Anabel

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viernes, 15 de enero de 2016

La muerte de David Bowie

me ha pillado por sorpresa (¿alguien sabía que este hombre estaba tan enfermo?), y me ha dejado rara, con el cuerpo extraño y la cabeza rebelde, bombardeándome cada poco (por la noche especialmente: entonces los recuerdos se vuelven asesinos) con imágenes y sonidos suyos que han formado parte de mi vida.




Lo descubrí muy de cría, en Dentro del laberinto, esa película tan especial y tan llorada por los de mi quinta. La rodó en 1986, con aquella niña preciosa de pelo negro llamada Jennifer Connelly, rodeados ambos de muñecos descacharrantes, en una época gloriosa para las películas de aventuras en las que los directores de cine no tenían miedo a jugar con guiñoles.
Los ingenuos que crean que poner bichitos peludos en un filme puede restarle seriedad es que no conocen la capacidad de provocar inquietud o tembleques que tienen estos personajes, a medio camino entre adorables peluches y criaturas sobrenaturales. O es que directamente no han visto a los Gremlins malos o a los villanos de El cristal oscuro

Dentro del laberinto nos encantó a muchos, sí. Jareth, el personaje de Bowie, parecía haber sido diseñado especialmente para él, aunque se dice que los favoritos eran Michael Jackson y Sting. 
Pero Bowie hizo un trabajo insuperable al prestar carne y voz al ¿diabólico? y misterioso monarca de los Goblins, un noble de estética dandi/manga (esos pelos a lo Caballero del Zodiaco) empeñado en quedarse con el hermanito de Sarah, una joven subyugada por el poder de la literatura fantástica. Aunque parecía que, pese a la tremenda diferencia de edad (23 años), era Sarah el verdadero objetivo de Jareth.


Sarah y Jareth: el amor imposible de los 80


En fin... Se puede decir que ese personaje de rostro, ropas y actitudes tan peculiares simboliza para mí la magia y el encanto de toda una década fantasiosa, freak, brillante, rockera, rebelde, exagerada, algo infantil y un punto hortera: los 80. 

Aquí un vídeo en el que una Jennifer Connelly actual  cuenta lo majo que le pareció Bowie. 

Tras esta fascinación infantil por el Rey de los Goblins, hubo mucho más en mi historia de admiración y curiosidad por el Duque Blanco (su sobrenombre más bonito, en mi opinión), del que los adultos de mi entorno decían que tenía cada ojo de un color o que estaba casado con una negra espectacular de nombre exótico. Hubo más, sí, porque descubrí su música, y qué os voy a contar sobre su música y sus locos alter egos... En mi novela Anabel perdió el control, que cada vez creo más que va a limitarse a mostrar algunos de sus trocitos en este blog, la protagonista tiene la sana costumbre de invocar a David Bowie y su Space Oddity para escapar de la realidad y pasear con su versión espacial, Ziggy Stardust, por el universo. 

Y también hubo más películas del artista que ya más crecidita, me dejaron ver, como El ansia (Bowie de vampiro decadente y elegante, ¿por qué demonios nadie volvió a pedirle que lo hiciera?), o la durísima Feliz Navidad, Mr. Lawrence (si habéis leído Estupor y temblores, de Amèlie Nothomb, atentos a cuando menciona la película). 

Y así, con el paso de los años, Bowie fue convirtiéndose en una leyenda de mi imaginario artístico particular, de esos titanes a los que recurro cuando necesito volver a los "clásicos" o cuando me los recuerda cierta película, obra o situación. Pero la cosa es que podía gozar de que Bowie fuera una de mis leyendas vivas... hasta hace menos de una semana. 

Tres días después de su 69 cumpleaños y tras sacar su último disco, Black Star, va y se nos muere. 

Nunca lo vi en concierto. En 2004 estuve a punto, pero anuló su visita a la Villa de Bilbao por problemas de salud. Maldita sea. Se rumoreaba que iba a dar algunos en 2016...

Como curiosidad decir que hay una psicodélica y glam(rock)urosa película de 1998 llamada Velvet Goldime (con una banda sonora de infarto) en el que el intenso Jonathan Rhys Meyers interpreta a un trasunto de Bowie y el loco de Ewan McGregor hace lo propio con Iggy Pop (se rumorea que Bowie y Pop fueron más que íntimos). 


McGregor y Rhys-Meyers derrochando Glam



Pero ahora sólo nos queda escuchar y deleitarnos con Estrella Negra, su último doppelgänger, y dejar que la piel se nos ponga como escarpias al ver el vídeo-clip de Lazarus, porque en él Bowie, con toda su elegancia y su sabiduría y un gran sentido del humor (negro, muy negro, cómo no), nos dice que se tiene que ir muy a su pesar, que como ya sospechábamos la Muerte es una asesina despótica e insaciable que no le perdona ni a él. Pero como recuerdo nos deja todo su Arte, que no es poco.




Y estoy segura de que a la Parca no le habrá sentado nada bien cómo se ha mofado de ella.
Con Lazarus claramente le está diciendo: "Puede que hayas ganado, que finalmente me hayas arrastrado a tu reino sin billete de vuelta, pero gracias a este vídeo todos sabrán que lo has hecho de forma tan rastrera como siempre y te odiarán aún más mientras que yo sobreviviré más grande que nunca en sus memorias".

Amén. 

Good bye, Mr. Bowie. 



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