martes, 19 de mayo de 2015

Sobre monstruos y zombis consumistas (CAPÍTULO I)


En un momento dado, no sé muy bien por qué, expresé en voz alta una idea a la que llevaba mucho tiempo dándole vueltas: había que crear un nuevo tipo de monstruo para el cine de terror, y si esto no era posible, al menos, idear nuevas fórmulas que provocaran miedo en el espectador. En mi opinión, los zombis y los vampiros aburrían ya al personal, y los hombres lobos eran bichos de segunda, sobre todo en los últimos tiempos, claramente por debajo de los seductores y maquiavélicos vampiros en la escala de prestigio monstruoso por culpa de su torpeza y su fealdad.

—¿Y qué me decís de las momias? —preguntó Carolina con sus ojos claros resplandecientes—. Yo creo que no se le ha sacado demasiado partido, quitando la trilogía epiléptica de Stephen Sommers.

“Trilogía epiléptica”. Seguro que Carolina había tomado prestada aquella ocurrencia de alguna crítica de cine inclemente.

—¿Las momias? Otros bichos torpes y estúpidos, una especie de zombis de segunda que ni siquiera son caníbales, sólo pobres muertos vivientes egipcios vengativos. No dan miedo ni cuando les quitan las vendas. ¿A quién le va a dar miedo una cosa enflaquecida y seca de color marrón que se hace polvo en cuanto se le da un golpe? Qué va, habría que crear otra cosa, algo tan fascinante y humanoide como el vampiro, un ser nocturno y seductor con debilidades humanas, un pasado tormentoso y sus propias normas para subsistir… —dijo Saúl pensativo rascándose el pelo de la barbilla. Me dio una dentera horrible.

—Casi todos los monstruos se alimentan de carne humana o de sangre humana, ¿os dais cuenta? —observó Noelia.

—Claro, eso los convierte en seres especialmente temibles, porque sabes que no se van a limitar a arrebatarte la vida, sino que luego van a mancillarte de la forma más grotesca posible: mordiéndote, masticándote, tragándote y depositándote en sus entrañas —dijo Rebeca dulcemente.

—Pues sí, supongo que no es muy alentador saber que además de mandarte al otro barrio a base de dentelladas, vas a acabar en el estómago de tus repugnantes asesinos… —añadió Magdalena.

—Pero el éxito de los zombis, de sus películas y productos, no radica en ese miedo que nos producen, desde tiempo inmemorial, los caníbales... A mí, al menos, sus películas me gustan tanto porque son historias de supervivencia, de escape, búsqueda de víveres y armas, relaciones humanas en un contexto de plena tensión, escondite y, cuando no queda más remedio, enfrentamiento con alimañas irracionales que hasta hacía nada eran personas civilizadas y racionales —opinó Antonio.

—No olvidemos que hay teorías que ven en todo lo que rodea al cine de zombis verdaderas metáforas de la sociedad humana. ¿Quizás porque reflejan cómo podemos deshumanizar al enemigo en las contiendas armadas? Porque supongo que así se verá al enemigo en cualquier guerra, como una criatura sin alma y cargada de agresividad a la que hay que aniquilar sin miramientos —apuntó Francisco.

—Sí, he leído al respecto algo. Pero no sobre el zombi como humano deshumanizado para justificar tropelías contra la vida de otras personas, sino sobre la relación entre los zombis y el consumismo —dijo Carolina.

—¿Zombis y consumismo? —Preguntó con sorna Francisco—. A mí no me parece para nada que los zombis, tan apestosos y destartalados, puedan llegar a ser considerados amantes del shopping…

Carolina se puso muy seria y un poco tensa. La conocía. Se ponía así cuando tenía que defender una idea ante la cual alguien se había mostrado escéptico.

—Sí, se habla mucho sobre ello. Se dice que las personas en la actualidad, las personas que vivimos en ciudades y tenemos un estilo de vida occidental, en cuanto a hábitos de consumo nos comportamos como zombis. Vamos a comprar y a comprar de forma irracional todo lo que nos dicen que necesitamos para ser felices, nos relacionamos muy poco entre nosotros y no tenemos conciencia crítica de lo que hacemos. Como rebaños de ovejas. Sólo hay que ver cómo se comportan las personas en los centros comerciales, como zombis auténticos deambulando de una tienda para otra como si estuvieran siendo teledirigidos.

—Pues se tratará de zombis con dinero, porque por mucho que a mí me alineen los mandamases del marketing y el consumismo, mi exangüe cuenta bancaria no me permite comprarme todo lo que me dictan —observó Noelia sin perder su habitual calma.

lunes, 18 de mayo de 2015

Diálogo en una cita con los compañeros del Master (CAPÍTULO I)


—A mí lo que me llama la atención es que siempre hablamos de la gente mala o las malas personas desde la distancia, como si los malos fueran seres de otro planeta que no tuvieran nada que ver con nosotros. ¿No pensáis que hablar así de los malos hace que, en cierto modo, partamos de la base de que nosotros somos los buenos? ¿Que la maldad, sino completamente, nos es en gran parte, ajena? ¿Y si hay personas que piensan que somos nosotros los malos?  —planteó entonces Noelia, una periodista freelance instalada en Barcelona que sobrevivía con trabajitos puntuales. Era una muchacha serena que hablaba poco y prefería escuchar, pero que cuando hablaba no dejaba escapar ni una sola palabra gratuita, mal utilizada o prosaica.

—Ah, pero es que yo no me creo buena ni mucho menos porque a menudo hable de personas malas y las faenas que éstas hacen o hicieron… No me exculpo de forma implícita al hacerlo, ni mucho menos —aclaré enseguida.

Entonces, Saúl y Rebeca, una pareja que se había conocido en el Master y que vivía entonces en Londres, dedicados ambos a la enseñanza del español como lengua extranjera, rompieron a reír como si se hubieran puesto de acuerdo.

—Tiene gracia que justo tú, Anabel, creas que la cosa iba por ti… Tú, que como comento muchas veces con Saúl, eres de las mejores personas que conocemos. ¡Pero si vives continuamente procurando no ofender a nadie y eres agradable y acogedora con todo el mundo! Y cuando crees que has podido hacerlo, haber sido ofensiva, te comportas como si hubieras sido la responsable de propagar un virus letal por todo el planeta… —se explicó Rebeca, desecha toda ella en una expresión esponjosa y maternal, casi empalagosa. Y su querido Saúl, con el que guardaba un increíble parecido físico que les hacía parecer más mellizos que novios, puso la misma cara.

Me defendí.

—No soy tan buena como creéis, como cree la mayoría de la gente que me conoce y que a la mínima de cambio me dedica el pesadísimo “es que eres demasiado buena, Anabel”, que acaba equivaliendo a “es que eres demasiado tonta, Anabel”…

—Yo no creo en absoluto que seas tonta, Anabel —dijo entonces poniéndose muy serio Saúl—, pero sí que, como bien ha dicho Rebeca, antepones el bienestar o el beneficio de los demás al tuyo propio, y que a veces deberías ser más contundente y rápida a la hora de defenderte o marcar tu territorio. Por ejemplo, con el tal señor Velázquez. Tendrías que haberle dicho un par de cosas antes de abandonar su bufete. Seguro que te pasarás el resto de tu vida lamentando no haberte defendido ante sus impertinencias.

“Defenderte”, “Marcar tu territorio”. Pensé en una batalla multitudinaria y bárbara, mi ejército y yo contra otro mucho más numeroso y salvaje. Yo, montada en un bravo corcel y ataviada como el Cid Campeador, diciéndome a mí misma que era hora de dejar de ser tan buena.

Pero quizás todos aquellos pesados obcecados en hacerme saber que era demasiado bondadosa para el mundo corrupto y tenebroso en el que vivía, tuvieran razón. A decir verdad, llevaba toda mi vida soportando aquel sambenito. Personas muy diferentes en diversas ocasiones me habían confesado que pensaban que mi nivel de bondad superaba con creces el de la media de la población mundial, pero siempre dejando caer que algo así, lejos de ser un atributo, me hacía parecer una persona vulnerable, pasto de sádicos dispuestos a tratarme mal, convencidos de que pondría la otra mejilla.

Volví a defenderme.

—Pero yo sí que tengo mi lado oscuro, a mi Mr. Hyde, lo que sucede es que lo saco cuando hay que sacarlo. No es que sea buena, es que soy pacífica. No me gusta que haya conflictos a mi alrededor y hago todo lo que puedo para evitarlos o abortarlos.

—¿Y no es esa insistencia en mostrarse poco problemático y dispuesto a cortar de raíz conflictos una parte importante de la bondad? Al fin y al cabo, la bondad consiste en intentar no hacer daño a nadie de ninguna forma y en ayudar a las demás personas hasta unos límites lógicos, ¿no? El problema de la gente como tú es que cuando por fin sacáis a vuestro Mr. Hyde, de todo lo que os habéis contenido, podéis llegar a provocar alguna catástrofe. Yo aún no te he visto enfadada, pero creo que cuando te enfades de veras, será como ver a Carrie White en acción. Por eso creo que cuando algo te siente mal, deberías decirlo al momento en vez de ir acumulando pequeños enfados hasta que, piedrita a piedrita, la cosa se convierta en un volcán en ebullición —dijo el siempre desopilante Francisco, un Filólogo que vivía de beca en beca, cada año o cada dos años en un nuevo país, y autor de una brillante tesis sobre escritores españoles del Siglo de Oro. En aquellos momentos residía en Brujas. Y no me quedaba muy claro de qué exactamente daba clases en la universidad de allí.

—Ah, eso es porque no pasáis tanto tiempo con Anabel como nosotras —salió en mi defensa Carolina señalándose a ella misma y a Magdalena y guiñándome un ojo—. Nosotras ya hemos visto y padecido parte de ese genio del que habla.

domingo, 17 de mayo de 2015

Magdalena, una de las amigas de Anabel (CAPÍTULO I)

Era difícil que hubiera dos personas más diferentes que Magdalena y Carolina. En lo físico, en lo psicológico y en cuanto a actitud ante la vida. Magdalena, alta, pelirroja natural (se pasaba buena parte de su vida aclarando a curiosos suspicaces que sí, que era suyo, que no se teñía), enérgica y muy habladora, no se doblegaba ni ante nada ni ante nadie, y aunque se quejaba de “haber acabado vendiendo CD a gente que no tiene ni puñetera idea de música”, tenía todas sus esperanzas depositadas en el futuro. Creía que tarde o temprano las cosas mejorarían, que la Crisis (“orquestada y ejecutada fríamente por las Altas Esferas para repartirse el pastel entre ellas hasta el final, porque hasta ahora a los ‘pobres’ nos han dejado las migajas”) perdería fuerza y que las personas como nosotras, tan preparadas, tan educadas, con tantas habilidades sociales, acabaríamos teniendo un trabajo acorde a nuestras infinitas virtudes. En el Master, Magdalena había sido uno de los alumnos estrella, destacando por su verborrea, su ingenio y su interminable abanico de frases e ideas impactantes. Los profesores la temían. Con no pocos se había enraizado en rocambolescas y ramificadas discusiones en las que siempre había ganado ella por K.O. total; despedazaba el argumentario de la otra parte de tal manera y la dejaba tan agotada de saltar de una cosa a otra, que ésta prefería darle la razón antes que continuar haciendo valer su opinión personal.
Los alumnos no la apreciaban demasiado, algo lógico ya que hablamos de alguien con semejante perfil. Se la consideraba resabiada, narcisista y amante de la polémica, aunque fuera de las aulas se mostrara accesible y simpática con todos. Sólo conmigo, una sombra de sensatez y moderación a su lado, había trabado una verdadera amistad. Y a nadie en aquel Master le había pasado desapercibido el hecho de que Magdalena quería, más que editora, ser escritora.
            Hablaba a menudo de que se traía entre manos la creación de una novela negra, su género preferido, o que había mandado un relato suyo a tal o cual concurso literario; pero lo cierto era que, hasta entonces, aquellos confesados esfuerzos no habían dado ningún fruto, y lo que era más inquietante: ni yo ni nadie que conociera habíamos leído jamás un texto de ficción suyo. Lo cual no quitaba para que al poco de conocerla, Magdalena dejara bien claro que era una persona muy culta; sabía todo tipo de cosas sobre todo tipo de materias, y sí, escribía muy bien, con un estilo algo didáctico pero nunca aburrido y con un punto de ironía que mantenía el interés de principio a fin. Lo dejaba claro en los artículos que publicaba en el blog de cine y literatura en el que colaboraba, La paragüería del señor Kafka. En aquel espacio cibernético de nombre, en mi opinión, fallido (demasiado largo y algo raro), Magdalena escribía críticas de películas y reseñas de libros junto con otras ocho personas a las que, curiosamente, mi amiga nunca había visto en persona. Había contactado con ellas a través de Internet, estando el blog ya creado, y se había ofrecido a colaborar en él. Estaban desperdigadas por otras ciudades del país y del extranjero.
La paragüería del señor Kafka funcionaba bien, es decir, no daba ni un céntimo a sus colaboradores pero cada día era visto por miles de personas de todo el mundo, y eso le llenaba de satisfacción a Magdalena. Siempre nos hablaba a sus amigos de números de visitas y estadísticas y de los comentarios que sus artículos y los de sus compañeros despertaban en los lectores del blog, que casi nunca firmaban con sus verdaderos nombres. “Ya tenemos, incluso, nuestros propios trolls”, me dijo un día tan feliz aludiendo a esas personas que se dedicaban a meterse en su santo blog a incordiar a base de críticas salidas de tono e insultos burdos y sin gracia (salvo alguna excepción), tratando siempre de crear polémica.
Y yo me alegraba porque ella se alegraba, pero no entendía cómo podía entusiasmarla algo así. Qué más me daba a mí todo aquel mundo de opiniones, contra-opiniones, críticas, insultos, soberbias, locuras y obsesiones varias, todo ello escrito por y para sujetos invisibles, seres humanos ocultos tras nombres incompletos o falsos nombres, sin voz ni rostro, y ganas, muchas ganas, de quemar buena parte del tiempo libre del que disponían.
Internet entera me ponía de los nervios. Me sentía como una comadreja de laboratorio cada vez que me sentaba frente al ordenador y me metía en la Red para buscar trabajo o hacer todo tipo de tareas (operaciones bancarias, consultas de saldos, renovación de mi situación de desempleada) que contaban con la acomodaticia posibilidad de hacerse online.
Pero yo no tenía ni Facebook ni Twitter —los lugares donde, respectivamente, habitaban los exhibicionistas y los narcisistas, según un estudio de no sé quién— ni nada que se le pareciera, a excepción de Linkedin, para la búsqueda de empleo, por consejo de muchas personas. Ello me había provocado ser objeto de cierta marginación social que aceptaba encantada. WhatsApp sí que tenía, muy a mi pesar. Aborrecía el WhatsApp, pero había caído embaucada por aquellos que me decían que facilitaba y abarataba la comunicación. Aunque todos mis contactos sabían que el día que Anabel Rey Leal mandara cualquier tipo de emoticono, su estado mental estaría gravemente alterado.
Por todo esto, yo me negaba en redondo cuando Magdalena me invitaba a escribir con ella en La paragüería del señor Kafka. “Fíjate qué bien quedaría tener como colaboradora a la ganadora de un premio literario tan sonoro como el ganaste, y bueno, es imposible saber más de cine que tú…”, intentaba camelarme. En vano. “Los blogs me ponen los pelos como escarpias, sobre todo, después de haber sido atacada en uno”, le solía responder yo con mohines victimistas. Me refería a otro blog de crítica literaria donde habían destrozado con abyecta pasión La hija de Rimbaud, algo que no dejaba de ser curioso ya que mi novelita no había sido un libro editado al uso, ni mucho menos un éxito de ventas. Su edición había sido de unos pocos ejemplares y únicamente por el compromiso que había de hacerlo según las bases legales del certamen. “Más que nada es para que te la compren amigos y familiares”, me habían indicado sin censuras los organizadores del concurso. 
            Pero a pesar de la modestia que caracterizaba a mi pobre primera novela más allá de lo sonoro que era el concurso que había ganado (modestia en cuanto a longitud, modestia en cuanto a edición, modestia en cuando a promoción, modestia en cuanto a ventas), mis conocidos me habían avisado de que cierto personaje cibernético conocido como Morty Arty la había despedazado con alevosía en un blog llamado Dios es una máquina. Dos nombre ridículos hasta rozar la compasión. Pero no pude darle esquinazo a la curiosidad. ¿Qué habría dicho de mi obra alguien cuyo pseudónimo ultrajaba el aura de maligno encanto de la Némesis de mi idolatrado Sherlock Holmes?
Y cuando me metí en Dios es una máquina y vi lo que Morty Arty había escrito sobre mi libro, en vez de indignación o ira, me vi embargada por una extraña mezcla de sensaciones: pena, grima y despiporre. Que alguien hubiera gastado su tiempo y su energía en decir todos aquellos chuscos espantos sobre mi creación me hizo sentirme así.

Pero en fin, que Magdalena era para mí una amiga llena de ingenio y energía, optimista y sin ningún reparo a la hora de decir lo que pensaba. Se preocupaba por mí y me animaba. Aunque a veces me dieran ganas de echarle somníferos en la bebida o cerrarle la boca con una mordaza empapada en cloroformo. 

sábado, 16 de mayo de 2015

Anabel habla de sus paseos diarios por Bilbao (CAPÍTULO I)


¿No entiendes por qué el mundo está como está? ¿Qué diablos le sucede al ser humano? Pues sal a pasear por una calle concurrida, observa a las personas y lo entenderás.






Personas. Personas que caminaban delante de mí despacito, muy despacito, como si tuvieran una micro-cámara incrustada en la nuca para detectar mis movimientos y hubieran sido contratadas por alguien para boicotearme los paseos, porque justo cuando yo trataba de adelantarlas por la derecha, en ese preciso y precioso instante, ellas decidían ir también para la derecha, impidiéndome el adelantamiento. Lo mismo por la izquierda. Saboteadores de paseos profesionales. Por no hablar de las bicicletas que circulaban impunemente por la acera —bicicletas por las aceras a todo gas sin que nadie se atreviera a protestar por miedo a pecar de histérico o chivato, bicicletas con perros, bicicletas con bebés a bordo, con bolsas de la compra y cascos de música. Todas las bicicletas ilegales del universo concentradas en las calles de la tolerante y meliflua nueva Arcadia Feliz: Bilbao—; mamás y abuelas llevando carritos de bebés como si fueran tanques de combate o arietes preparados para despedazar puertas de castillos; familias enteras situadas en fila horizontal, de izquierda a derecha, en plan barrera humana; caminantes aficionados a moverse en zigzag (muchas veces porque iban tecleando en sus móviles sus absurdeces de turno); parejas amarradas de la mano y de trayectoria balanceante capaces de no permitir el paso ni en calles de un kilómetro de ancho; o esos a los que yo llamaba los deslizadores prodigiosos, individuos obsesionados con adelantarme ellos a mí introduciéndose por espacios imposibles creados entre mi cuerpo y otro cuerpo o mueble urbano. Llegué a pensar que si uniendo por las yemas mis dedos gordo e índice formaba un circulito, alguno de estos deslizadores prodigiosos se las ingeniaría para meterse por aquel espacio, cual mágico hilo enhebrándose solo en una aguja.

Y cuando llovía, la cosa no hacía nada más que empeorar porque entonces, los aficionados a realizar con sus paraguas traqueotomías y lobotomías a otros viandantes salían de sus guaridas sedientos de sangre. “En primaria debería haber una asignatura obligatoria llamada ‘Manejo de paraguas’ ”, me decía cuando en días de lluvia me cruzaba con este tipo de agresor urbano, armado de tal manera con su paraguas que uno podía llegar a considerar seriamente el paraguas como arma a utilizar en contiendas bélicas.



Algún día desarrollaría mi teoría de la atracción irresistible de los cuerpos humanos paseantes sobre otros cuerpos humanos paseantes. Siempre es mejor ir caminando como un Terminator por la calle y lanzarse contra el cuerpo de un desconocido  o acercarse a él lo máximo posible que sortearlo o mantener con él una distancia de seguridad y cortesía. Por no hablar de esa misma teoría aplicada a las tiendas de ropa, donde ciertas  mujeres, potenciales compradoras, se guían por lo que mira otra potencial compradora y la acosan físicamente sin tregua ni disimulo para poder mirar de cerca y palpar las mismas piezas que ella mira y palpa.

Cuando yo exponía estas protestas a mis amigas, me miraban como si estuviera loca. Al parecer, ellas no tenían estos problemas cuando iban por la calle. Ni en las tiendas de ropa. Mis pobres padres se limitaban a darme la razón, como a los locos. Glenda, en cambio, opinaba que en el fondo, yo siempre había sido un poco “odiapersonas” y que mi situación estaba haciendo que mi pequeño defecto se estuviera acrecentando hasta límites peligrosos.

viernes, 15 de mayo de 2015

Más CAPÍTULO I: El señor Velázquez sigue impertinente mientras bebe un zumo verde



(después de que Anabel cuente cómo le fue en sus prácticas del Master y como opositora)

Y tenía razón, pero tuve que esperar un poco a que llegara la nueva ronda de dardos, porque en entonces se abrió la puerta del despacho y apareció la secretaria del señor Velázquez con un vaso tamaño gintonic lleno de un extraño mejunje de color verde amarillento, como si hubiera pasado por el turmix leche, acelgas, espinacas y varias yemas de huevo. Sólo ella y el señor Velázquez sabrían lo que aquel vaso contenía. ¿Tal vez una receta natural para mantener la mala uva en plena forma?

—Gracias, Cuca —le dijo el señor Velázquez a su secretaria, y seguidamente le dio un generoso trago al vaso que se llevó un tercio de la pócima musgosa. Cuca desapareció satisfecha y el señor Velázquez siguió entrevistándome con algo de verde en las comisuras de la boca. Parecía más relajado tras la ingesta de su bebida.

—Continuemos… Y después de hacer piruetas durante un año en la ciudad del amor y de meterte entre pecho y espalda un Master más bien, seamos serios, inútil, prácticas en fotocopias inclusive, en vez de ponerte como una cosaca a buscar trabajo de cualquiera de tus ramas académicas, o vamos, ¡de lo que fuera!, se te ocurre meterte de cabeza en una de las oposiciones judiciales más duras que existen en este país.  ¿Por qué, Anabel?

El señor Velázquez acabó su frase con un vago ramalazo de histrionismo y un giro aéreo de muñecas que le emparejaba, entonces sí, con el Al Pacino de Pactar con el Diablo. Le contesté que hablé con mis padres y llegué a la conclusión de que con mis estudios y tal y como estaba el mercado laboral (mal, estaba mal, especialmente para las carreras de letras, aunque no tanto como en el momento de la entrevista) preparar una oposición era una opción interesante. Unos años de esfuerzo para conseguir un trabajo para toda la vida, con unas condiciones envidiables y un sueldo muy bueno. Siempre había sido una buena estudiante, siempre había tenido una memoria privilegiada. Sería cuestión de constancia y concentración. Me vi capaz. Y mis padres me animaron. Eso sí, sin olvidar, que la oposición que iba a preparar me iba a llevar al menos tres años. Siete u ocho en el peor de los casos. Eso decían. Bueno, eso si es que antes no la abandonaba. Y al escucharme decir esto último, el señor Velázquez rio con ganas y gruñó “Si es que antes no la abandonabas, claro”. No supe cómo reaccionar ante esa nueva pullita, pero no me dio tiempo. Inmediatamente, el señor Velázquez me pidió que le contara mi día a día como opositora, algo que me derretía los nervios. Me lo habían preguntado tantas veces y me lo seguían preguntado… Odiaba explicar mi fallido plan de estudio diario durante los cuatro largos años que duró mi etapa de opositora y cómo había conseguido sobrevivir y mantener el ánimo teniendo un único examen cada año que me podía dar paso a tres. Nada más ni nada menos. Pero no me quedó más remedio que relatárselo a aquel pesado, y vi que se relamía de gusto cuando escuchaba cosas como “hasta diez horas diarias”, “dolor de espalda”, o “dos paseos, uno antes de la comida; el otro, antes de la cena”… Por supuesto, no le conté nada sobre mis crisis de pareja con Miguel ni sobre la colección de latas de redbull que escondía en el armario para que mi madre no las viera (mamá pensaba que esa bebida era una auténtica porquería) y que me mantenían espabilada. Mi droga particular.

—Y al final, tras suspender cuatro veces el primer examen, tiras la toalla, y de nuevo al vacío —resumió así el señor Velázquez mi particular via crucis opositora.

Me callé y me miré las rodillas. Si hubiera tenido fuerzas, le habría explicado a aquel señor que la oposición que escogí me venía grande porque mis ganas de salir de casa e interactuar con otros seres humanos, ir al cine, leer libros y pasarme largos ratos vagabundeando por mi imaginario particular me impedían concentrarme lo suficiente como para meterme casi trescientos temas de unas quince páginas cada uno en la cabeza. Pero no las tenía. Y luego añadió:

—Resultado: tras una licenciatura no deseada, un año entregado a la bohemia artística, un Master inútil y cuatro años de oposición infructíferos, estás en el paro, entreteniéndote con clases de alemán y de baile, sin haber trabajado ni cotizado en tus treinta años y medio de vida, y doy por hecho que viviendo con y de tus padres. 

jueves, 14 de mayo de 2015

Sigue el CAPÍTULO I: Anabel cuenta lo de su premio literario

(después de que Anabel le haya relatado al señor Velázquez cómo le fue el año que pasó en París con una beca de danza)

Resultó que durante los primeros meses de mi estancia en París, sobrepasada por las exigencias de la escuela y aterrada por la falta de humanidad del círculo social que me rodeaba, entregando mi tiempo libre a paseos en soledad por la ciudad y a visitas a pequeñas galerías de arte, viejas librerías y cinematecas, en mí fue gestándose una historia, una extraña historia sobre un tipo peculiar y solitario, un bibliotecario devoto de los poetas simbolistas que nunca trabaja de cara al público y que está platónicamente enamorado de una guapa muchacha mulata, usuaria de la biblioteca donde trabaja, y que un buen día, con el detonante de un desagradable incidente, acaba perdiendo la cabeza y cometiendo una locura.

La historia se volvió tan poderosa en mi dolorida y solitaria cabeza que no me quedó más remedio que ponerla sobre papel. Tardé un par de meses en hacerlo, alcanzó las hechuras de una nouvelle, y la titulé La hija de Rimbaud. Y aún no sé cómo, me atreví a mandarla a un importante concurso literario de mi país. Y resultó que gané. Yo no me lo creía, mucho menos mis padres, que nunca habían sospechado que a su hija le gustara escribir historias de ficción. Para la entrega de premios, fui invitada a una cena de ensueño en un lugar idílico, personas importantes alabaron mi obra, gané una importante suma de dinero, mi novela se editó, y entré en una especie de estado de shock psicotrópico del que desperté algo después de que todo hubiera terminado.

—Este acontecimiento unido al hecho de que decidí no tomarme la danza como algo profesional y volver a casa hizo que me planteara estudiar algo relacionado con la escritura y el mundo editorial, una posible y atractiva vía laboral, y como en mi universidad había oído hablar mucho y muy bien de su Master en Edición y Publicación de textos, me decidí a hacerlo. Con el beneplácito de mis padres, por supuesto —le conté al señor Velázquez. Y me sentí satisfecha creyendo que me había explicado de una forma muy clara y brillante. Pero el señor Velázquez se me fue por otros derroteros y me quedé de piedra.

—Así que La hija de Rimbaud… —dijo con la vista clavada en algún punto indefinido situado por encima de mi hombro izquierdo—.  ¿Me encuentro, entonces, frente a una admiradora de Arthur Rimbaud? —preguntó sin dejar de evitar mirarme.

Le contesté que sí, que en efecto yo era una admiradora de Arthur Rimbaud, y, para mi sorpresa, ahí quedó la cosa. No me quedó claro si al él también le gustaba la poesía de Rimbaud, o si la aborrecía, o si no había leído ni un solo verso de Rimbaud en toda su santa vida pero sabía bien de quién hablábamos. Su mirada parda volvió a taladrarme y siguió el tercer grado: entonces sobre mi Master en Edición y Publicación de textos y los tres meses de prácticas que a continuación había tenido en una editorial, prácticas incluidas en el Master y remuneradas.

De nuevo, a explicárselo todo, todo sobre mi Master. Materias, horarios, profesorado, alumnado. Cómo eran, qué hacíamos, qué fue lo que más me gustó y lo que menos… Hablaba con sinceridad, no sabía hablar de otra forma, y pero contestara lo que contestara, ya fuera crítica, halagadora, generosa o parca en palabras, me daba la sensación de que mi interlocutor pensaba que aquello había sido una completa tontería. No me equivoqué. Me lo dejó claro. Con una soberana cara de asco.

—¿Y de verdad que consideras necesario hacer todo un Master universitario, carísimo, me imagino, para aprender las cosas que me estás contando? ¿Para aprender a corregir manuscritos y manejar unos cuantos programas informáticos?

Me reí por no llorar e insinué que quizás no me estaba explicando bien, que aquel Master había sido mucho más que eso, un camino muy bueno para aprender los entresijos del mundo editorial con vistas a trabajar en él y…

—¿Y por qué no te sirvió de nada?

Otra dentellada de aquel caimán encorbatado.

—Bueno —me expliqué—, escogí unas prácticas en un lugar en el no tuve posibilidad de quedarme porque no había ninguna bacante, y al resto de mis compañeros les pasó algo parecido… Nuestra idea, que el mercado editorial era un mundo siempre en movimiento y lleno de oportunidades, no resultó ser verdadera… —dije en voz muy bajita.

—Vamos, que te tuvieron tres meses haciendo fotocopias y poco más. Luego, a la rue, ¿no es así? —preguntó el señor Velázquez relamiéndose.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Extracto del CAPÍTULO I: La primera entrevista de Anabel

La estancia en la que entré era infinita y estaba pintada y decorada de tal manera que me hizo pensar que iba a ser entrevistada por el mismísimo Belcebú: paredes rojo granate, una mesa interminable de cristal con patas de acero que parecían extremidades de alguna clase de bestia, y cuadros con marcos oro viejo y estampas mitológicas. Pensé en la película Pactar con el Diablo. ¿Sería el señor Velázquez como el histriónico personaje de Al Pacino? Pronto lo sabría. La secretaria rubia me invitó a sentarme donde deseara y me ofreció algo de beber, y aunque me estaba muriendo de sed, le dije que no quería nada. ¿Por qué? Pedir un vaso de agua en un día como aquél no me hubiera hecho quedar como una caprichosa. Pero la mujer no insistió y desapareció por la puerta diciendo que enseguida vendría el señor Velázquez. Me senté en la primera silla que alcancé, justo de espaldas a la puerta. Dejé mi enorme bolso de tela en el suelo, a un lado de la silla (pensé que si lo colgaba daría una imagen un poco descuidada), apoyé mi espalda sobre el mullido respaldo negro y repasé mentalmente mi currículo y qué me había hecho decantarme por las cosas que había hecho desde que aprobara la Selectividad, hacía ya doce años. Doce años. Me mareé de sólo pensarlo. ¿O quizás del calor que me había negado a mitigar con un inofensivo vaso de agua fresca? Me ordené en silencio no dar más vueltas al tema del vaso de agua, saqué un espejito de mi bolso y comprobé que mi coleta estaba perfectamente hecha, mis labios con la dosis justa de pintalabios y los botones de mi vestido… Justo cuando me di cuenta de que tenía uno, el que estaba a la altura del corazón, desabrochado, noté que abrían la puerta de la sala. Me lo até rápidamente y me dispuse a girar la cabeza hacia la entrada para ver y saludar al señor Velázquez. ¿Cómo sería? Me lo imaginaba tal que así: de unos cuarenta y cinco años, alto, delgado, moreno y elegante, vestido de negro. Y con una corbata granate y brillante. Sólo habíamos intercambiado un par de mails, para poner fecha y hora a nuestra entrevista y aclararle que aunque en mi CV hubiera puesto una dirección de Madrid, en realidad yo vivía en Bilbao. Era el domicilio de una prima de mi madre. “Lo he hecho porque dicen que si no, no paso ni el primer filtro para trabajos que son en Madrid”, le expliqué. Y el señor Velázquez me había respondido que lo comprendía y que aquello no le importaba si llegado el caso podía trasladarme e instalarme en Madrid. Con eso se había ganado un pedazo de mi afecto. Y por fin, iba a verlo. Giro y mirada, y ahí lo tuve.
El señor Velázquez pasaría de los cincuenta, era alto, castaño claro y bastante corpulento. Y vestía de gris. Entonces llegaron la sonrisa, el saludo verbal, levantarse, ir hacia él, sonrisa de nuevo y saludo físico: apretón de manos. Luego, volver a la mesa y sentarse. Comenzó la entrevista.
El señor Velázquez parecía amable y tenía una copia de mi currículo cuidadosamente metida en uno de esos portafolios transparentes con agujeros en el margen izquierdo que nunca tuve en la Universidad porque no habría sabido muy bien qué hacer con ellos. Repasó mi currículo en voz alta sin mirarme a la cara y señalando cada línea con su grueso índice izquierdo. Era zurdo. Mi cabeza viajó hacia la palabra “siniestro” y lo mal vistos que estaban los zurdos hace muchos, muchísimos años. “Basta”, me dije, “concéntrate en el presente”. El señor Velázquez emitía un “ajá” o un “humm” cada vez que terminaba una de las líneas de mi currículo. Cuando llegó a mi beca parisina, pronunció la palabra “ballet” de una forma que me hizo mucha gracia, algo así como “bal-lée”. Alargó la “e” mucho. Y sin mirarme a la cara me preguntó que si yo “aún” practicaba bal-lée y le contesté que sí, que era una buena manera de mantenerse en forma.
—Pero se trata de ballet contemporáneo, ¿eh?, no de ballet clásico. Es diferente —aclaré.


El señor Velázquez no dijo nada, no dejó escapar ni un solo sonido.
Mis idiomas (castellano, euskera, inglés, francés y “actualmente” un curso de alemán) parecían agradarle especialmente por la cara que ponía, y cuando llegó a “Premios y reconocimientos” y declamó que hacía siete años yo había ganado un importante premio literario, soltó un sentido “¡Oh, lalá!”. No sabía si debía reírme y opté por el silencio. Y él levantó la vista del papel y me clavó sus redondos ojos marrones sin ápice de simpatía aunque sonriera. Durante la lectura de mi currículo me había mantenido recta e inmóvil como una cariátide y cuando me miró sentí que me iba a tocar hablar.
—Muy bien, así que ésta eres tú, Anabel Rey Leal— dijo el señor Velázquez dando unos cuantos golpecitos con su dedo índice izquierdo sobre mi currículo. El ruido que producía su uña contra el cristal de la mesa era inquietante, pero el señor Velázquez no dejaba de sonreír. Me fijé en que tenía la corbata color crema torcida y luché por que mis ojos se desviaran de ella. Le miré a los ojos y le dije sonriendo que sí, que efectivamente, aquel trozo de papel cubierto de plástico era yo. El señor Velázquez se recostó entonces en su silla con las palmas de las manos sobre el cristal inmaculado y el mentón elevado, y dejó escapar un hondo suspiro, de esos suspiros que parecen preceder a un discurso incómodo para el que lo emite y para el que lo recibe. Y comenzó a hablar. Me dijo que si yo sabía a qué se dedicaba y le dije que lo cierto era que no, que la oferta de Infojobs que me había llevado hasta su despacho no daba demasiado detalles. Mi ignorancia no pareció hacerle mucha gracia al señor Velázquez, soltó otro suspirito que remató con una sonrisa irónica, y me dijo que si hubiera cotilleado un poco en la red habría descubierto que su especialidad era nada más ni nada menos que asuntos de “famosos”. Actores, cantantes, modelos, futbolistas… Hablaba con tanta satisfacción de su trabajo que para demostrarle que me alegraba por él solté un “Oh, ¡qué interesante!” que recibió sin mucho entusiasmo, y pasó directamente a desmenuzar sin piedad cada una de las decisiones que yo había tomado desde que hiciera la Selectividad. Lo primero, que por qué escogí la carrera de Derecho. La verdad: no sabía qué estudiar, lo que tenía claro era que tenía que tratarse de una carrera de letras, y medité y hablé mucho con mis padres y con un amigo suyo al que le iba muy bien como hombre de negocios, y gracias sobre todo a los consejos de éste último, todos llegamos a la conclusión de que Derecho era la mejor opción. Pero como ser cien por cien sincera con el señor Velázquez me parecía algo peligroso, maquillé un poco la verdad. Le contesté que yo —sin que nadie, y mucho menos un amigo de mis padres, me tuviera que dar su opinión— siempre había pensado que Derecho era una carrera muy interesante y una buena base para acceder a diversas profesiones relacionadas con las leyes, la administración pública o el mundo empresarial. En fin, los argumentos que con tanta pasión había defendido el amigo de mis padres cuando yo, tímidamente, había afirmado que Psicología me resultaba más atractiva.
Cuando terminé mi exposición sintiéndome una alumna brillante que quería estar a la altura de las expectativas en un examen oral, percibí perfectamente cómo el señor Velázquez, que tenía la boca muy grande, dejaba entrever su brillante canino derecho. Parecía un lobo relamiéndose ante su inminente víctima. Y me saltó que si tan apasionante me resultaba la carrera de Derecho, por qué al terminarla me había dado por irme a París a bailar. Le contesté que llevaba toda mi vida, desde que era una cría,  bailando, ballet clásico primero, ballet contemporáneo después, y que me encantaba y me apasionaba, y que nunca lo había dejado, ni siquiera durante la carrera, con ciertos sacrificios, eso sí, y que no se me daba del todo mal, hasta el punto de que una vez licenciada no supe decir que no a la oportunidad que me llegó desde mi escuela de danza: una beca de un año de duración en una buena escuela de París para afianzar mis conocimientos. No había terminado de explicarme cuando el señor Velázquez ya estaba planteándome otra cuestión:

—¿No eras un poco mayor ya, con casi veinticuatro años, para una beca de danza? Te lo digo porque en esa profesión se triunfa muy de cría…

Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy

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