Anabel

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miércoles, 1 de julio de 2015

Cosas que me gustan: Una segunda madre


El domingo vi en el cine una película brasileña llamada Una segunda madre y salí de la sala con muy buen sabor de boca. Por fin algo bueno, sencillo, creíble, nada estridente, recomendable y susceptible de ser comentado en una amena y relajada charla posterior. Porque siempre está bien intercambiar pareceres con otras personas sobre una pieza creativa. Los diferentes puntos de vista sobre una misma cosa me fascinan. 

Pero vayamos al grano. 

La película, que cuenta con actores tan buenos que hacen que uno crea que se están interpretando a sí mismos (especialmente su protagonista, la veterana Regina Casé, célebre en su país de origen y una MARAVILLA) cuenta una historia en apariencia sencilla: una cría de 17 años visita a su madre tras diez años sin verla para hacer la Selectividad en la ciudad en la que ésta reside (Sao Paulo), y se instala con ella en la casa donde vive y trabaja, porque resulta que la mujer es la criada de una acomodada familia. 

La madre, pese a que lleve tanto tiempo sin ver a su niña, le ha estado mandando dinero durante todos esos años para criarla (la muchacha tiene padre pero enseguida queda claro que no es ninguna joya de hombre) y vive aparentemente feliz y satisfecha a base de servir a una familia de tres miembros, madre entregada con éxito al mundo fashionista, padre vago y millonario que lo único que hace es pintar cuadros rarunos (como afición), e hijo adolescente, al que ha criado como si fuera un hijo y que la adora como si fuera su entregada abuelita. Parece contenta, sí, aunque la tengan en un cuartito instalado en los sótanos de la casa que cuando hace especialmente calor es un infierno, le desprecien regalos amablemente (atentos al mcguffin de la bandejita con tazas bicolores), y la traten con amabilidad y campechanía pero cierta condescendencia, sin olvidar nunca que ese hogar está regido por una jerarquía bien determinada.

Así transcurre la vida para esa familia con doméstica, tranquilamente y sin contratiempos, hasta que del exterior llega un factor desconocido y desestabilizador que lo pondrá todo patas arriba sin en teoría matar a ninguna mosca. Sí, lo habéis adivinado: la hija de la criada, una chica guapa y muy segura de sí misma, casi (o no casi) descarada, rozando la impertinencia, una excelente estudiante que ansía estudiar arquitectura, que está claro que se come con patatas las escalas sociales, y que no se corta ni media a la hora de pedir y exigir todo lo que se le pone a tiro. Aunque los receptores de sus peticiones sean los jefes de su madre. Y es de esperar los efectos que una pasivamente explosiva presencia así tendrá en un microcosmos tan estructurado, especialmente, para el depresivo y desocupado padre, y el vuelco que sufrirá la existencia de su progenitora, hasta entonces aquejada de un leve síndrome de Estocolmo.

Siempre me han gustado las historias que cuentan cosas parecidas, cómo puede afectar a un entorno con un funcionamiento y unas reglas férreas e inmutables la repentina llegada de un "germen" desconocido y rebelde, más aún si el lugar donde se produce la pequeña revolución es un hogar familiar. Salvando las distancias, citaré el Teorema de Passolini o las recientes Borgman o Stoker en cuanto a películas, aunque en estos casos hablemos más de vampirismo que de inconformismo por parte del "sujeto desestabilizador". En cuanto a relatos, el maravilloso La hija de los guardeses creo que entronca muy bien con Una segunda madre, aunque su final las aleje un abismo.

En resumen, una película muy recomendable que sin hacer ruido ni aspavientos presenta una historia de hechuras sencillas, pero como ya he dicho, digna de ser tranquilamente analizada. Las metáforas presentes, en forma de piscinas intocables, bandejas de café menospreciadas o helados caros, son un plus en cuanto a herramientas narrativas sugerentes.

Bravo por su directora, Anna Muylaert, y de nuevo, por sus actores, sus actrices, sobre todo, que cargan de matices serenos y fabulosos a sus personajes (cuánto tienen que aprender las estrellazas tan intensas y gesticulantes de Hollywood de esta forma de actuar) , que no son ni blancos ni negros, sino, sencillamente, humanos. 


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