domingo, 20 de septiembre de 2015

Cosas que me gustan: En tierra extraña, de Icíar Bollaín

"¿No encuentras trabajo? ¿Por qué no te vas fuera? A trabajar en lo que sea, porque cualquier cosa es mejor que estar aquí sin hacer nada, ¿no? Aunque sea durante una temporada... Y así aprendes o mejoras el inglés, el francés o el alemán... Total, qué pierdes... Y te vendrá muy bien para el CV. A los entrevistadores no les gusta ver que has estado mucho tiempo sin hacer nada, porque piensan que eres un vago o que no has sabido buscarte la vida, y ellos buscan gente espabilada y que no pare quieta, ¿me entiendes?"

Seguro que a muchos os sonarán estas palabras. 

Muy bien, esta vez no me voy a explayar. 

Sólo decir que irse fuera a trabajar "en lo que sea", "cualquier cosa antes que estar sin hacer nada", conlleva un montón de cosas desagradables, sobre todo, cuando se hace a cierta edad, dejando de lado un buen rosario de estudios en los que se ha invertido mucho tiempo, esfuerzo, dinero e ilusión, y la vida social y familiar que se tenga, por supuesto. 

Porque este post es para que sepáis que existe En tierra extraña, un magnífico documental de Icíar Bollaín que retrata a una pequeña parte de los miles de jóvenes y no tan jóvenes españoles que han tenido que huir de su país en busca de ese (actualmente) privilegio llamado Trabajo. La directora se centra en la peculiar colonia española de expatriados forzosos que existe en la ciudad escocesa de Edimburgo. Si hubiera querido hacer una gira por más de estas ciudades "refugio" no habría dado  abasto...




Y sobran las palabras cuando se ve a una ingeniera de 30 años con Master e idiomas, guapa, educada y serena explicando que trabaja haciendo camas en un hotel, a un biólogo en un local de fast-food, o a una muchacha andaluza hablando por Skype con su entusiasta abuelo que la anima a "hacer la revolución" y "echar a los chorizos del poder".

¿Por qué no emitirán este documental en horario de máxima audiencia, en una cadena que todo el mundo tenga en su casa?  Merecería la pena. 




miércoles, 16 de septiembre de 2015

Consultoría Smile (y III)

(...)
—De todos modos, quiero que te vea otra compañera, X Y, de Madrid, que ocupa el puesto Z. Viene la semana que viene, y su opinión va a ser determinante para ver si te aceptamos para las prácticas —me comentó mi entrevistadora a modo de despedida, citándome para la semana que venía. Y yo me despedí de ella y del mudo muy sonriente y agradecida.

(...) 

Pero la segunda entrevista, con la consultora recién llegada de Madrid, no fue bien en absoluto. Y eso que aquel día el sol brillaba como un día de primavera, y yo llegué sonriente y feliz y vestida de la forma más juvenil de la que fui capaz sin dejar de parecer elegante, y cuando entré en la oficina y me encontré con mi primera entrevistadora, la saludé con una sonrisa deslumbrante y un enérgico apretón de manos, y cuando entré en la ya conocida sala de reuniones, me senté frente a la puerta a la espera de mi segunda entrevistadora sin dejar de sonreír, sin dejar de sonreír…
Mi segunda entrevistadora resultó ser una mujer de mediana edad, rostro agraciado, indumentaria más bien de sport, gesto risueño y, cómo no, sonrisa a prueba de bombas, mano firme y palabras amables. Y la entrevista fue prácticamente un calco de la anterior sólo que sin pruebas de idiomas, tanto que me sentí relajada y feliz en todo momento porque creía que ya me sabía todos los trucos para salir adelante. Pero resultó que me relajé demasiado, que me confié, que llegué a pensar que aquella gentil mujer que tenía delante era casi como una amiga de la familia, y hubo dos momentos, dos funestos momentos, en los que la pifié. El peor, sin duda, fue el segundo.
1) dejé que mi humor negro, al que siempre trataba de reservar para mi círculo más íntimo, fluyera libre: hice una broma sobre los cementerios parisinos y el hecho de que mis escritores preferidos estuvieran todos muertos, mofa que a mi interlocutora no le hizo ni pizca de gracia. Su cara fue todo un poemario.
2) respondí con sinceridad a una decisiva pregunta. “¿Y por qué quieres trabajar aquí, con nosotros, Anabel?”, preguntó mi entrevistadora. “Porque tras haberme preparado a conciencia en diferentes disciplinas tengo ya edad y ganas de sobra para entrar, por fin, en el mundo laboral”, respondí yo. ¡Crack! Craso error, pequeña. Game Over.
El gesto de la Risueña se tornó lúgubre y funerario, se le congeló la sonrisa y toda ella se volvió áspera, soberbia y condescendiente, elevando ligeramente el mentón, hinchando las narices y abriendo mucho los ojos. Un digno clon de mi prima Virginia cuando su ego lucía especialmente saludable.
—Anabel —me dijo con un tono escalofriantemente didáctico—, te daré un consejo: no es trabajo, así, a secas, lo que deberías buscar, sino algo que realmente te satisficiera.
The end. La entrevista terminó. Nuevo apretón de manos, sonrisas, extraña y larga mirada de mi entrevistadora a mis zapatos estilo Oxford (¿Le gustarían o le repelerían? Nunca lo sabré), y una última advertencia: “Si te escogemos, te llamaremos. Si no te llamamos, pues es que no te hemos escogido”. En resumen, un silencio negativo me llevaría a un nuevo rechazo. Ni siquiera un mail tipo, perezoso y robotizado, para decirme que no. No me esperaba eso de una gran consultoría internacional como aquélla.
Salí de la entrevista con el barato, artificial, mezquino, infantil, perverso, estúpido y banal consejito último flotando por mi mente. Era mediodía y en apenas unas horas empezaban mis clases de la Didascalia. Comí sin apetito y muy intranquila, y cuando ya estaba saliendo de casa para tomar el autobús rumbo a la universidad recibí un mensaje de móvil de Elena, una compañera de clase, diciéndome que le habían dado las prácticas en la consultoría a ella, que dejaba las que ya tenía por aquéllas, mucho más atractivas. Pero que no me preocupara, que hablaría con su ya ex jefa para que me dejaran incorporarme al puesto que ella dejaba vacante.
Y sentí que la tierra se abría bajo mis pies y me arrastraba a los terrenos de una pesadilla. ¿Qué diablos pasaba allí?

 Resultó que Elena, a pesar de disfrutar de unas prácticas en una buena empresa del centro desde hacía varias semanas, también había sido entrevistada en la Consultoría Smile. Y había pasado los dos filtros, el de la rubia del moño y el de la Risueña, sin problemas ni ningún tipo de feedback. La quisieron sin cortapisas. 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Consultoría Smile (II)


A mi entrevistadora también pareció gustarle mucho “mi afición literaria coronada con un premio tan goloso”, y que yo hablara idiomas, y me pidió que, si era tan amable, les contara en inglés a ella y a su compañero (¿De verdad que aquel chico estaba allí presente?) en qué habían consistido las prácticas de mi Master “literario”. Y yo les relaté lo que me pedían intentando mostrar la gran riqueza de mi vocabulario en lengua inglesa y mi exquisita pronunciación, más british que estadounidense, siempre en forma gracias a mi afición a ver películas en versión original. Los gestos de mis entrevistadores, que incluso se miraron entre ellos con un leve y halagüeño asombro, me llenaron de satisfacción. Les había sorprendido para bien. Ya, entonces, no había duda: el puesto iba a ser mío.

 Afuera el sol no dejaba de brillar, piaban algunos pajarillos, y mi entrevistadora me confesó que mi inglés era muy bueno y que era una lástima que ni ella ni su compañero hablaran francés para que pudiera demostrarles que “seguramente” también lo dominaba. Y que aquello era un plus, porque para trabajar allí, los idiomas, especialmente el universal inglés, se valoraban mucho. Entonces, creí, me pareció, escuchar un tímido pajarillo piando en lo alto de uno de los altos y elegantes arbolitos urbanos de la Gran Vía bilbaína toda una melodía jubilosa dedicada a mi persona. El cumplido penetró en mí como maná divino tras una árida y llena de padecimientos marcha por el desierto. Y me sentí dichosa. ¿De verdad, podía ser, que el puesto, unas prácticas consistentes en seleccionar personas, y en pleno centro de la ciudad, al lado de casa, en unas oficinas ideales, ¡y con muchas posibilidades de quedarse después! (algo que me dijo mi linda entrevistadora), estuviera a punto de caer en mis decepcionadas y menospreciadas garras?

Oh, claro qué no. Nooo. ¡No! No.

Algo así no ocurrió. Porque después de elogiar mi buen inglés y de hacerme describirme a mí misma en no sé cuántos en adjetivos y de expresar qué pensaba que podía aportar a su empresa (mis asépticas respuestas les dejaron más bien indiferentes), la consultora me avisó de que la entrevista ya había terminado y que entonces quería darme su feedback. Feedback, una palabra inglesa y esplendente que equivale a “la impresión que me has dado”. Y aquel feedback no fue en modo alguno bueno. No, señor…

A) Mi entrevistadora consideraba que debía haberme sentado mirando a la puerta, en cualquiera de los asientos que allí había dando a la puerta, y no de espaldas a ella.

El shock que me produjo semejante observación me impidió preguntarle cuál era la explicación psicológica, seguramente interesantísima, que aclaraba que no era bueno que el candidato no se sentara mirando a la puerta. Pero era fácil de adivinar por dónde iban los tiros. Seguro que aquello, sentarse en un lugar desde el cual no se podía estar completamente alerta a ver quién entraba en la sala, denotaba falta de interés, pasividad, descuido.  Million Dollar Baby vino a mi cabeza, esa escena en la que Hillary Swank, por no seguir el insistente consejo de Clint Eastwood de estar siempre en guardia, es funestamente golpeada por la espalda.

B) Mi entrevistadora me afeó el hecho de que le hubiera dado la mano con tan poca fuerza. Con muy poca fuerza. “Casi no has apretado, has hecho así —y me coge la mano, y siento que algo frío hecho de carne y hueso me la envuelve, y me la suelta, un visto y no visto, y a regañadientes reconozco que eso resulta poco agradable—, algo completamente diferente a esto, ¡aprieta! —y me vuelve a coger la mano, pero ahora aprieta sin llegar a hacerme daño, y yo hago lo propio, nos agitamos enérgicamente las manos y se queda feliz y satisfecha—, ¡muy bien! ¿Ves que sensación tan diferente?”. Sí, lo veo, lo noto y lo siento. Y sobran las explicaciones: está claro que una persona que  saluda apretando bien la mano y mirando a los ojos denota mucha seguridad y un buen puñado de cosas buenas que comienzan por “auto”. El chico parece estar de acuerdo, pero noto algo de compasión en sus grandes ojos pardos. Y se la agradezco.

C) Y que por qué no sonreía más. Que se me veía muy seria, muy grave, muy… sufrida. Mi entrevistadora parece tan afectada mientras me explica la imagen tan poco luminosa que he transmitido durante toda la entrevista, que me entra, ahora sí, la risa, no la sonrisa, sino la pura, desesperada y harta de críticas risa. ¡JAJAJAJA…! Y mi entrevistadora también se ríe porque cree que su mensaje ha calado hondo, y el chico también ríe, los tres reímos, y mi entrevistadora se siente satisfecha. Todos sus años de Psicología, Recursos Humanos y quién sabe cuántos cursos sobre la conducta humana han valido para algo. “¿Ves? ¿Ves cómo todo es más agradable si sonríes? ¿No te das cuenta de la cantidad de cosas buenas que estamos transmitiendo aquí, ahora mismo, por el simple hecho de sonreír relajada y gustosamente?”. Afirmo con la cabeza sonriendo dulcemente. Esto ya es, directamente, ¡un musical! All you need is a big smile… La, la, la… Ahora, mi entrevistadora se levantará y hará el pino puente sobre la mesa, y su compañero sacará una chistera y un bastón de algún sitio y comenzará a girarlo en el aire con una habilidad demencial, y los dos cantarán a pleno pulmón que all you need is a big smile, la, la, la…

jueves, 10 de septiembre de 2015

Cosas que me gustan: Penny Dreadful

Cuando ya está a punto de irse el verano, quien escribe este blog se dispone a redactar una entrada personal (ya van varias, aunque no demasiadas), más allá de los extractos de su novela sobre la desempleada irredenta Anabel.

Y el motivo es contarle al mundo lo mucho que me gusta una serie de televisión, Penny Dreadful, de capital estadounidense pero ambientación inglesa, victoriana, nada más ni nada menos, ese período tan singular (clásico y rígido en cuanto a formas pero cuna y ecosistema de grandes amantes y practicantes del ocultismo y lo macabro) que toma su nombre de quien reinaba en el momento (finales del siglo XIX, primerísimos del XX), la monarca Victoria, una robusta mujer de gesto severo y no menos inflexibles costumbres. O al menos, eso nos han contado...


La cuadrilla protagonista al completo
Antes de ponerme a hablar de Penny Dreadful tengo que decir que yo me he mantenido y me sigo manteniendo en una extraña posición con respecto a los seriéfilos de pro. No creo que haga falta recordar que desde no hace demasiado vivimos una oleada de seriemanía, pero lo haré.

En los últimos tiempos la televisión ha sido inundada por tropecientas series de todo tipo, envoltorio y duración, maniobra arropada por una campaña más o menos sutil pro-tele (con consignas como que el verdadero arte audiovisual lo copa ahora la otrora caja tonta, o que los astros de Hollywood no sólo no temen bajar de caché por hacer series, sino que lo piden ansiosamente). Aunque, lógicamente, las series que más ruido han hecho han sido las protagonizadas por grandes estrellas y que han recibido los halagos de la crítica y el favor del público. Ambos parabienes a la vez, logro harto complicado.

El caso es que las series que tenían que gustarme sí o sí (Breaking Bad, Juego de Tronos, True detective o, incluso, la pionera en este tema, Perdidos) no han terminado de calarme. Y eso que lo he intentado y reconozco lo bien hechas e interpretadas que están, claro que sí, pero no ha habido manera de que alguna de ellas lograra que dijera "ésta es mi serie, sí señor. Me muero por ver el siguiente episodio. El actor X o la actriz Y es un genio, su personaje no se me va de la cabeza...", reflexiones que creo que le deben brotar  a uno cuando encuentra una serie que le gusta de veras.


En cambio, sí que he logrado engancharme a series "menores" (con sus miles de fans y seguidores, sí, pero no tan deluxe) como la simpática pero algo ingenua El Mentalista, The Walking Dead (que aunque sea de las más vistas recibe buenas dosis de estopa por parte de la crítica y de ciertos espectadores que la siguen pero sin dejar de gruñir que podrían hacer las cosas mucho mejor) o el horror delicatessen de Hannibal, de la que ya hablé aquí y que, desgraciadamente, parece que no volveré a ver tras finalizar su tercera temporada (atención, SPOILER!), en un episodio que parece un homenaje al relato de Arthur Conan Doyle El problema final , en el que Sherlock Holmes y el profesor Moriarty llevan su odio hasta las últimas consecuencias en unas cataratas suizas.

Y hablando del buen detective de Baker Street... Creo que la única excepción a esta forma mía de seguir la corriente seriéfila que nos asola es la monumental, genial, exquisita y terriblemente buena Sherlock, una serie de culto que tiene un extraño formato que le va de perlas (pocos episodios por temporada y cada episodio en forma de una película de corta duración), que deja a todo dios con la boca abierta y de la que hablaré otro día, y la exquisitamente demencial Penny Dreadful, la que hoy nos ocupa.

Espere un poco, señor Holmes. En breves le dedicaré una entregada entrada...


La primera imagen que se me vino a la cabeza cuando leí que habían rodado una serie de temática oscura llamada Penny Dreadful fue la de una villana de comic. No por nada, Penny Dreadful es una de las malas que aparecen en un par de tebeos de mi colección (del año de la pera, todo hay que decirlo), una chica miembro de un grupo de supervillanos llamado Helix y cuyo poder es que su cuerpo sirve como un perfecto transmisor de electricidad. En el comic explican que la llaman Penny Dreadful, "peñique terrible", ya que, como buen peñique de cobre, la muchacha es una lograda transmisora de electricidad, perfecta para electrocutar enemigos, arreglar bombillas y cosas así. Me quedé con esta explicación en cuanto la leí. Pero años después, no recuerdo muy bien cómo, descubrí que semejante nombre/apodo esconde un fondo mucho más ingenioso: porque literalidades aparte, los llamados "penny dreadful" eran unos folletines repletos de historias sensacionalistas que se vendían en el Londres victoriano por el módico precio de un peñique. Ajam... Fíjate tú. Había más fondo en el asunto...

Con todos ustedes, la señorita Penny Dreadful, una pelirroja electrizante...

Obviamente, es este guiño el que tomó el creador de Penny Dreadful para tejer su serie. Y la verdad es que le viene ni que pintado.


Pero, ¿cuál es la historia que cuenta Penny Dreadful?


Pues aunque ahora me parezca imposible, tengo que confesar que en cuanto supe de qué iba exactamente la serie sentí cierto recelo y algo cercano al rechazo al tratar de asimilar tanta mezcolanza. Me explico: en el lúgubre Londres victoriano de finales del XIX se juntan varios personajes peculiares y poderosos a su manera para tratar de hallar a una joven desaparecida en extrañas circunstancias que responde al nombre de Mina Murray (sí, sí, la novia de Drácula de toda la vida) y otros que sin participar en la loable misión, andan por ahí dando guerra.



Un más intenso que nunca Victor.
Y sin tener que enseñar musculitos, ¿eh, Kenneth?
El actor es bueno,
¿de veras hacen falta esos faros visuales?
Y el núcleo de este grupito lo forman, atentos: el padre de Mina, Sir Malcom Murray, un explorador de buena cuna que es un cruce entre el Doctor Livingstone y Miguel de la Quadra-Salcedo y que está interpretado por un James Bond más bien sosainas, Timothy Dalton; el ayudante africano de éste último, un hombretón fiel y silencioso de oscuro pasado llamado Sembene (buen trabajo actoral del por ahora desconocido Danny Sapani); un habilidoso pistolero norteamericano al que pone carne y voz Josh Harnett, el pobre chaval de Pearl Harbor, que ha acabado siendo una suerte de Brad Pitt moreno; el mismísimo Victor Frankstein, un joven y virtuoso doctor atormentado y solitario con tendencias que rozan (o tocan directamente) la necrofilia, y que no sería lo mismo sin el superior actor que le da vida, Harry Treadaway, y su creación, un monstruo de Frankstein más existencialista que nunca y que aunque esté bien encarnado por el actor Rory Kinnear, en mi humilde opinión, su estilismo podría haber estado mucho mejor (prescindiendo de las lentillas fanta naranja, por ejemplo); el bello, delicado, vicioso, hedonista e insoportablemente risueño Dorian Grey (menudo mix, ¿no?), del que muchos conocemos desde hace tiempo su secreto, y por encima de todos estos hombres, ella, La Mujer, el pilar maestro sobre el que se levanta toda esta locura de trama, la vidente/bruja/diosa egipcia resucitada Vanessa Ives, la muchacha que pasó de ser la mejor amiga de Mina a una traidora de tomo y lomo. 


Miss Ives es la obra maestra de Eva Green, esa extraña actriz francesa que habla un inglés perfecto y que se tiñe el pelo de negro cuervo y cuyo sobrehumano talento brilla con supremacía perversa en cada una de sus apariciones en esta serie. Porque por si no lo sabíais, éste es el papel de su vida.

Porque Eva Green, que me provocó rechazo en Soñadores (porque odié esa película entera) y que me gustó como Vesper Lynn, es Vanessa Ives, y por extensión, Penny Dreadful, el Londres victoriano y toda la razón de ser de este tinglado. Y por lo que parece, Eva está en su salsa en esta serie, rodeada de monstruos, brujas, diablos, hombres lobos, perversos sexuales y jacks destripadores (aún no, pero se le huele, se le intuye), y te la crees en todos sus registros, tanto si es una princesita celosa de la boda de su mejor amiga y presa fácil para las tentaciones del Lado Oscuro, una chalada poseída con los ojos en blanco que raya y despedaza con frenesí  muebles, paredes y colchas, o una dama algo fría pero amable que asiste a todo tipo de reuniones sociales con gesto sereno (pero siempre alerta) y luciendo inolvidables modelitos con toques goticunos. 

Eva endemoniada

Eva de paseo

Si el tío Oscar premiara indistintamente interpretaciones televisivas y cinematográficas, yo lo tendría claro: Eva Green tendría que ser la Mejor Actriz del Año por cualquiera de los episodios de esta serie. Sus ojos color índigo, de mirada vetusta, calculadora y reveladora, como de otro mundo, encierran más gravedad, dolor y enigmas que cualquier aspaviento desmadrado de otras actrices de su generación, y ni siquiera cuando ríe con ganas, casi siempre sin enseñar los dientes, se parece remotamente a otras intérpretes.

Por lo demás, que menudo texto me está saliendo, decir que con este argumento Penny Dreadful podría haber sido una de esas series que tanto me espantan, en la que chicos y chicas de belleza aniñada clavan estacas en corazones de plástico o muerden pescuezos para beber sangre de granadina sin que se les corra el maquillaje o se les deshagan las ondas al agua. O una mala prolongación televisiva de la La liga de los Hombres Extraordinarios o el cachondeo de Van Helsing (personaje que hace un cameíllo, por cierto).

Pero no. No. Los actores mencionados, el vestuario exquisito, la ambientación sobresaliente, los personajes secundarios, toda clase de aberraciones sanguinarias (y sexuales) rodadas con tanto gusto que son tolerables, y una música exquisita, obran el milagro.

Una de las brujas de la Segunda Temporada.
Una Bathory aficionada al vudú con muñecas de porcelana

En resumen, que Penny Dreadful es, sin duda, mi serie, ex aequo con Sherlock, eso sí. Y que espero ansiosa su tercera temporada para 2016.

PD: me he "comido" a Billie Piper y a su imprescindible prostituta primero/monstruita después, esencial para terminar de pulir a varios varones de la función, al pobre Victor especialmente...


martes, 8 de septiembre de 2015

Consultoría Smile (I)



Y llegamos a mi sexta y última entrevista, doble, además. Mi preferida.
Ya no podía fallar. Era imposible. Sólo quedaba yo por colocar de toda la Didascalia: aquel puesto tenía mi nombre. El lugar: una multinacional dedicada a la consultoría de Recursos Humanos. Si me escogían para aquellas prácticas tendría la ocasión de aprender a seleccionar personal para empresas, para diferentes puestos, posibilidad que me llenaba de una perversa excitación, porque de lograr el puesto, le daría la vuelta a la tortilla, yo tomaría la sartén por el mango, sería yo la mandamás sabia e intuitiva dedicada a decir quién sí y quién no merecería ocupar cierto empleo. Pero mi lado más prudente me advertía de que no debía cantar victoria tan deprisa, que cabía la posibilidad, remota y extraña, de acuerdo, pero real, de que no me quisieran allí.
Fuera como fuera, me vestí con especial esmero para mi entrevista de trabajo en la famosa consultoría, sita en plena Gran Vía de Bilbao, a unos diez minutos de mi casa, y me dije que todo iba a salir bien. El sol de finales de otoño brillaba en el cielo de la Villa y no caía ni una sola gota de agua del cielo.
La consultoría ocupaba toda una planta, y pese a estar dentro de un edificio muy antiguo y señorial, contaba con una decoración moderna y minimalista, con su potente logo rojo y azul impreso por todas partes.

Me recibió una simpática recepcionista que me invitó a entrar y acomodarme en una pequeña y pulcra sala de reuniones parecida a donde me había entrevistado el Sonrosado. Cerró la puerta de inmediato y tomé asiento en la primera silla que tuve delante, una que me dejaba de espaldas a la puerta. En el respaldo dejé bien colocado mi abrigo anaranjado y me preparé para la entrevista, intentando mantener mi espalda recta, respirando hondo y comprobando que mi pelo estaba perfectamente alisado y que el broche con el que cerraba el escote triangular de mi vestido se mantenía a raya. Enseguida aparecieron allí mis entrevistadores; tuve que girarme para recibirlos. Un chico y una chica. Ambos jóvenes, más o menos de mi edad. Elegantemente vestidos. Con aspecto muy agradable, pero desde el primer momento, desde que estrechó fuertemente mi mano y me clavó sus redondos ojos verdosos, quedó claro que la chica llevaba las riendas (hasta tal punto las llevaba, que el chico prácticamente no abrió la boca durante los cuarenta minutos que duró todo). La chica, jersey de cuello cisne, moño rubio ceniza, perlas diminutas y pulcro maquillaje, enseguida dejó de lado la simpatía inicial para mostrar un gesto todo concentración y rigurosidad y bombardearme a preguntas con una copia de mi CV como guía. Lo de siempre, que por qué, por qué, por qué…, dando especial importancia, a juzgar por el tiempo que le dedicó al tema, a mi estancia en París para estudiar danza. Yo hablaba muy seria, rigurosa y solemne, acorde a la seriedad, rigurosidad y solemnidad con la que era preguntada, como si aquella joven entrevistadora vestida como una mujer de cincuenta y yo danzáramos un baile de salón del que yo no conocía los pasos pero ella sí, y por eso tenía que dejarme dirigir por mi pareja para tratar de hacer las cosas bien. Y en aquel ambiente tan protocolario no me parecía apropiado hacer algún comentario cómico, dejar deslizar alguna ironía o permitirme cualquier licencia que turbara lo más mínimo tanta profesionalidad. 

miércoles, 5 de agosto de 2015

¿Sueñan los androides con consultores de RR.HH. eléctricos?


La segunda entrevista en busca de las prácticas soñadas la tuve en una empresa situada en un Parque Empresarial vizcaíno, bastante alejado de Bilbao. Para llegar hasta allí, como no tenía carné de conducir y mi padre no podía acercarme por encontrarse trabajando, tuve que tomar un autobús que me dejó, literalmente, en mitad de la carretera, en una parada que no contaba con una marquesina propiamente dicha, a merced de camiones gigantescos y coches amenazantes que pasaban en ambas direcciones como centellas, dejando un festival de nubes tóxicas a su paso. Había que levantar y agudizar la vista para alcanzar a ver el mamotreto industrial que se levantaba a bastantes metros de allí, y por ningún lado se veían caminos decentes para arribar al lugar. Entonces, allí, vestida pulcramente con mi traje de chaqueta oscuro y bien cortado, calzando mis zapatos de salón negros que sólo me ponía para ocasiones especiales y bien amarrada a mi grueso bolso de piel como si fuera mi única ancla en aquel amenazante entorno, me dije cual slogan: “Éste es un mundo de coches”. Podría haberse tratado de un anuncio de coches perfecto, sólo que con una modelo vulnerable y un mensaje subliminal algo agresivo: “Si no conduces, eres una pulga atropellable”.

Con suma dificultad y sin ser herida de ninguna manera (milagrosamente: la señalización dejaba mucho que desear), logré arribar a la empresa que me había reclamado para una entrevista, un bloque tosco e intimidatorio de hormigón, cristal y metal plantado entre otros pabellones vistosos pero con aspecto de estar deshabitados. Aquello parecía el escenario perfecto para una película de zombis, donde se esconden y atrincheran los supervivientes mientras los muertos vivientes los rodean y acechan sin tregua.

Mi entrevistador, en esta ocasión, era afable, muy afable. Grandote, moreno, de mejillas sonrosadas y con un fuerte acento vasco. Daba la sensación de que acababa de dejar el taller artesanal donde trabajaba, se había puesto su mejor traje y se había plantado allí, en una sala de reuniones con aspecto futurista, para hacerme una entrevista. No me soltó ninguna impertinencia ni sermón cuando le relaté mis estudios y experiencias (alabado sea Yahvé), pero se le nublaron los ojos cuando le dije que había llegado hasta allí en autobús. ¿Cómo? ¿En autobús? Aquello era posible, sí, claro, pero… ¿Cómo podía ser que una chica joven y sana no condujera? Suspiré mentalmente. Entonces, tocaba el tema de por qué Anabel Rey Leal no conducía. Un temita que hasta el señor Velázquez y Mr. Simpatía habían evitado. Pero claro, es que aquel centro de trabajo estaba ubicado en el Reino de las Carreteras Humeantes, y si decidían contratarme, al no contar con un corcel de acero como medio de transporte, mi vida correría un grave peligro dos veces cada día, al llegar y al irme. “No conduzco porque se me da fatal. Lo intenté y vi que era imposible… Fui a una autoescuela y suspendí tantas veces el práctico que llegué  a la conclusión de que aquello no era para mí. No tengo las características que hay que tener para poder conducir, así de simple. Mis reflejos y mi capacidad de atención y reacción las tengo en niveles demasiado bajos…”. Esto es lo que tendría que haberle dicho a aquel sonrosado hombre, pero me limité a contarle que no tenía carné porque no me atraía nada la conducción. Y el tipo puso cara de no estar satisfecho con mi respuesta, y sin mirarme a la cara me dijo que me lo iban a pedir para muchos trabajo, que debería sacármelo. Callé. Él también. Un breve silencio. Volvió a mirarme muy sonriente y me preguntó cuál era el último libro que me había leído. “Como veo que eres algo así como una escritora en ciernes, supongo que serás toda una leona’”. Jaja. Y yo le contesté que acababa de terminar ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, un rocambolesco título que esconde nada más ni nada menos que la novela en la que se basó Blade Runner de Ridley Scott, mi película preferida. El Sonrosado puso cara de susto, rio, soltó un sonoro “¿Cóoomooo?”, me expliqué, hubo un “Ajá, ¿sí?, no lo sabía, la película la vi hace mucho, no me acuerdo de casi de nada, sólo de Harrison Ford, un tipo casi albino y un búho robot”. Y luego, mi entrevistador me entregó un folio y un bolígrafo con el logotipo de la empresa y me invitó a resumirle mi lectura. Pero sin él delante. Abandonó la sala prometiendo volver en quince minutos.

Aproveché el tiempo concedido para hacer un ejercicio de comparación perfecto entre el libro de Dick y la película de Scott, a saber, qué personajes y elementos del libro habían sido omitidos en la versión cinematográfica y con qué tono había sido relatada aquella historia en la gran pantalla, dejando de lado ciertos aspectos para mí muy interesantes pero que seguramente no resultaban muy atractivos transmitidos mediante el lenguaje del cine. Y escribí datos y más datos, fechas, nombres, citas… Era muy buena en eso, en memorizar datos y más datos que a mí me resultaban muy interesantes. Y mientras escribía toda aquella avalancha de datos y disertaciones personalísimas sobre los replicantes de Dick y los de Scott, mi lado más sádico fantaseaba con la idea de cómo sufriría mi entrevistador al leer todo aquello. Porque mi cada vez más afilado instinto me decía que yo no iba a pasar aquella entrevista.

No me equivoqué. A los dos días me lo comunicaron. El Sonrosado no me quería para la segunda tanda de entrevistas; a mis otros tres compañeros que también habían sido entrevistados por él, sí. En un primer momento mi aún enderezado orgullo quiso creer que algo así me había ocurrido por no tener carné de conducir, pero una de las escogidas para la segunda ronda derramó mis esperanzas por el suelo. “Qué va”, me dijo, “yo, aunque tenga carné, ya le he dicho que no tengo ni coche ni intención de hacerme con uno, y he pasado la entrevista. Por cierto, qué hombre más simpático, ¿no? Me pidió que le escribiera una redacción sobre mi novio, ¿te lo puedes creer?”.

lunes, 27 de julio de 2015

Entrevista con Mr Simpatía


Tardé tres meses en tener mi primera entrevista. Para entonces, sólo cinco personas de la Didascalia estábamos sin nuestras auguradas prácticas y la inquietud era palpable entre los miembros del grupúsculo. Pero el Destino, el Azar, la Diosa Fortuna, Dios es una máquina o quien fuera, no estaba dispuesto a ponérmelo tan fácil, era más: quería verme pasarlo bastante mal antes de concederme un derecho incluido en mi ya (generosamente) pagada Didascalia.

Hagamos un resumen de mis seis entrevistas fallidas antes de que los mandamases de la Didascalia me ofrecieran lo que me ofrecieron.

La primera fue ante un jefe de Recursos Humanos de unos célebres, enormes y exitosos grandes almacenes, con varios establecimientos en la ciudad y cientos a lo largo y ancho de todo el país. El tipo, de aspecto lúgubre y cansado, me citó en su despacho, en la última planta del edificio central de la red en Bilbao, en plena Gran Vía, y me dejó claro, desde el primer segundo, que le causaba una enorme pereza tener que entrevistarme. No sonrió en ningún momento, su saludo fue un gruñido ahogado en el que me fue imposible identificar ninguna palabra del lenguaje de los hombres, y cuando lo tuve cara a cara, él con una copia de mi CV sobre la mesa que de vez en cuando tocaba, más bien, rozaba ligeramente, con la yema de su dedo derecho, como subrayando palabras clave de un folio recién sacado de la basura, supe que yo, mi perfil o ambos juntos no le gustábamos nada de nada a aquel señor, un primo lejano, canoso y flaco del señor Velázquez. Se parecía al hermano de Frasier, el psiquiatra de la tele-serie, pero en nada cómico. Le tuve que ir explicando a aquel señor mi CV, paso a paso, con paciencia y optimismo, y mientras tanto, él guardaba silencio y evitaba mirarme, pero cuando terminé de relatarle mi vida académica (la laboral no existía), me empaló con sus redondos ojos  grises y me soltó algo que remataba la imagen de desagrado que transmitía: “¿Y tus padres no te han echado todavía de casa?”. Ja, ja y ja. Qué ocurrente, doctor Crane. 

Sonreí un poco, me lamí los labios, negué suavemente con la cabeza y le contesté con un tono de voz bajito y agradable que no, que mis padres aún no me habían echado de casa, pero que estaban a punto.

Del resto de la no-entrevista no merece la pena mencionar nada más. Bueno, sólo, tal vez, que a aquel señor de los grandes almacenes no le quedó muy claro qué era una novela corta (me preguntó sobre mi premio literario sin ningún entusiasmo pero quiso que le aclarara el concepto “novela corta”). Mis explicaciones le impacientaron y se quedó con la idea de que yo había escrito un “cuento bastante largo” que alguien había considerado que debía ser reconocido. Nada más. Me despedí de Mr. Simpatía sabiendo que no quería volver a verme y aquella misma tarde mis sospechas fueron corroboradas: uno de mis compañeros, de los cinco que aún no teníamos nada, fue el escogido para hacer las prácticas allí tras una breve entrevista realizada a continuación de la mía. Me lo contó el propio agraciado y también me dijo que Mr. Simpatía, que al parecer estaba a punto de tomarse un permiso por paternidad, le había caído francamente bien. Que tenían muchas cosas en común y que se lo había pasado en grande durante el encuentro.

Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy

El turista accidental . Siempre me ha resultado curioso este título y la mezcla de sensaciones que me despierta: regocijo, suspense, cierto ...