Anabel

Anabel

miércoles, 4 de abril de 2018

Hotel Kallih-Borma


Faltaba media hora para el toque de queda cuando llegué al hotel Kallih-Borma. No tenía ningún tipo de referencia sobre el lugar, pero además de que mi actual casa quedaba cerca, aquel establecimiento llevaba allí desde que tenía uso de razón, con su llamativo letrero chisporroteante y todo tipo de seres entrando y saliendo por su puerta ultravioleta. De pequeño siempre había soñado con adentrarme en el Kallih-Borma y husmear un poco. Así que hospedarme allí aquella noche sería una especie de regalo al crío curioso que aún habitaba en mí.
            Lo primero que pensé al ver su vestíbulo fue que para ser un hotel ultravioleta aquello era bastante vistoso. Por debajo del suelo transparente vibraban cientos de serpientes eléctricas multicolores y el mostrador de la recepción era una pantalla de televisión gigante que presentaba todas las maravillosas variaciones de la nebulosa de Nikateh. Pero no me dio tiempo a deleitarme con la hermosa visión artificial. Pronto fui atendido. «Buenas noches, caballero», me dijo la recepcionista con una sonrisa tan amplia que dejaba buena parte de sus verdísimas encías al descubierto. «Me parece un poco estúpido preguntarle qué desea. Me imagino que una habitación». Y me guiñó uno de sus almendrados ojos color rubí. «Vaya, una graciosilla», me apresuré a etiquetarla mentalmente mientras le lanzaba un rápido vistazo de tronco para arriba, el mostrador no me permitía más. Era alta y parecía muy esbelta a juzgar por la ausencia de protuberancias que se adivinaba más allá de su ropa, un vestido de algodón blanco que hacía que su piel gris marengo resaltara. Eché en falta alguna que otra argolla en aquel lindo rostro ovalado. Era muy joven, seguramente expresaría su rebeldía a través de aquella estudiada austeridad estilística.
            «En efecto, querría una habitación para pasar la noche. La mejor que tengan, por favor», le indiqué. Entonces el rostro de la chica pasó de la simpatía a la gravedad, y con un tono de voz lúgubre me acusó: «Ha venido usted a suicidarse, ¿verdad? Pese a su buena planta, su cara larga le delata. No sería el primero... Últimamente los hoteles no damos abasto con los suicidas. Casi siempre utilizan jugo de uva negra. Doloroso pero rápido y efectivo».
            Me quedé tan helado al oír aquello que no supe si bromeaba o hablaba en serio. Como un patán me justifiqué señalando mi macuto flotante.
            «Oh, no. ¡No! Aquí dentro llevo cientos de apuntes holográficos, vengo a repasar el examen para una oposición que tengo mañana. En mi casa no me concentro porque hay mucho barullo. Mi esposa y yo acabamos de endosarnos cuatro bebés y...». Entonces la chistosa rompió a reír con ganas, agitó coquetamente sus antenas teñidas de añil, y me ofreció un platito repleto de bombones de aluminio rosado. «Ande, deje de disculparse. Perdóneme. Sólo era una broma de humor negro. Es que con este tipo de chanzas me quito un poco de tensión de encima. Porque no sé usted, pero a mí me afecta mucho todo el tema de los bípedos, que tengamos por ahí fuera seres de otro planeta y que aún no sepamos de qué van, y que pese a ello se les esté tratando con deferencia y hospitalidad... Seguro que dentro de nada los vemos viviendo como ciudadanos corrientes, ¡y no lo son! Aunque sea políticamente incorrecto decirlo».
            Escuché el sentido desahogo de aquella joven saboreando la deliciosa golosina que me había dado. Me agradó tanto el gusto de aquel delicado aluminio que no pude resistirme a coger otro bombón. Qué más me daba ya echar giba. Mientras tanto, ella me observaba silenciosa. Esperaba a que yo dijera algo. Y a mí no me apetecía darle charla, pero como no me parecía ético responder con silencio a su sincera confesión, hablé: «Lo que creo es que tenemos que seguir con nuestras vidas como si nada. No debemos frustrarnos porque no está en nuestra mano intentar comunicarnos con esos seres ni tampoco enfrentarnos a ellos. Debemos confiar en nuestras autoridades, ellas sabrán qué hacer», le dije como un autómata programado. Así le hablaba a mi mujer tras contarle las últimas noticias sobre la situación, siempre edulcoradas, por supuesto. Yo jamás perdía la calma, ni en casa ni en el trabajo, pero mi esposa sí, y lanzaba, entre vapores azules, algún que otro exabrupto del tipo «¿Por qué no se volverá esa panda de despellejados a su jodido planeta?». Nuestros bebés captaban la perturbación y rompían a llorar. Entonces mi esposa luchaba por imitar mi impostada calma. La situación era dura. Y aún no había pasado nada.
            La recepcionista pareció satisfecha con mis palabras, sonrió, sacó una llave cilíndrica de un cajón y me acompañó a la azotea, donde estaba la habitación que me había adjudicado. Cuando estuvimos dentro de aquella espaciosa cápsula con techo transparente, a través del cual se veían grandiosas y lejanas las dos lunas rodeadas de su fiel cohorte de tintineantes cuerpos celestes, volvió a la carga. «Ninguna criatura de esta galaxia tan hermosa sería capaz de hacerle daño a otras especies semejantes, ¿verdad? Eso nos retrotraería a edades tan antiguas, a épocas tan hostiles... No quiero ni puedo creerlo». Y me clavó su mirada esperanzada. Aquella mirada rojiza... Era hermosa pero sentí que me provocaba rechazo. Ocurría que aquel par de ojos acuosos mostraban el mismo tono de la sangre del bípedo líder que días atrás mi Capitán había torturado para que confesara, de una vez y expresándose como podía, las verdaderas intenciones de su gente. Y aunque declaró, ya era demasiado tarde para ponerle remedio al asunto.
             Los valedores de los bípedos no podíamos con los remordimientos de conciencia.
            Decidí hacerme el ingenuo hasta el final: «Yo tampoco quiero creerlo», dije.
            A pesar de que la cápsula estaba aclimatada, noté que la recepcionista del Kallih-Borma tenía la piel escamada. Le tendí cortésmente mi capa y ella accedió con un mohín encantador. Quizás el zumo de uva negra que portaba en mi macuto podía espera un poco más.      

No hay comentarios:

Publicar un comentario