lunes, 20 de julio de 2015

Magdalena me contó que...


Una apacible mañana de primavera, minutos antes del mediodía, un bilbaíno de cuarenta y cinco años entró en su oficina habitual de Lanbide (Servicio Vasco de Empleo) portando una garrafa de gasolina de cinco litros y pidió a todos los ocupantes del lugar, trabajadores inclusive, que hicieran el favor de irse de allí, que iba a prenderla fuego. Inmediatamente, se puso a verter el líquido por todas partes, salpicando a las personas que comenzaban a huir despavoridas; tres litros, nada más ni nada menos, fue lo que le dio tiempo a verter. Pero cuando se disponía a encender un mechero para consumar su obra, un guarda de seguridad y un valiente trabajador de la oficina se le echaron encima y se lo impidieron. Luego, imagínense, policía, detención, denuncia, protestas de los trabajadores del sistema pidiendo más seguridad, que no es la única vez que les ha pasado algo así, y patatín y patatán. Pero del hombre que soñaba con el bidón de gasolina y Lanbide estallando en llamas más allá de Orión, no se supo demasiado. Sólo que le habían denegado una ayuda pública varias veces y que estaba desesperado. Muy desesperado. Si finalmente le caían los dos años de cárcel que los Buenos reclamaban, yo le mandaría cartas de admiración a la cárcel. Porque aquel desconocido no había querido matar a nadie: sólo deseaba llamar la atención en vez de machacarse a sí mismo con pensamientos suicidas, fruto de la Injusticia que estaba viviendo. Seguramente él también habría intentado encontrar trabajo en vano y se habría topado con un buen puñado de sonrientes consultores de RR.HH.

miércoles, 15 de julio de 2015

Las primas se enfadan



Natalia había dado a luz a su primer retoño y yo, aún disgustada por las últimas cenas con mis primas y estando muy ocupada y agobiada con el pre-cursillo de la Didascalia, no me había decidido a hacer novillos un par de horas para ir a ver al hospital a la recién mamá. Con peluche y ramo de flores comprados entre todas las primas. Y mi no-acción había levantado ampollas. Además de suaves regañinas por parte de mis primas más pacíficas, Pilar, María y Mónica, me había ganado a pulso que Natalia no me respondiera ni a mis mensajes ni a mis llamadas, y, lo más duro, absurdo e injusto de todo, la tía Carmen, la mamá de Mónica y Virginia, se había atrevido a telefonear a mis padres para declararles lo disgustadas que se sentían “las niñas” conmigo, por mi “extraña” y “poco humana” actitud. Pero la cosa no acababa ahí, y esto era lo que realmente me ponía los pelos como escarpias venenosas deseosas de desprenderse de mi cuerpo e incrustarse en carnes ajenas: la pomposa tía Carmen, siempre tan afectada y poética a la hora de expresarse, se atrevió a relatarles a mis pobres y atónitos progenitores que en la última cena que habíamos tenido “todas las niñas” (se refería a la de Semana Santa), yo había respondido de muy malas maneras a una simple y natural sugerencia de su hija Virginia insinuando, agárrese bien Mayor Tom y tome todas las píldoras calmantes que tenga a mano, que al ser la prima con los padres económicamente mejor situados, yo, a diferencia de ellas, no tenía que rebajarme a hacer tareas de chacha. Literalmente, sí, mi tía dijo “tareas de chacha”.


            La tía Carmen pretendía que el contenido de su llamada quedara entre mis padres y ella (en teoría, Virginia no sabía nada), pero mis padres no pudieron contenerse y me lo contaron.


La falsedad que latía en la acusación de mi tía en cuanto a las palabras y las expresiones exactas que yo había empleado en mi dura réplica a su inocente —reventémonos de risa— Virginia, no hacía sino confirmar lo que a veces habíamos comentado tímidamente en mi pequeño núcleo familiar: que la tía Carmen, a diferencia de sus hermanos, era algo envidiosa y bastante aficionada al poco noble arte del malmeter. Hasta aquel día lo había sido a un nivel ridículo e inocuo, al menos, para nosotros. Pero entonces había alcanzado unas cuotas más peligrosas.


 Mi madre no dudó ni un segundo de mí y contestó secamente a mi tía. Que no se podía creer que yo me hubiera mostrado tan altiva como ella insinuaba, y menos con alguien de mi familia, y que hubiera utilizado la expresión “tareas de chacha”, y que tenía toda la vida del bebé de Natalia por delante para visitar a madre e hijo y deleitarme con ellos. Y mi padre, mucho más moderado, trató de calmar los ánimos de su hermana con dulces palabras pero dejando claro en todo momento que confiaba plenamente en mi bondad y en mi comportamiento, siempre gentil y contenido, y que había que tener en cuenta en qué situación me encontraba yo para comprender que no podía aceptar bien que alguien, aunque se tratara de mi amantísima prima, me animara a trabajar en el ser servicio doméstico, algo tan lejano de mi nivel de estudios, y que no entendía tanto revuelo por no haber ido a visitar a madre e hijo al hospital.


            Y yo quise coger el teléfono y decirle cuatro cosas a la tía Carmen y exigirle luego que me pasar a su hija mayor, pero mis padres no me lo permitieron al verme tan alterada e indignada como estaba, y luego se lo agradecí. En cambio, contenerme para no enviar un mensaje de móvil destructor a Virginia fue una titánica labor de contención que corrió únicamente de mi cuenta.


            Finalmente, la sangre no llegó al río. La tía Carmen, sorprendida y algo atemorizada ante la reacción de mis padres, mostró algo parecido a una disculpa (quizás no había entendido muy bien a su querida Virginia) y afirmó que era lógico que estando yo en la situación en la que estaba, soltera, sin novio, sin trabajo y viviendo en la casa de mis padres, pudiera estar haciendo cosas impropias de mí. Y que hablaría con “las niñas” para que no se enfadaran conmigo y prepararan otra cita para ir a ver a la mamá primeriza y al retoño.


            Me gustó que mis padres, por primera vez en mucho tiempo, no se mostraran dispuestos a poner la otra mejilla para evitar problemas en el seno de la santa institución de la Familia. Y hasta recibí una apasionada explicación de mi madre para aquel problema: “Esas crías siempre te han tenido celos porque eres más lista, guapa y educada que todas ellas, y ahora que te ven sin pareja y sin trabajo, se ceban contigo. Y la tía Carmen es una mocosa más, la peor de todas”.


Otro golpe mortal contra mi hasta entonces edulcorada y miope visión de la realidad. Y de nuevo, la dichosa palabreja: envida. Envidia, envidia… ¿De veras que yo podía despertar aquel pecado capital en otras personas, en mis primas, sin ir más lejos, que lo tenían todo, es decir, todo lo que querían, mientras que yo no tenía nada, nada de lo que ellas, en teoría, anhelaban?


            No entendía nada.

lunes, 13 de julio de 2015

Gracias, MUSE





por llenarme de buenas dosis de energía positiva en vuestro concierto de antes de ayer en Bilbao.

El BBK Live de este año estaba siendo más bien flojillo (pese al buen trabajo de Future Islands o Capital cities, entre otros), hasta que llegasteis vosotros.

Matthew Bellamy, Dominc Howard, Christopher Wolstenholme,

sois unos genios, supongo que ya os lo habrán dicho.

Vuestros directos rozan lo sobrehumano (una amiga me lo dijo boquiabierta varias veces durante el trascurso del concierto: "¡Suenan igual que en sus discos!"), os acompañáis de una parafernalia espacio-conspiranoica perfecta (bravo por las imágenes proyectadas, vuestro confeti variado de agradecimiento, y los globos/drones/planetas flotantes), y la interactuación con el público es impecable: sin poneros pelotas pero sin mantener tampoco esa desagradable actitud distante de algunos artistas que enfría cualquier show, hacéis que vuestros devotos fans nos sintamos parte de una secta.

La secta más divertida, inocua y marchosa del mundo.

Os lo dice una que coreó vuestras suaves consignas y ejecutó vuestras propuestas de acompañamiento pese a odiar las órdenes y las jerarquías.

Nada más que decir, Caballeros de la Sidonia marciana, músicos rebeldes contra el Nuevo Orden Mundial, musas crepusculianas (parece que a vuestro pesar).

Ahora me enfrentaré con más fuerza a los meses que me vienen encima, en los que las incógnitas y el suspense sobre mi futuro laboral siguen imbatibles.

Pero no pienso perder el tiempo para que el tiempo no me eche a perder.



miércoles, 1 de julio de 2015

Cosas que me gustan: Una segunda madre


El domingo vi en el cine una película brasileña llamada Una segunda madre y salí de la sala con muy buen sabor de boca. Por fin algo bueno, sencillo, creíble, nada estridente, recomendable y susceptible de ser comentado en una amena y relajada charla posterior. Porque siempre está bien intercambiar pareceres con otras personas sobre una pieza creativa. Los diferentes puntos de vista sobre una misma cosa me fascinan. 

Pero vayamos al grano. 

La película, que cuenta con actores tan buenos que hacen que uno crea que se están interpretando a sí mismos (especialmente su protagonista, la veterana Regina Casé, célebre en su país de origen y una MARAVILLA) cuenta una historia en apariencia sencilla: una cría de 17 años visita a su madre tras diez años sin verla para hacer la Selectividad en la ciudad en la que ésta reside (Sao Paulo), y se instala con ella en la casa donde vive y trabaja, porque resulta que la mujer es la criada de una acomodada familia. 

La madre, pese a que lleve tanto tiempo sin ver a su niña, le ha estado mandando dinero durante todos esos años para criarla (la muchacha tiene padre pero enseguida queda claro que no es ninguna joya de hombre) y vive aparentemente feliz y satisfecha a base de servir a una familia de tres miembros, madre entregada con éxito al mundo fashionista, padre vago y millonario que lo único que hace es pintar cuadros rarunos (como afición), e hijo adolescente, al que ha criado como si fuera un hijo y que la adora como si fuera su entregada abuelita. Parece contenta, sí, aunque la tengan en un cuartito instalado en los sótanos de la casa que cuando hace especialmente calor es un infierno, le desprecien regalos amablemente (atentos al mcguffin de la bandejita con tazas bicolores), y la traten con amabilidad y campechanía pero cierta condescendencia, sin olvidar nunca que ese hogar está regido por una jerarquía bien determinada.

Así transcurre la vida para esa familia con doméstica, tranquilamente y sin contratiempos, hasta que del exterior llega un factor desconocido y desestabilizador que lo pondrá todo patas arriba sin en teoría matar a ninguna mosca. Sí, lo habéis adivinado: la hija de la criada, una chica guapa y muy segura de sí misma, casi (o no casi) descarada, rozando la impertinencia, una excelente estudiante que ansía estudiar arquitectura, que está claro que se come con patatas las escalas sociales, y que no se corta ni media a la hora de pedir y exigir todo lo que se le pone a tiro. Aunque los receptores de sus peticiones sean los jefes de su madre. Y es de esperar los efectos que una pasivamente explosiva presencia así tendrá en un microcosmos tan estructurado, especialmente, para el depresivo y desocupado padre, y el vuelco que sufrirá la existencia de su progenitora, hasta entonces aquejada de un leve síndrome de Estocolmo.

Siempre me han gustado las historias que cuentan cosas parecidas, cómo puede afectar a un entorno con un funcionamiento y unas reglas férreas e inmutables la repentina llegada de un "germen" desconocido y rebelde, más aún si el lugar donde se produce la pequeña revolución es un hogar familiar. Salvando las distancias, citaré el Teorema de Passolini o las recientes Borgman o Stoker en cuanto a películas, aunque en estos casos hablemos más de vampirismo que de inconformismo por parte del "sujeto desestabilizador". En cuanto a relatos, el maravilloso La hija de los guardeses creo que entronca muy bien con Una segunda madre, aunque su final las aleje un abismo.

En resumen, una película muy recomendable que sin hacer ruido ni aspavientos presenta una historia de hechuras sencillas, pero como ya he dicho, digna de ser tranquilamente analizada. Las metáforas presentes, en forma de piscinas intocables, bandejas de café menospreciadas o helados caros, son un plus en cuanto a herramientas narrativas sugerentes.

Bravo por su directora, Anna Muylaert, y de nuevo, por sus actores, sus actrices, sobre todo, que cargan de matices serenos y fabulosos a sus personajes (cuánto tienen que aprender las estrellazas tan intensas y gesticulantes de Hollywood de esta forma de actuar) , que no son ni blancos ni negros, sino, sencillamente, humanos. 


lunes, 29 de junio de 2015

Contrato en prácticas: Misión Imposible (Capítulo III)

Ya en el primer mes del curso, casi todos mis compañeros de la Didascalia comenzaron a tener entrevistas para las prometidas prácticas. Todos menos yo. A mí no me llamaron de ninguna entrevista durante aquel primer mes. Y tampoco al siguiente, ni al otro, lo que hacía que me pusiera un poco nerviosa. La gente iba teniendo sus entrevistas, dos o tres por persona, y tras ellas, dependiendo de la impresión que le hubieran dado al entrevistador de turno y de su propio criterio, colocándose en empresas de todo tipo, del centro o de las afueras, para poner en práctica parte de las cosas que aprendíamos en el curso.
Las escenas eran casi idénticas. Varias tardes a la semana alguien llegaba a clase con una grandiosa sonrisa bañándole el rostro y los ojos relampagueantes, se acercaba a su grupito de confianza, y en un tono lo suficientemente alto como para que lo oyéramos todos, contaba qué tal o cuál organización, tras una breve y agradable entrevista, había decidido contar con él o ella durante tres meses, “para empezar, luego ya se verá”, a cambio de una remuneración decente y durante un número de horas perfectamente compatibles con la Didascalia.
            Si tenía ocasión de hacerlo, yo le daba la enhorabuena al agraciado de la tarde y consultaba con los que aún estábamos sin prácticas si tenían alguna novedad. Cada vez éramos menos los que no las teníamos y soñábamos con que fuéramos nosotros a los que la secretaria del curso, una chica rubia y diminuta, se nos acercara sonriente en un descanso entre clase y clase con un papelito en la mano y nos indicara que tal o cual empresa estaba “en principio” interesada en nuestro perfil.
Algunos lo llevaban peor que yo, intentando buscar causas concretas que explicaran por qué los otros sí y ellos no. Las explicaciones que cada uno se daba eran diversas y variopintas, ¿quizás por la edad?, se preguntaba una aspirante a becaria de treinta y ocho años, ¿quizás por tener una diplomatura en vez de una licenciatura?, se preguntaba un chico de Relaciones Laborales. Quién sabía.

            Así, una vez más, como en tantas otras ocasiones en mi vida, sentía que yo era de los que siempre se quedaban atrás, de los que tenían más dificultades para progresar y tirar hacia delante, de los que veían cómo siempre eran otros los que lograban avanzar más rápido, bravos e imparables, por donde se habían propuesto: por la senda de la vida laboral satisfactoria, por el camino de las relaciones amorosas sustanciosas que acaban desembocando en proyectos de vida en común, por el vericueto de los predestinados a triunfar jóvenes en alguna disciplina. Una vez más, me quedaba claro que yo no pertenecía al clan de los primeros, los primeros en ser elegidos, seleccionados o destacados para hacer algo bueno o grande o para ser obsequiados con cosas envidiables mientras que los de mi grupo, el de los atrasados, el de la postrera opción, el del premio de consolación, los observábamos boquiabiertos y algo confusos, preguntándonos qué maldición pesaba sobre nuestras cabezas para haber sido relegados al último vagón del tren. Sólo nos quedaba mostrarnos pacientes e invocar a la esperanza para que, no demasiado tarde, a nosotros también nos pasara algo bueno. 

jueves, 25 de junio de 2015

Cosas que me gustan: la serie Hannibal (Tercera temporada)

Últimamente disfruto de demasiado sol y playa...Venga, un poco de tinieblas para compensar.

Olvídense de Scully. 
Bedelia, además de tener nombre de vampiresa y melena blonda, 
sabe lidiar mejor con los aliens, ¡digo!, con los caníbales...


Hablemos de la serie Hannibal, que va por su gloriosa tercera temporada. 

Es la mejor muestra de que los temas más terribles, atávicos y repulsivos, si son tratados con exquisitez, cuidado y buen gusto, pueden volverse auténticas obras del Arte del Horror. 

Sus bazas, son muchas. 

Una deliciosa estética recargada y barroca. Una fotografía digna de Oscar que parece inspirada en las oscuridades coloristas del Greco. Una banda sonora obsesiva e insistente como la gota china de la Inquisición, revestida de falsa austeridad y con unos acordes casi tribales. El sugerente atractivo de los espantos varios con los que teje y adorna su trama (la alta cocina con "ingredientes" inusuales presentada de forma deslumbrante, la caza y el tratamiento como piezas de caza a humanos animalizados, el psicoanálisis como puerta de entrada a lo más oscuro de la mente, relaciones humanas enfermizas pero no por ello incoherentes...). Y sobre todo, los actores, que logran con sus milagrosas y matizadas interpretaciones que nos creamos ese mundo de pesadilla y lógica sanguinaria que pueblan.

 En resumen: un recital de Terror Preciosista, el Gesamtkunstwerk diabólico, la prueba final de que aún existen realizadores que merecen el calificativo de Artesanos. 

Y bueno, ¿mi debilidad?. El nuevo personaje de la Tercera temporada, la misteriosa Chiyoh, la Lady Murakami de la versión televisiva de Hannibal. Su charme y look manga me encantan.

Si Tarantino te hubiera visto antes, quizás Kill Bill habría tenido otra chica oriental


https://www.youtube.com/watch?v=weVEJgLHWRo


miércoles, 24 de junio de 2015

A Anabel las setas no le hacen efecto (CAPÍTULO III)


            —Damas y caballeros, con la alucinante música de Mercury Rev como banda sonora, comencemos la ceremonia micofílica para la cual nos hemos reunido aquí.

            Y Ányello empezó a repartirnos vasos de agua y nuestras raciones de setas. Todos estábamos lo más cómodos posible. Carolina, Magdalena y yo, bien colocaditas en nuestros mullidos asientos, como niñas formales, y sentadas las tres juntas, tal y como nos habíamos empeñado. Nos miramos emocionadas y tragamos. The dark rising era el título de la canción. Está anocheciendo.

Como el resto, me quedé bien quieta en mi sitio y extremadamente silenciosa, esperando que aquellas sustancias psicotrópicas vegetales poseyeran mi ingenuo cuerpo y me llevara de paseo onírico por insospechados territorios. Traté de poner mi mente en blanco, algo que era recomendable, pero no podía. Aquello, todos en silencio y con el ruido de la tormenta mezclada con la sugerente música de Mercury Rev como único sonido, tenía algo de ceremonia macabra, sectaria, reptiliana tal vez. ¿De veras que había que estar tan quieto y callado? Era cómico ver las caras de infinita concentración que ponían todos. Tate parecía otra persona, mucho más madura y centrada, más profesor de inglés que nunca. Ányello daba la sensación de que iba a comenzar a levitar en cualquier momento. Yo sólo tenía ganas de reírme. Pero me controlé. Había que ser paciente.

Pero los minutos pasaban y yo seguía dolorosamente lúcida y centrada a pesar de que veía que los demás empezaban a hacer ya cosas raras. Se oían los primeros extraños gemidos, algunas risotadas secas y aisladas, y la quietud comenzaba a romperse. Rubén se puso en posición fetal sobre su butaca, y Carolina posó su cabecita sobre el hombro de Magdalena.

“Espera un poco, que enseguida empezarás a notar algo”, me dije. Pero no, allí no pasaba nada. Yo seguía tan sobria y centrada como siempre.

Y mi sólida paciencia inicial se fue debilitando a marchas forzadas.

Ányello nos había avisado de que no había un tiempo estándar tras el cual comenzaran a producirse los efectos de las setas, que dependía del cuerpo de cada uno. Pero aquella explicación dejó de resultarme aceptable a la hora y cuarto de estar quieta como una cariátide en el sofá de aquel pisito viendo cómo yo era la única de ocho personas que se mantenía inmune al LSD de Madre Naturaleza.

 Porque todos mis compañeros de ingesta llevaban casi una hora disfrutando de sus misteriosos efectos. Yo era testigo directo de ello.

Por ejemplo, a Carolina le dio por decir que Magdalena se había convertido en un hada de fuego. Y no conseguía explicar qué era exactamente esa criatura, sólo la miraba con lágrimas de emoción en los ojos, la veneraba como si fuera un ídolo, jugueteaba con su larga y rizada melena roja y, seguidamente, rompía a reír con aquella risita nerviosa, intercalada con algún que otro sonido porcino, que la poseía en ciertas ocasiones y que a mí me ponía de los nervios. Magdalena, en cambio, ignorando completamente la paranoia de Carolina, estaba totalmente entretenida en seguir y retransmitir en voz alta lo que a todas luces era una tensa conversación entre Audrey Hepburn y Marilyn Monroe, especialmente polémica cuando se tocó el tema de Desayuno con diamantes (Truman Capote había escrito su novela pensando en su gran amiga Marilyn como Holly Golightly,  pero la Hepburn se había hecho con el papel: todo un drama).


Y el resto… Oh, el resto. El resto se entretenía calibrando las nuevas posibilidades que les ofrecían sus extremidades, inhumanamente elásticas y extensibles, y los muebles y objetos del piso de Ányello, de formas cambiantes y con inesperadas propiedades.

Pero ninguno se levantaba de su sitio, ni siquiera elevaban ligeramente el trasero de sus asientos, como si estuvieran convencidos de que si lo hacían, su integridad física pudiera correr peligro.

Curiosamente, Tate era el menos profuso en aspavientos y expresiones. Sentado como un indio norteamericano en el suelo, al lado de la butaca donde estaba Ányello, se creía el comandante de una nave espacial, concentradísimo al (invisible) volante, y muy serio y circunspecto, casi con cara de desagrado. Vaya, el viaje no le estaba sentando bien.

Mercury Rev no dejaba de sonar mientras toda aquella gente se entregaba a las viles artes de las setas mágicas (Ányello debía de haber puesto un disco entero), y cuando finalmente me decidí a abandonar el piso, Saray explicaba al resto que estaban siendo observados por cientos de cámaras de Gran Hermano, que todo aquello era un experimento sociológico. “¡De los hombres lagarto!”, grité con sorna y lo más alto que puede antes de cerrar definitivamente la puerta de aquel piso. Con cierto resquemor, tristeza y la sensación de haber sido vilmente engañada.

Madre Ciudad te devora: Metrópolis, de Ferenc Karinthy

El turista accidental . Siempre me ha resultado curioso este título y la mezcla de sensaciones que me despierta: regocijo, suspense, cierto ...