó a sonar una canción antidiluviana, Madrecita de Antonio Machín. "¡Come!", me ordenó con
agresividad el hermano. Respiré hondo y me serví un poco del guisado. No olía mal.
Mis vecinos me miraban como si fuera un conejillo de indias. Corté un pedacito
de uno de aquellos grandes dados de carne y me lo metí en la boca con los ojos
lacrimosos, mastiqué lentamente, di un sorbo al vaso de agua que me habían
puesto y conseguí tragar. Afortunadamente mi estómago lo aceptó. Me sentí
aliviada. "No sabe mal. ¿Qué carne es está?", pregunté. Entonces los
cuatro lanzaron unas de aquellas risotadas a coro que tanto me repelían.
miércoles, 17 de octubre de 2018
Demencia estacional
Aletargado, somnoliento, postrado
sobre el suelo de la última cosecha,
sueño ya con tu llegada,
mi dulce deidad de belleza
subterránea.
Desde aquí huelo las flores
marchitas de tu tiara,
y percibo con horror agradable
tus ojos de máscara funeraria
agujereando impasibles
el vacío.
Sin tan siquiera saludarme
me tenderás tu aguileña
garra
de esmalte carcomido,
yo me perderé en los
pliegues de tu túnica oscura,
y ambos danzaremos contra
el estío.
Cuántas noches frías nos
aguardan,
¡oh, beldad
perturbada!
Llevo meses soñando con
este momento,
de dolor y
metamorfosis.
Llámame como quieras,
bebe de mí cuanto
desees.
En tu mortal
dentellada
percibiré ya la hoja
vieja, el fruto nuevo, la lluvia generosa.
Y mísero de mí, te
entregaré mi reinado bruñido
para que lo cubras de
niebla y melancolía.
Bienvenida, hermana Otoño.
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Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy
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